Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 6
Capítulo 6: Mi gato rompió la matrix.
¿Cómo le dices a alguien que sabes todo lo que ocurrirá dentro de los siguientes seis meses sin que piense que estás perdiendo completamente la cordura?
No se podía.
Simplemente no había forma.
—Tuve una revelación.
Kael se detuvo.
—¿Una revelación?
—Sí.
—¿Sobre qué?
Lo miré.
—Sobre mi matrimonio.
Su expresión se volvió fría.
—Otra vez.
—Te dije que quiero divorciarme.
—Y yo te dije que no.
—Entonces estamos estancados.
—Parece que sí.
—Perfecto.
—Perfecto.
Silencio.
—Puedes irte.
—Son tus aposentos.
—Exactamente. Por eso tú puedes irte.
Kael me sostuvo la mirada.
Después, increíblemente... sonrió.
Muy poco.
Apenas una curva en la comisura.
Pero estaba allí.
Y tuve un pensamiento terrible.
Ah.
Ahora entiendo las seis páginas sobre sus abdominales.
No.
No.
Mala Serena.
Nueva Serena.
Regla número dos.
NO ENAMORARSE DE KAEL.
Aparté la mirada.
—Buenas noches.
Su sonrisa desapareció.
—Buenas noches, Serena.
Se dirigió hacia la puerta.
La abrió.
—Kael.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Sobre el divorcio...
—No.
—¡Ni siquiera había terminado!
—Ibas a preguntar lo mismo.
—Podrías cambiar de opinión.
—No lo haré.
—Yo tampoco.
—Ya veremos.
Cerró la puerta.
Lo miré.
—Arrogante.
Miau.
—Tú estás de mi lado.
Salem saltó de la cama.
Me acerqué al escritorio.
Necesitaba modificar mi cronología.
Tomé la pluma.
Elena llega al palacio:
Taché:
Primer día de Lumin.
Escribí:
14 de Aster.
Debajo:
Pañuelo de Elena entregado a Kael.
Lo taché.
Escribí:
EVITADO.
Sonreí.
Había cambiado algo.
Algo pequeño.
Pero lo había hecho.
Eso significaba que podía cambiar lo demás.
Podía salvarme.
Podía conseguir el divorcio.
Podía evitar mi ejecución.
Y quizá hasta podía averiguar quién había enviado aquella carta.
Por primera vez sentí que tenía una posibilidad real.
Entonces Salem comenzó a arañar la ventana.
—No.
Arañó otra vez.
—Salem, deja eso.
Miau.
—No vas a salir.
Me acerqué para agarrarlo.
El gato saltó al alféizar.
—¡Ni se te ocurra!
Abrió la ventana con una pata.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo hiciste eso?
Salem saltó afuera.
—¡SALEM!
Corrí hacia la ventana.
—¡Vuelve aquí!
El gato caminaba tranquilamente por una cornisa.
—Voy a matarte.
Me detuve.
—No. Mala elección de palabras. ¡Voy a darte un abrazo muy agresivo!
Salem siguió avanzando.
Abrí la ventana.
Me asomé.
Estábamos en un segundo piso.
Perfecto.
Morir dos veces en veinticuatro horas sería humillante.
—Salem.
Miau.
—Ven.
Nada.
—Tengo pescado.
Se detuvo.
—Mentí, pero puedo conseguirlo.
El gato continuó.
—¡Traidor!
Tuve que salir.
Con mucho cuidado apoyé un pie sobre la cornisa.
Después el otro.
No miré abajo.
Error.
Miré.
—Esto es una idea terrible.
Avancé.
—Salem...
El gato saltó hacia un balcón cercano.
—Te odio.
Llegué como pude.
Pasé una pierna sobre la barandilla.
Después la otra.
Caí.
—¡Ay!
Perfecto.
Estaba viva.
Me levanté.
—Salem.
Nada.
Miré alrededor.
No conocía aquella habitación.
Oscura.
Enorme.
Había una espada sobre una mesa.
Botas.
Una capa militar.
Me congelé.
No.
Salem apareció desde debajo de la cama.
—Te voy a convertir en guantes.
—No recomendaría hacerlo.
Me quedé inmóvil.
Una voz masculina había sonado detrás de mí.
Giré lentamente.
Lucien estaba apoyado contra la puerta.
Sin uniforme.
Sin chaqueta.
Con la camisa parcialmente desabrochada.
Cabello húmedo.
Y una expresión absolutamente fascinada.
Miré a Lucien.
Miré la ventana.
Miré a Salem.
Volví a Lucien.
—Puedo explicarlo.
Él cruzó los brazos.
—Por favor.
Señalé al gato.
—Fue él.
Lucien miró a Salem.
Salem se sentó.
—¿El gato te obligó a entrar por mi balcón?
—Cuando lo dices así suena ridículo.
—¿Hay otra forma de decirlo?
Pensé.
—No.
Lucien sonrió lentamente.
—Interesante.
Me acerqué a Salem.
—Ven aquí, criminal.
Lo levanté.
—Lamento haber entrado en tu habitación.
—No lo lamentes.
—¿No?
—Ha mejorado considerablemente mi noche.
Rodé los ojos.
—Buenas noches, Lucien.
Me dirigí hacia la puerta.
—Serena.
Me giré.
—¿Qué?
Sonreía.
—Mi habitación está al otro lado del palacio.
Miré la ventana.
Después a él.
—¿Y?
—Tus aposentos están tres pisos más arriba.
Me congelé.
—¿Qué?
Lucien señaló el balcón.
—No hay ninguna cornisa que conecte ambas alas.
Silencio.
Miré a Salem.
Salem me miró.
Volví lentamente hacia la ventana.
—Pero...
Yo acababa de caminar por ella.
Estaba segura.
Me acerqué.
Abrí las cortinas.
Y sentí que el estómago se me hundía.
No había cornisa.
Ni balcón cercano.
Ni ninguna forma posible de haber llegado desde mis habitaciones hasta allí.
Solo había una caída de varios metros hacia los jardines.
—Eso...
Lucien apareció detrás de mí.
—¿Por dónde dijiste que entraste?
No respondí.
Miré a Salem.
El gato permanecía tranquilamente entre mis brazos.
Algo frío recorrió mi espalda.
Porque aquello no estaba en la novela.
La carta tampoco.
Elena había llegado antes.
Y ahora mi gato acababa de llevarme a una habitación a la que físicamente no podía haber llegado.
Lucien me observó.
—Serena.
Tragué saliva.
Quizá ahora tenía un problema más grande que evitar mi ejecución.
Porque comenzaba a sospechar que... yo no era la única cosa que no pertenecía a esta historia.
Había atravesado una pared.
O una dimensión.
O quizá me había vuelto loca.
Las tres posibilidades eran malas.
Me quedé mirando por la ventana de Lucien mientras sostenía a Salem contra mi pecho.
No había cornisa.
No había balcón conectado.
No había absolutamente ninguna forma lógica de haber llegado hasta allí.
Lucien apareció a mi lado.
—Estoy esperando.
—¿Qué?
—La explicación.
Miré la caída hacia los jardines.
Después a Salem.
—Yo también.
Lucien cruzó los brazos.
—Entraste por mi balcón.
—Sí.
—Desde tus aposentos.
—Sí.
—Que están en el ala oriental.
—Correcto.
—Y nosotros estamos en el ala occidental.
—Parece que seguimos la conversación perfectamente.
—Serena.
Suspiré.
—Vi a Salem salir por mi ventana.
—¿Salem?
Levanté al gato ligeramente.
—El criminal.
Miau.
Lucien lo observó.
—Tiene cara de culpable.
—¡Gracias!
Salem movió la cola.
—Lo seguí por una cornisa —continué—. Caminamos hasta aquí. Él saltó al balcón. Yo también.
Lucien miró nuevamente la ventana.
—No existe ninguna cornisa.
—Me he dado cuenta.
—¿Bebiste durante la cena?
—Una copa de vino.
—¿Cuántas antes de la cena?
—Ninguna.
—¿Alguna medicina?
—No.
—¿Golpeaste tu cabeza otra vez?
Lo miré.
—¿También tú?
—Todo el palacio sabe lo del espejo.
Voy a incendiar el palacio.
Metafóricamente.
Probablemente.
—No estoy loca.
Lucien levantó ambas manos.
—Nunca dije eso.
—Lo estabas pensando.
—Estaba considerando varias posibilidades.
—Una de ellas era que estoy loca.
—Era bastante competitiva.
Le lancé una mirada.
Lucien sonrió.
No parecía asustado.
Eso me tranquilizaba más de lo que quería admitir.
Porque si le hubiese contado aquello a Kael, probablemente habría llamado inmediatamente a diez médicos, tres sacerdotes y alguien especializado en exorcismos imperiales.
Lucien simplemente parecía...
curioso.
—¿Puedes ayudarme?
Su sonrisa desapareció.
—¿Con qué?
Miré otra vez el balcón.
—Quiero saber qué pasó.
Él también miró hacia afuera.
—Podríamos empezar comprobando tus habitaciones.
—¿Ahora?
—¿Prefieres mañana?
—Sí.
—Entonces no dormirás.
Maldito hombre.
Tenía razón.
—Bien.
Dejé a Salem en el suelo.
—Volvamos.
Lucien señaló la ventana.
—¿Por allí?
—Muy gracioso.
Me dirigí hacia la puerta.
Me detuve.
—Espera.
Lucien casi chocó conmigo.
—¿Qué?
Lo miré.
—No puedo salir de tu habitación.
—Hay una puerta.
—Sé cómo funcionan.
—Hace cinco minutos no sabías cómo funcionaban las distancias entre edificios.
—Lucien.
—Está bien.
Respiré.
—Soy la emperatriz.
—Me consta.
—Y estoy en tu habitación.
—También me consta.
—De noche.
—Hasta ahora todos los hechos son correctos.
Lo miré horrorizada.
—¿Qué pensará la gente?
Lucien ladeó la cabeza.
—¿Desde cuándo te importa?
—Desde que no quiero terminar ejecutada por adulterio también.
Silencio.
Maldita boca.
Lucien frunció el ceño.
—¿También?
—Una expresión.
—No lo es.
—¡Todo el mundo dice eso!
Se acercó.
—Serena.
—¿Qué?
—Has mencionado tu muerte varias veces hoy.
Mi corazón tropezó consigo mismo.
—Humor negro.
—No pareces estar bromeando.
—Soy una actriz excelente.
Lucien me observó.
—Eso definitivamente no es cierto.
—¿Puedes concentrarte en mi problema actual?
Su mirada permaneció sobre mí unos segundos más.
Después suspiró.
—Hay una salida secundaria.
—Te adoro.
Silencio.
Mi cerebro procesó mis propias palabras.
Los ojos de Lucien se abrieron ligeramente.
—De manera completamente platónica —añadí rápido.
—Qué decepción.
—No empieces.
—Ni siquiera había empezado.
—Tu cara empezó.
—Tengo una cara muy expresiva.
—Eso es discutible.
Lucien tomó una chaqueta.
—Ven.
...****************...
Los corredores estaban casi vacíos.
Lucien caminaba delante de mí.
Salem iba detrás.
Sí.
El gato nos seguía.
No sabía si agradecer que finalmente obedeciera o preguntarme cómo demonios había logrado cruzar medio palacio cinco minutos antes.
Lucien abrió una pequeña puerta.
—Esta escalera comunica con el corredor norte.
—¿Por qué tienes una salida secreta?
—No es secreta.
—La puerta estaba detrás de una estantería.
—Arquitectura creativa.
—¿La utilizas para meter mujeres?
Lucien se giró.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—¿Estás preguntando como emperatriz o como mujer interesada?
—Como alguien intentando determinar cuánto debo desinfectar las paredes.
Se llevó una mano al pecho.
—Me has herido.
—Sobrevivirás.
—Quizá no.
—Yo tengo exclusividad sobre las crisis mortales.
Su sonrisa desapareció un instante.
Otra vez.
Tenía que dejar de decir eso.
—Vamos —murmuré.
Continuamos.
Al llegar al corredor principal escuchamos pasos.
Lucien se detuvo.
Yo choqué contra su espalda.
—Ay.
—Silencio.
—¿Qué pasa?
Un grupo de guardias dobló la esquina.
Lucien me agarró suavemente de la cintura y me hizo retroceder hacia el hueco de una puerta.
Mi cerebro se apagó.
—¿Qué haces?
—Evitar que veinte guardias vean a la emperatriz saliendo de mi habitación a medianoche.
Buen argumento.
Demasiado buen argumento.
Estábamos demasiado cerca.
Lucien mantenía una mano sobre mi cintura.
Yo tenía la espalda contra la pared.
Los guardias pasaron.
Ninguno miró hacia nosotros.
—Ya puedes soltarme —susurré.
—Todavía no.
—Ya pasaron.
—El último siempre mira atrás.
Exactamente en ese momento el último guardia se giró.
Volví a esconderme.
—Bien.
Lucien sonrió.
—Te lo dije.
—No disfrutes tanto esto.
—Es difícil.
Esperamos unos segundos.
—Ahora.
Salimos.
Y entonces escuché una voz.
—¿Ahora qué?
Mi sangre se congeló.
Lucien cerró los ojos.
Yo giré lentamente.
Kael estaba al final del corredor.
Por supuesto.
Claro.
Porque aparentemente el universo me odiaba personalmente.