Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 20: El despertar del linaje
El amanecer sobre el palacio imperial no trajo la calidez habitual del verano, sino un cielo plomizo que reflejaba el cambio radical en el equilibrio del poder. Vivianne cruzó el umbral del Gran Salón del Trono, escoltada no por la guardia menor de antes, sino por una fila de caballeros acorazados cuyos pasos resonaban con la fuerza de un ejército invencible. La corte entera se apartó en un silencio sepulcral, inclinando la cabeza con un respeto que rayaba en el temor reverencial.
Al final del estrado, el Emperador bajó las escaleras de oro con una prisa que jamás mostraba ante sus ministros. Olvidando el protocolo rígido de la corona, rodeó a Vivianne con sus brazos en un abrazo firme y cargado de un alivio profundo.
—Mi niña... gracias a los dioses estás a salvo —susurró el soberano, antes de girarse hacia los miembros del consejo imperial que aguardaban con los rostros pálidos—. Ministros del imperio, cancilleres de las tres fronteras. Tras los acontecimientos de la noche anterior, ha quedado demostrado que aquellos que exigían un consorte para debilitar a la corona solo ocultaban intenciones traidoras. Mi hija no necesita el amparo de ningún hombre para sostener este peso.
El Emperador alzó su espada ceremonial, apuntando al techo abovedado.
—A partir de este instante, declaro a la Princesa Heredera Vivianne como la única e indiscutible Regente del Imperio. Su firma tiene el mismo valor que la mía, sus órdenes son absolutas y se elimina de manera definitiva cualquier ley antigua que exija un matrimonio obligatorio para validar su herencia. Quien ose cuestionar su autoridad, será tratado como un traidor al trono.
Un clamor de sumisión llenó el salón. Los ministros que antes protestaban ahora se arrodillaban uno a uno, aceptando la derrota. Vivianne observó la escena desde la altura del estrado, sabiendo que el primer gran arco de su venganza se había consolidado con una victoria perfecta. El palacio era suyo.
Mientras tanto, a cientos de leguas de la capital, en los confines oscuros y perpetuamente congelados de las fortalezas del norte, la realidad era completamente distinta.
En las profundidades de una celda subterránea excavada directamente en la roca viva, Alexander permanecía encadenado a la pared de piedra. El suelo estaba cubierto de escarcha y el frío extremo ya le había entumecido los dedos de los pies y las manos. Temblando de forma violenta, con la ropa sucia y el rostro demacrado, el antiguo noble alzó la vista al escuchar el chirrido pesado de la puerta de hierro.
Stefan entró a la celda. No vestía su armadura ceremonial, sino una túnica de viaje oscura que lo hacía ver aún más gigantesco en la penumbra. En su mano derecha sostenía una daga de cazador, cuya hoja de acero norteño reflejaba la escasa luz de la antorcha exterior. Sus ojos carmesí brillaban con una fijeza implacable.
—¡Por favor... te lo ruego! —suplicó Alexander, con la voz rota y las lágrimas congelándosele en las mejillas—. ¡Pídele un rescate a mi padre... o mátame ya! No soporto este frío... ¡Mátame!
Stefan se detuvo a escasos centímetros de él, contemplando su miseria con una indiferencia helada. Hizo girar la daga entre sus dedos con una destreza macabra.
—Tu padre ya no tiene tierras ni monedas para pagar por tu miserable existencia, Alexander —siseó el Gran Duque, y su voz barítona pareció congelar el poco aire de la estancia—. Y la muerte rápida es un lujo que no te has ganado. Le prometí a Vivianne que te haría pagar, y en el norte nos tomamos las promesas de manera muy seria. Tu final no será hoy, ni mañana. Tu muerte será tan larga, lenta y dolorosa como los inviernos de mis tierras. Vas a suplicar por el fuego del infierno antes de que termine contigo.
Stefan alzó la daga, y el primer grito de agonía de Alexander se ahogó en los pasillos de piedra de la prisión.
Al mismo tiempo, de regreso en la capital imperial, Vivianne se encontraba en la intimidad de sus aposentos privados. Marie había salido a preparar el baño nocturno, dejándola a solas con el silencio de la victoria.
De pronto, un dolor agudo y punzante le recorrió el pecho, obligándola a apoyarse contra el borde de su tocador de caoba. No era un dolor físico ordinario; era una sensación abrasadora, como si su propia sangre hubiera comenzado a hervir dentro de sus venas, impulsada por un latido místico y violento que no reconocía. Un calor sofocante la invadió, haciéndola jadear mientras su magia de sangre vibraba con una intensidad salvaje.
Asustada por la extraña reacción de su cuerpo, Vivianne alzó la cabeza y se miró fijamente en el espejo de plata.
Lo que vio la dejó paralizada, con el corazón dándole un vuelco violento.
Por un breve, nítido y espantoso segundo, el color de sus ojos negros desapareció por completo. En su lugar, sus pupilas brillaron con un destello carmesí intenso, un destello de fuego líquido exactamente idéntico al color de los ojos de Stefan.
Vivianne parpadeó con brusquedad y el fenómeno desapareció, devolviéndole su mirada oscura habitual. Sin embargo, el calor residual en sus venas permaneció, dejándole una certeza perturbadora en el alma. Su regresión temporal, el conocimiento de su muerte y la conexión inquebrantable que sentía con el Lobo del Norte no eran una simple coincidencia del destino. Algo mucho más oscuro, antiguo y místico se estaba despertando en su linaje, y el pacto que había sellado con Stefan apenas era el inicio de un secreto que amenazaba con consumir la realidad misma del imperio.
felicidades por tus novelas.