Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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¿Alguien Vio Mi Dignidad?
Desde que tengo memoria, mis padres siempre se encargaron de educarme con principios, y enseñarme que la vida profesional era una montaña rusa de constantes subidas y bajadas de las que se debía estar bien preparado. Mi padre, por consejo de mi madre, se desvivió por asegurarse de que fuera yo el que rechazara, y no el rechazado. Debido a ello, mi historial profesionista se caracterizaba de un amplio abanico de éxitos que cualquiera en el ámbito envidiaría.
Y, sin embargo, la primera derrota llegó en el momento que menos esperé.
“Lo siento, Victor. Tú y yo estamos divorciados ahora”.
La respuesta de Victoria continuaba machacando mi corazón a pesar de las horas. No me sentía humillado, más bien, era similar al sentimiento de haber recibido el tiro de gracia que me mandó al limbo. Una simple oración de palabras comunes fue más que suficiente para dejarme en un estado profundo de decepción.
Ahora estaba arruinado, totalmente a la deriva.
Ni siquiera el agua caliente de la regadera era suficiente para hacerme reaccionar. Estaba aquí, pero a la vez no. Como si lo hubiera perdido todo.
Mi teléfono comenzó a vibrar desde el mueble de baño, obligándome a retomar una responsabilidad que no deseaba. El silencio se extendió por todo el cuarto una vez apagué la llave, siendo aquel ruido estático mi única ancla en la realidad.
Pero a pesar de una aparente derrota pacífica, fue el hecho de haber olvidado mi toalla lo que me dejó en claro que se avecinaba una buena tanda de errores a lo largo del día.
Puta madre.
Sin ganas de humillarme con gritos que la terminaran llamando, salí de la ducha y tomé la única toalla de manos que había disponible para secarme el cabello. Las manos me temblaban y las piernas se me entumecían, sometiéndome a un estado de paralización que me advertía del peor escenario conmigo aquí como protagonista.
Estaba a unos diez pasos de mi armario. Era una carrera meramente corta que me daría para tomar la toalla más grande y cubrirme. Aunque, pensándolo bien, ni siquiera sabía por qué de pronto me daba pánico ser descubierto.
Reaccioné a mi estupidez propia y dejé la toalla en el suelo para tomar el bendito celular que continuaba sonando como loco a mi lado.
—¿Por qué tanta insistencia?
—Lo siento, señor. El departamento de marketing reportó una colmena de avispas, así que cerrarán el edificio para su extracción y la búsqueda de más nidos… Cancelé la reunión de la tarde, así que puede tomarse el día.
—¿De cuándo acá, tú me indicas tomarme el día libre… imbécil?
—Tenía que aprovechar la oportunidad.
Resoplé ante su comentario arrogante, saliendo de la ducha hacia la habitación. Lo escuché hablar sobre pagos y prevenciones futuras, luego arrojé el teléfono hacia la cama con el altavoz activado.
—Oye, Victor… ¡Aaah!
El grito a mis espaldas me hizo respingar, bajándome la sangre hasta los pies. Me giré con la playera, cubriendo lo que pude, solo para descubrir a Victoria con el rostro detrás de las hojas que llevaba en las manos.
—Lo siento, yo… te espero en el comedor.
La puerta se cerró y el pálpito de mi corazón retumbó hasta mis oídos. Ya no solo estaba vacío, ahora también se había desvanecido lo que me restaba de dignidad.
—¿Qué fue eso?
La voz de Leo resonó desde la lejanía. Miré el teléfono con las ganas de teletransportarlo para golpearlo y ahorcarlo aquí mismo. No obstante, me mordí la lengua y terminé con la estúpida llamada sin intenciones de darle una explicación.
Me vestí rápido, tomando las primeras cosas que alcancé sin un gran esfuerzo. Tampoco me empeñé en peinarme o aplicarme perfume. Mi único gran objetivo en este momento era ir a la cocina y escuchar lo que sea que fuera a decirme mi exesposa. Total, a este punto, ya no había algo más que perder.
Por un instante, me cegó la idea de escapar y volver hasta dentro de un siglo. Me hervía la cara de solo recordar lo que había pasado; sin embargo, me sentí como un idiota desilusionado cuando bajé la escalera y la escuché hablando por teléfono, como si nada hubiera ocurrido.
¿De verdad no la impresioné?
—Songgie está aquí, te llamaré más tarde.
Mi estómago se volvió un nudo al escucharla llamarme así. Las hojas de antes ahora yacían sobre la mesa y su rostro apenas mostraba el rastro de unas mejillas sonrosadas y gorditas que se acentuaban con su moño alto. Llevaba un conjunto verde esmeralda que deslumbraba su figura y que la dejaba verse más como una CEO, y no como la esposa de alguien.
Era dolorosamente hermosa.