Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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Eco
-Derek-
Los días siguientes se me escaparon dentro de la misma rutina, aunque con un cambio radical.
Empecé a pasar cerca del Centro Veterinario donde trabajaba April, sin una razón de peso. Una vez, dos veces. En la tercera ya ni me mentía: iba por si la veía salir. A veces coincidíamos. Un saludo breve. Una pregunta innecesaria. Ella sonreía con esa mezcla de cansancio y alivio que se le había instalado desde la graduación, y yo me iba con la mandíbula más tensa que antes.
En el restaurante, Valeria lo notó.
—Llegas tarde, te vas temprano y contestas a medias —dijo una tarde, sin alzar la voz—. Si es por trabajo, dime. Si es por otra cosa, dímelo también.
—Estoy bien.
No estaba bien. Estaba distraído. Y lo peor era que la distracción tenía nombre y apellido.
Al final de la semana, después de cerrar el restaurante, Pierre me invitó a tomar algo. Hablamos de los preparativos para la remodelación de la cocina, de Elena, de lo bien que se había visto April en la ceremonia, de la relación que estaba empezando a reconstruir con Julio.
—Tiene una forma de sostenerse admirable —comentó—. Con todo lo que cargó, todo lo que no dijo, todavía saca adelante lo suyo. Es como su madre.
Asentí. Bebí.
—Sí.
—¿Te cae bien?
La pregunta era simple. La respuesta no.
—Me gusta su manera de no rendirse —dije al fin—. Su esfuerzo. Incluso su forma de sonreír cuando está hecha polvo y aun así no se quiebra.
Pierre me miró confundido, casi preocupado.
—Ten cuidado, hijo.
No pregunté con qué. No hizo falta. A veces había temas que no debían tocarse. Por mi cabeza pasó el hecho de que era la hija de su pareja, la diferencia de edad, y todos esos conflictos internos que yo todavía no había terminado de resolver.
Dos días después la esperé a la salida de su trabajo, a la hora del almuerzo. No tenía una excusa decente esta vez. Solo quise acercarme y verla. La intercepté al salir. Ella sonrió, genuinamente sorprendida.
—¿Tienes una hora?
Dudó un segundo. Después asintió.
Estábamos en la acera, hablando en voz baja, cuando sentí una mirada.
Jhony.
Estaba junto a la entrada principal, inmóvil, con los brazos cruzados, observándonos sin ningún disimulo. No se acercó de inmediato. No hizo falta. Su sonrisa fue lenta, venenosa, como si acabara de encontrar algo útil.
La sangre me hirvió de inmediato. April notó el cambio en mi cara.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Le toqué el codo con firmeza—. Sube.
No sonó a invitación suave. Ella lo sintió. Aun así, entró al coche.
Fuimos a un restaurante, el lugar era discreto, no demasiado lejos, y conocía al dueño lo suficiente como para que pudiéramos pasar un rato agradable, sin exposición. Pedimos sin mirar demasiado el menú. La conversación salía a trozos: el Centro, sus trámites, cualquier cosa menos lo evidente. Ella estaba nerviosa. Yo también, aunque lo disimulaba peor.
Cada vez que bajaba la vista a sus manos, recordaba el ramo, el abrazo, el beso en su mejilla. Cada vez que ella me miraba demasiado tiempo, yo era el primero en apartar los ojos.
—No tenías que venir a buscarme —dijo al fin.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Sostuve su mirada más de lo prudente.
—Porque quise.
El silencio que siguió fue denso. Peligroso. Ella abrió la boca, la cerró, y se entretuvo acomodando un mechón detrás de la oreja con sus dedos inquietos.
Al regresar al Centro, el aire entre los dos había cambiado. Ya no era solo ayuda. Tampoco era todavía otra cosa con nombre. Era peor: era la conciencia de que ambos lo sabíamos, pero nadie se atrevía a comentar.
Me detuve junto a la acera. Ella bajó y se giró hacia mí.
—Gracias.
Asentí. Iba a dejarla ir. Debí dejarla ir.
En cambio, alcancé su mano un segundo. Solo un segundo. Mis pulgares rozaron sus nudillos y el contacto me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Ella se quedó quieta. El color se le subió a la cara.
No la besé. No la atrae. Solo solté su mano antes de hacer una estupidez.
—Anda.
No llegó a responder.
—Recuerde que tenemos un horario, señorita Rosetti.
La voz de Jhony cayó entre nosotros como un cuchillo. April se separó de inmediato, como si nos hubieran descubierto haciendo algo indebido. Él estaba a pocos metros, con las manos en los bolsillos y esa misma sonrisa tranquila.
—Estoy en mi hora, doctor —respondió ella, más firme de lo que parecía.
Se despidió de mí con un gesto breve y entró al edificio. Jhony no la siguió de inmediato. Se quedó en la acera, mirándome.
—Qué atento —dijo al fin, con esa calma ofensiva—. La recoges, la traes, la esperas. Cualquiera diría que te interesa.
No aparté la mirada.
—Me interesa que nadie la vuelva a acorralar.
Jhony esbozó una sonrisa mínima.
—Qué noble. ¿Y eso es todo?
Di un paso apenas, lo suficiente para que el aire se tensara.
—Por ahora.
La frase quedó entre los dos, ambigua a propósito. Él la sostuvo, la evaluó y por primera vez no pareció tan divertido.
—Cuidado, Baker —murmuró—. Algunas cosas parecen disponibles hasta que dejan de estarlo.
—Lo mismo opino.
Jhony sostuvo la sonrisa un segundo más y después se giró hacia el edificio. No iba derrotado. Pero ya no iba tan seguro.
Esa noche dormí peor que en semanas. Porque aunque la carta estuviera firmada, April graduada y el chantaje hubiera perdido fuerza, Jhony seguía bajo el mismo techo que ella. Y porque yo ya no podía fingir que me acercaba solo por protección.
Días después caminaba por una avenida cercana al restaurante cuando me lo crucé.
Mauricio, con su traje impecable. La misma seguridad tranquila de siempre. Esta vez no había mesa reservada ni conversación preparada. Solo el azar.
—Derek —saludó, deteniéndose mientras se quitaba los lentes.
—Mauricio.
Hablamos un par de minutos. Lo suficiente para ser educados. Lo suficiente para que mencionara, de pasada, que el asunto del centro había quedado “encauzado”. Asentí. No profundicé. No había rencor en la conversación. Tampoco confianza. Solo esa cortesía tensa de dos hombres que se respetan sin tener deseo alguno de compartir más de lo necesario.
No vimos a Sarah hasta que estuvo demasiado cerca.
Apareció desde la esquina opuesta, con el teléfono en la mano. La sonrisa se le congeló al reconocer primero a Mauricio y después a mí.
El silencio cayó de inmediato.
—¿Derek?
Mauricio miró de ella a mí. Después de mí a ella. Vi el instante exacto en que las piezas le encajaban: el exesposo y su pareja actual. El hombre con el que había estado hablando de un caso profesional sin saber que el círculo se cerraba de esa forma.
—No me lo habías mencionado —le dijo a Mauricio, con una calma peligrosa.
—Era un asunto laboral —respondió él, más tenso—. No tenía por qué mezclarlo.
—Claro.
Sarah me sostuvo la mirada. Ya no había en mí la rabia antigua. Tampoco nostalgia. Solo una rareza incómoda: la de verla continuar su vida con alguien que, además, ahora le había tocado estar cerca de mí.
—Siempre terminas apareciendo donde menos se te espera —dijo ella.
—No era la intención.
Ella esbozó una sonrisa fría, más por control que por humor.
—Supongo que ahora todos sabemos un poco más.
No respondí. No porque me hirviera la sangre, sino porque cualquier frase extra iba a convertir una coincidencia en una escena. Y yo ya no tenía interés en pelear con ella. Ni con él.
Sarah tomó el brazo de Mauricio.
—Vamos.
Él dudó un segundo. Me miró una última vez. En su expresión no había hostilidad abierta: había cálculo, incomodidad y la molestia de haber quedado expuesto sin querer. Después se dejó llevar.
Me quedé en la acera, con las manos en los bolsillos.
No odiaba a Sarah. No odiaba a Mauricio.
Solo entendía, con una claridad molesta, que el pasado no necesitaba odio para seguir cruzándose en el camino. Y que esta vez el problema no era lo que yo sentía por ella sino lo mucho que empezaba a importarme alguien más.
Había salido a ordenar la cabeza por April. Me gustaba tenerla cerca, aunque ella no me mirara de la manera en que yo empezaba a hacerlo. Y, sin embargo, terminé otra vez frente a Sarah. La ironía, una vez más, era perfecta. Y peligrosa.