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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

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CAPITULO 4. EL PESO DEL MAÑANA

El tiempo continuó su marcha inexorable entre los muros de piedra caliza de Santa María. El orfanato, con sus rutinas de campanas y rezos, parecía suspendido en un rincón ajeno al mundanal ruido, pero los cuerpos de sus habitantes delataban el paso de las estaciones. Tom había alcanzado los catorce años. Su voz había madurado, adquiriendo un timbre grave y pausado, y su estatura obligaba ya a las monjas a buscar prendas de adulto en los armarios de donaciones. Alie, con sus diez años recién cumplidos, había dejado atrás la redondez de la infancia primitiva; su cabello castaño caía ahora en suaves ondas sobre sus hombros y sus ojos azules conservaban esa claridad analítica que parecía desnudar los pensamientos de quien la miraba.

En el plano académico, la mente superdotada de Tom operaba a una velocidad vertiginosa. A sus catorce años, ya cursaba el último año de la educación preparatoria, compartiendo aula con jóvenes de dieciocho que lo miraban con una mezcla de recelo y estupefacción. Para Tom, los números se habían convertido en un lenguaje de absoluto control; una herramienta para predecir el comportamiento de los mercados financieros que descubría en los periódicos viejos que Sor Elena le guardaba. Mientras los muchachos de su edad gastaban las tardes en el patio, él devoraba manuales de macroeconomía y microeconomía con la misma soltura con la que un niño lee un cómic. Sabía que su mente era su único pasaporte hacia la libertad.

Sin embargo, ese desarrollo intelectual tan acelerado conllevaba un coste emocional devastador. Tom se sentía un extranjero en cualquier parte, un alma vieja atrapada en la frontera de la adolescencia. El único espacio donde su mente descansaba de la presión de las cifras y las ecuaciones era el viejo desván sobre las caballerizas. Allí, frente a Alie, Tom dejaba de ser el genio del orfanato para ser simplemente él mismo.

Aquella tarde de invierno, una densa capa de niebla empañaba los cristales del tragaluz del desván. El frío era tan intenso que el aliento de ambos se materializaba en pequeñas volutas blancas al hablar. Sentados sobre la vieja alfombra desgastada, compartían una taza de caldo caliente que una de las cocineras les había entregado a escondidas.

—El director de la escuela me llamó hoy a su despacho —comentó Tom, rompiendo el silencio mientras sostenía la taza entre sus manos para calentarse los dedos—. Ha llegado una carta de una fundación universitaria de la capital. Quieren hacerme una prueba de acceso anticipado el próximo semestre. Si la apruebo, podría comenzar a estudiar la carrera de Economía a los quince años, mediante un programa especial a distancia.

Alie, que revisaba uno de sus cuadernos de notas, detuvo la pluma en seco. Levantó la vista y sus ojos azules buscaron los de su amigo con una mezcla de orgullo y tristeza contenida.

—Eso es una noticia maravillosa, Tom. Es lo que siempre has querido, ¿no? Convertirte en un especialista de los números, tener tu propia empresa... —La niña hizo una pausa, tragando saliva antes de continuar—. Pero eso significa que tendrás que estudiar aún más. Casi no nos veremos.

—No cambiará nada entre nosotros, Alie —aseguró Tom con firmeza, estirando la mano para dar un suave tirón de una de las trenzas de la niña, un gesto que siempre lograba arrancarle una sonrisa—. Estudiaré por las noches, cuando el pabellón esté en silencio. No voy a descuidar nuestras tardes aquí arriba. Te lo prometí.

Alie sonrió de medio lado, aunque la preocupación seguía flotando en su mirada. Se acomodó más cerca de él, buscando el calor de su brazo protector.

—A veces me da miedo el futuro, Tom —confesó la niña en un hilo de voz, fijando la vista en el suelo de madera—. Tú eres tan listo... El mundo te espera ahí fuera con los brazos abiertos. Vas a salir de aquí, vas a triunfar y conocerás a personas importantes. En cambio, yo... a mí me quedan ocho años metida en este orfanato. Tengo miedo de que, cuando salgas por esa puerta grande, te olvides de la niña del cuaderno de dibujos.

Tom dejó la taza de caldo en el suelo con un golpe seco. Se giró por completo hacia ella y la tomó de los hombros con una seriedad que asustó un poco a Alie. Sus intensos ojos verdes brillaron con una determinación inquebrantable en la penumbra del desván.

—Escúchame bien, Alie —dijo, y su voz no admitió réplica alguna—. Podré olvidar las fórmulas, podré olvidar los nombres de los profesores y hasta el orden de los números, pero jamás, escúchame bien, jamás me olvidaré de ti. Eres la única persona en este mundo que me importó cuando lo perdí todo. Mi mente puede procesar millones de datos por segundo, pero mi corazón solo tiene una constante, y esa constante eres tú.

Alie sintió un vuelco en el pecho. La intensidad de las palabras de Tom poseía una madurez que trascendía sus catorce años. No era la promesa vacía de un compañero de juegos, sino el juramento de un hombre que empezaba a forjarse bajo el yugo de la adversidad.

—Yo también te prometo algo —respondió Alie, limpiándose una lágrima traicionera que amenazaba con resbalar por su mejilla—. No importa cuántos años pase aquí dentro, ni lo lejos que te lleve tu universidad. Seguiré escribiendo mis historias, y en todas ellas el héroe tendrá tus ojos verdes. Te esperaré el tiempo que haga falta.

Tom relajó la tensión de sus hombros y le dedicó una de sus escasas pero profundas sonrisas. Volvió a tomar su manual de economía, pero esta vez lo abrió compartiendo el espacio con el cuaderno de Alie.

Durante los meses siguientes, el pacto silencioso de los dos muchachos se convirtió en su mayor fortaleza. Mientras la mente de Tom se sumergía en los complejos gráficos de la oferta y la demanda, el análisis de mercados y las teorías de la inversión, Alie crecía rodeada de metáforas, relatos de amores trágicos y finales felices que ensayaba en sus hojas sueltas. El contraste entre ambos era absoluto, pero en esa diferencia radicaba su equilibrio perfecto. Las monjas los veían pasar por los pasillos sin hablar, comunicándose con simples miradas, y Sor Elena no podía evitar sentir una profunda punzada de compasión en el pecho; la religiosa sabía que el mundo real era implacable con los huérfanos y que el tiempo de mantenerlos protegidos bajo el ala del convento se estaba agotando a pasos agigantados. El mañana, con todas sus incertidumbres y despedidas, acechaba ya en el umbral de la puerta.

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