una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 19: El consejo de los tres reinos
La noticia del enfrentamiento en el bosque se extendió mucho más rápido de lo que cualquiera habría imaginado.
No entre los mortales.
Ellos solo sabían que aquella noche una tormenta extraña había sacudido el bosque y que Sara había regresado sana y salva.
Pero en el mundo de los dioses...
Todos habían sentido el poder de Hades.
En el Olimpo, el gran salón permanecía en silencio.
Las antorchas de fuego eterno iluminaban los rostros de los doce dioses olímpicos.
En el centro de la sala, Zeus sostenía su cetro mientras observaba el Espejo del Mundo.
—Mi hermano ha roto siglos de aislamiento... —dijo finalmente.
Hermes fue el primero en hablar.
—¿Lo llamarás para pedir explicaciones?
Zeus negó lentamente.
—No.
Todos lo miraron con sorpresa.
—Él jamás abandona el Inframundo sin una razón importante.
Si decidió intervenir...
Es porque alguien alteró el equilibrio.
Atenea cruzó los brazos.
—Entonces Eris está detrás de todo.
—Eso parece.
En ese instante, una columna de fuego azul apareció en medio del salón.
Del interior surgió Hades.
Vestía nuevamente sus ropas divinas, aunque su expresión era mucho más seria que de costumbre.
Los dioses guardaron silencio.
Era raro verlo en el Olimpo.
La última vez había ocurrido décadas atrás.
Zeus descendió de su trono.
—Hermano.
Hades inclinó ligeramente la cabeza.
—Zeus.
—¿Qué ocurrió?
Hades no perdió el tiempo.
—Eris liberó a Mormo.
Un murmullo recorrió el salón.
Incluso Ares abrió los ojos con sorpresa.
—¿Mormo? —preguntó Afrodita.
—Sí.
Un espíritu que jamás debería abandonar las profundidades del Inframundo.
Hermes frunció el ceño.
—¿Cómo logró escapar?
—No escapó.
Alguien lo liberó.
Y solo Eris tenía un motivo para hacerlo.
Zeus golpeó el suelo con su cetro.
El sonido retumbó por toda la montaña.
—Esto ya dejó de ser un simple juego.
Muy lejos del Olimpo, Sara despertó temprano.
Todavía le costaba creer todo lo ocurrido.
Mientras preparaba el desayuno, su madre la observó con atención.
—¿Dormiste bien?
Sara sonrió con esfuerzo.
—Más o menos.
—Desde la fiesta de la cosecha te noto diferente.
La joven permaneció unos segundos en silencio.
No podía contarle toda la verdad.
Nadie le creería.
O quizá sí...
Después de todo, muchos habían visto a Ares y Afrodita revelar su identidad.
—Solo he conocido personas que cambiaron mi manera de ver el mundo.
Su madre le acarició el cabello.
—Entonces no importa quiénes sean.
Lo importante es cómo te hicieron sentir.
Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Sara.
Horas más tarde, el pueblo volvió a su rutina.
Sara ayudaba a reparar una vieja carreta cuando un anciano se acercó apresuradamente.
—¡Sara!
Ella levantó la vista.
—¿Qué sucede?
—El puente del río se rompió.
Varias personas quedaron atrapadas del otro lado.
Sara dejó inmediatamente las herramientas.
—Vamos.
Al llegar al río encontró una escena preocupante.
Las fuertes lluvias de la noche anterior habían destruido parte del puente de madera.
Una familia con dos niños no podía cruzar.
El agua bajaba con mucha fuerza.
Los vecinos discutían.
—¡Es demasiado peligroso!
—¡Habrá que esperar varios días!
—¡No tenemos materiales suficientes!
Sara observó el río durante unos segundos.
Luego miró los árboles cercanos.
—No.
Podemos construir un paso provisional.
Don Ernesto arqueó una ceja.
—¿Hoy mismo?
—Sí.
Si todos colaboramos.
Como siempre, algunos dudaron.
Pero otros comenzaron a seguir sus instrucciones.
Mientras unos cortaban troncos, otros preparaban cuerdas y tablones.
En menos de una hora, más de cuarenta personas trabajaban juntas.
Desde el Olimpo, Ares observaba la escena con una sonrisa.
—Ni siquiera estamos allí...
Afrodita apareció a su lado.
—Y aun así continúa inspirando a todos.
Ares suspiró.
—Faltan diez días para que termine nuestro castigo.
—Lo sé.
—Nunca pensé que diez días pudieran parecer una eternidad.
Afrodita rió suavemente.
—A mí también me ocurre.
Ambos guardaron silencio.
Entonces Hades apareció detrás de ellos.
—Ahora entiendo cómo se sienten.
Los dos se giraron sorprendidos.
Ares sonrió.
—Así que sobreviviste a Mormo.
—Con ayuda de Sara.
Afrodita inclinó la cabeza.
—¿Está bien?
Hades asintió.
—Más fuerte de lo que imaginan.
Después los miró con atención.
—Ella los extraña.
Aquellas palabras iluminaron los rostros de ambos.
—¿De verdad? —preguntó Afrodita.
—Sí.
Está dolida porque le ocultaron la verdad.
Pero nunca habló con odio sobre ustedes.
Solo quiere entender por qué lo hicieron.
Ares bajó la cabeza.
—Cuando termine el castigo...
Quiero disculparme.
—Yo también —añadió Afrodita.
Hades sonrió.
—Creo que les dará la oportunidad.
Sin embargo, desde una columna cercana, una figura escuchaba toda la conversación.
Era Eris.
No había sido descubierta.
Su sonrisa desapareció por primera vez.
—Esto no está funcionando...
Cada plan que ponía en marcha terminaba acercándolos más.
Miró hacia el Espejo del Mundo.
Sara reía mientras trabajaba junto a los habitantes del pueblo.
Ares y Afrodita seguían preocupándose por ella.
Incluso Hades, el dios más distante del Olimpo, comenzaba a apreciarla.
Eris apretó los puños.
—Entonces...
Tendré que romper aquello que más aman.
No sus cuerpos.
Sus corazones.
Una luz oscura apareció en la palma de su mano.
Poco a poco fue tomando la forma de un antiguo medallón de plata, agrietado y cubierto por extraños símbolos.
Era un objeto prohibido.
Un artefacto creado antes incluso de que Zeus se convirtiera en rey de los dioses.
Con él podía sembrar desconfianza incluso entre quienes se amaban sinceramente.
Pero usarlo tenía un precio.
Incluso para una diosa.
Eris sonrió con determinación.
—Vale la pena.
Porque cuando este medallón despierte...
Nadie sabrá distinguir la verdad de la mentira.
Y entonces...
Ni siquiera el amor será suficiente para mantenerlos unidos.
A cientos de kilómetros de allí, Sara sintió un escalofrío repentino.
Levantó la vista hacia el cielo despejado.
No había nubes.
No había viento.
Pero su corazón le decía que algo malo estaba por comenzar.
Sin saberlo, el verdadero plan de Eris apenas acababa de empezar.
Fin del Capítulo 19.