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Me Case Para Ser Libre

Me Case Para Ser Libre

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor eterno
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: N. Garzón

Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.

Una boda.

Un hombre de ojos color malva.

Una noche de terror.

Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.

Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.

Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.

Es un acuerdo simple.

Un año de matrimonio.

Sin amor.

Sin sentimientos.

Sin interferir en la vida del otro.

Pero convivir con Damien resulta mucho m

NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15

Damien

Los sueños de Rosalind no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.

Mientras revisaba unos documentos en el despacho, recordaba cada palabra que había pronunciado sentada junto a la fuente del laberinto.

Las rosas cubiertas de sangre.

El bebé de ojos negros.

La sensación de morir una y otra vez.

Era imposible no pensar en Ofelia.

Mi hermana también había comenzado así.

Al principio todos creyeron que eran simples pesadillas.

Después llegaron los dibujos.

Luego el miedo a dormir.

Finalmente, el silencio.

Sacudí la cabeza para alejar aquellos recuerdos.

Rosalind no era Ofelia.

No iba a permitir que terminara igual.

Habían pasado varios días desde nuestra conversación en el laberinto.

Rosalind seguía siendo la misma mujer sarcástica que discutía conmigo por cualquier tontería, pero ahora también había largos momentos en los que permanecía completamente callada.

Leía durante horas.

Escribía en ese pequeño diario que ocultaba con tanto cuidado.

Y, de vez en cuando, la sorprendía mirando por la ventana con una expresión tan perdida que parecía estar en otro lugar.

No preguntaba.

Ella necesitaba tiempo.

Y yo no pensaba presionarla.

Tres golpes secos interrumpieron mis pensamientos.

La puerta del despacho se abrió sin esperar respuesta.

Levanté la vista inmediatamente.

Marcelo jamás entraba sin permiso.

Eso solo podía significar una cosa.

—¿Qué ocurrió?

Él cerró la puerta con llave antes de acercarse a mi escritorio.

Traía una carpeta gruesa entre las manos.

Su rostro estaba más serio de lo habitual.

—Señor... encontré información sobre el señor Stefan.

Dejó la carpeta frente a mí.

—Creo que debería verla usted mismo.

Abrí la carpeta.

Las primeras fotografías me hicieron fruncir el ceño.

Rosalind.

Sentada en el jardín de la casa Lancaster, bebiendo té bajo la sombra de un viejo árbol.

Pasé la siguiente.

Rosalind saliendo de una librería.

Otra.

Rosalind caminando con Victoria Sterling por una avenida concurrida.

Otra más.

Ella leyendo junto a la ventana de su habitación.

Sentí un nudo en el estómago.

Aquellas imágenes no podían haber sido casualidad.

Había fotografías tomadas desde distintos lugares.

Distintas fechas.

Distintos meses.

Años.

Levanté lentamente la vista.

—¿De dónde salió todo esto?

Marcelo respiró hondo.

—Entré en la antigua propiedad del señor Stefan.

Lo miré fijamente.

—¿Te metiste en su casa?

—Sí, señor.

Apreté el puente de mi nariz.

—Marcelo...

—Lo sé.

Pero tenía que comprobar una sospecha.

Guardé silencio.

Él continuó.

—La casa lleva abandonada varios años. Nadie entra allí. Encontré una habitación cerrada con candados por dentro.

Tragué saliva.

—¿Qué había?

Marcelo dudó unos segundos.

—Demasiadas cosas.

Tomó otra carpeta.

La abrió.

Dentro había nuevas fotografías.

Esta vez no eran de Rosalind.

Eran de la habitación.

Una muñeca de cera.

Del tamaño real de una mujer.

Vestía de negro.

El cabello era oscuro.

Los ojos verdes.

Sentí un escalofrío.

Era Rosalind.

No una copia aproximada.

Era ella.

Hasta el pequeño lunar junto a la clavícula había sido reproducido con exactitud.

—¿Quién más sabe de esto?

—Nadie.

Solo usted y yo.

Volví a mirar las fotografías.

Aquello era enfermizo.

Marcelo dejó un cuaderno de cuero negro sobre el escritorio.

—También encontré esto.

Lo abrí.

La primera página estaba escrita con una letra impecable.

"17 de abril."

"Hoy volvió a sentarse bajo el roble a las cuatro de la tarde. Bebió té durante cuarenta y tres minutos. Sonrió dos veces. La segunda sonrisa fue para mí, aunque todavía no lo sabe."

Pasé la página.

"Hoy llevaba un vestido negro con cuello blanco. Ese color le queda mejor que cualquier otro. Las personas creen que viste de negro por rebeldía. No entienden que lo hace porque sigue de luto por nuestro futuro."

Mi mandíbula se tensó.

Continué leyendo.

"Aún no puedo acercarme. Sería demasiado pronto. Ella debe creer que el destino nos unirá."

Otra página.

"Blackwood."

El apellido estaba escrito con tanta fuerza que había marcado el papel.

"Mi padre insiste en que utilice el apellido para conseguir cualquier mujer. No entiende que solo existe una."

Otra.

"La vi reír con Victoria. Nunca había escuchado esa risa tan de cerca. Haría cualquier cosa para volver a oírla."

Pasé varias hojas.

Las anotaciones se volvían cada vez más perturbadoras.

"Hoy ordené hacer una figura de cera. Si cierro los ojos casi puedo imaginar que respira."

"Le gusta leer junto a la ventana cuando llueve."

"Se corta las uñas los domingos."

"Prefiere el té antes que el café."

"Tiene miedo a los perros grandes, aunque intenta disimularlo."

Cerré el cuaderno con fuerza.

¿Cómo demonios sabía tantas cosas?

Ni siquiera yo conocía algunos de esos detalles.

Marcelo permanecía en silencio.

Volví a abrir el diario.

Las últimas páginas ya no eran observaciones.

Eran delirios.

"Damien solo me la quitó por un tiempo."

"Ella todavía no recuerda que debía ser mi esposa."

"Cuando despierte comprenderá que nunca perteneció a mi hermano."

"Nadie entiende nuestro amor."

Sentí auténtico asco.

Aquello ya no era una obsesión.

Era una enfermedad.

---

No tardé en buscar a Rosalind.

La encontré en nuestra habitación.

Leía tranquilamente junto a la ventana.

Al verme levantó la vista.

—¿Te interrumpo?

Ella cerró el libro.

—No.

¿Qué ocurre?

Intenté que mi voz sonara tranquila.

—Debo viajar unos días a la ciudad portuaria.

Ella esperó.

—Hay asuntos relacionados con el hotel.

Pensaba pedirle a Victoria que te acompañara mientras regreso.

Rosalind permaneció unos segundos pensativa.

—¿Puedo ir contigo?

La miré sorprendido.

—Te aburrirás.

—No me importa.

Solo...

Bajó un poco la mirada.

—Quiero salir de la villa unos días.

Comprendí perfectamente lo que quería decir.

Asentí.

—Está bien.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por preguntarme.

Por decirme adónde vas.

Y por dejarme acompañarte.

No respondí.

Simplemente llamé a Rosa para que preparara el equipaje.

Dos semanas serían más que suficientes.

O eso esperaba.

---

Todavía era de madrugada cuando partimos.

Tres automóviles avanzaban por la carretera.

Rosalind dormitaba apoyada contra la ventanilla.

El amanecer apenas comenzaba a teñir el horizonte.

Cinco horas de viaje nos separaban del puerto.

Pero antes debía hacer una parada.

Cuando llegamos al antiguo camino de tierra pedí detener la caravana.

Rosalind abrió los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Necesito revisar una propiedad.

No tardaré.

Miré a Rosa.

—Quédate con la señora Blackwood.

Ella hizo una reverencia.

—Sí, señor.

Marcelo y yo nos internamos entre la maleza.

La vieja propiedad apareció pocos minutos después.

La mansión estaba completamente abandonada.

Las ventanas rotas.

La pintura descascarada.

Las enredaderas cubrían casi toda la fachada.

Parecía una casa olvidada por el tiempo.

Marcelo señaló un enorme agujero en uno de los muros.

—Entré por aquí.

Nos agachamos.

El olor a humedad era insoportable.

Cada paso hacía crujir el piso de madera.

El vestíbulo estaba cubierto de muebles destrozados.

Los retratos familiares aparecían rasgados con violencia.

Uno tras otro.

Como si alguien hubiera querido borrar todos los rostros.

Todos.

Excepto dos.

El retrato de Ofelia.

Y un enorme cuadro de Rosalind.

Me acerqué lentamente.

No era una fotografía.

Era una pintura al óleo.

Rosalind vestía completamente de negro.

Sonreía.

Aquella sonrisa jamás había existido.

Stefan había pintado la mujer que existía únicamente en su imaginación.

Continuamos avanzando.

Subimos al segundo piso.

Al final del pasillo había una puerta reforzada.

Marcelo la empujó.

La madera cedió con un largo chirrido.

El cuarto permanecía completamente oscuro.

Las ventanas estaban cubiertas con pintura negra.

Encendió una linterna.

El haz de luz recorrió lentamente la habitación.

Sentí un escalofrío.

La muñeca de cera estaba sentada en una silla.

Vestía uno de los modelos que Rosalind había usado meses atrás.

Frente a ella había una mesa de té.

Dos tazas.

Como si alguien hubiera compartido cientos de tardes imaginarias con aquella figura.

Las paredes estaban cubiertas de dibujos.

Rosalind leyendo.

Rosalind caminando.

Rosalind sonriendo.

Rosalind durmiendo.

Cada dibujo tenía una fecha.

Algunos eran de años atrás.

Otros de apenas unas semanas antes de la boda.

Había decenas de cartas.

Todas comenzaban igual.

"Mi querida esposa..."

Pero ninguna había sido enviada.

Me acerqué lentamente a la muñeca.

Entonces vi algo más.

Sobre una pequeña cómoda descansaba un mechón de cabello negro atado con un lazo de terciopelo.

Al lado había un pañuelo bordado con las iniciales R. L.

Apreté los puños.

—Es un enfermo...

Mi voz apenas fue un susurro.

Marcelo siguió iluminando la habitación.

Entonces señaló el escritorio del fondo.

—Señor...

Creo que hay otro cuaderno.

Me acerqué.

Era más pequeño que el anterior.

Mucho más viejo.

Tenía una gruesa capa de polvo.

Lo abrí lentamente.

La primera página contenía una única frase escrita con tinta negra.

"Si alguien encontró este cuaderno... significa que ya no pude ocultar la verdad."

Fruncí el ceño.

Pasé la página.

Y el nombre escrito en la siguiente hoja hizo que el aire abandonara mis pulmones.

Ofelia Blackwood.

1
GiovannaXchelMayaCejudo
no mames no!
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
Liliana Torres
Hay no puede ser perdieron al bebé
GiovannaXchelMayaCejudo
oh 💩 oh 💩
esto está de Lokos 😰😱
GiovannaXchelMayaCejudo
que impotencia tan grande
Yadira Alvarez
hay cristo esto se pone bueno 🤦
Liliana Torres
Que loco esta
Mary Ney
Que tipo más loco.
Mary Ney
Eso es magia o que 🤭🤭
Mariela Alejandra Gonzalez
por dios que rompecabezas!!!
GiovannaXchelMayaCejudo
aquí está todo muy raro...
GiovannaXchelMayaCejudo
sus pesadillas se están volviendo realidad...
hay no que 💩😰😱
Mary Ney
Damian debes tener pantalones para cuidar a tu esposa e hijo ☺️
Yadira Alvarez
esto se enreda más 🤦
GiovannaXchelMayaCejudo
no mames cada vez entiendo menos...
Yadira Alvarez
cristo como esta 🤦
Alexandra Ortiz Posada
Que cosa más hermosa😍
GiovannaXchelMayaCejudo
😱😰💩
Mary Ney
Puro psicópatas Damian no dejes que esos psicópatas se hacerque a tu esposa☺️
Liliana Torres
Que locos estan
GiovannaXchelMayaCejudo
ay no que miedo
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