Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 21
El sol de las Bahamas se filtraba por los ventanales de la mansión con una intensidad que parecía burlarse del estado físico de Elena. Ella se detuvo un segundo ante el espejo del pasillo, tratando de acomodarse el vestido vaporoso de seda color melocotón. La tela era ligera, pero para Elena pesaba como una armadura. Cada vez que intentaba dar un paso normal, sus muslos le recordaban, con un pinchazo de dolor delicioso, que la noche en la cabaña no había sido un sueño, sino una batalla de resistencia que claramente había ganado Alexander.
Caminaba con la espalda demasiado recta, tratando de ocultar ese balanceo delatador que delataba a cualquiera que hubiera pasado diez horas siendo reclamada contra la arena y la madera. Bajó las escaleras de mármol con la gracia de un cervatillo recién nacido, agarrándose del pasamanos con una fuerza que casi dobla el metal.
Al entrar al comedor, el aroma a café recién hecho y fruta tropical la recibió, pero lo que realmente la detuvo fue la imagen de Hugo. Su amigo estaba sentado a la cabecera de la mesa, con una bata de seda color fucsia, unas gafas de sol puestas a pesar de estar bajo techo y, lo más inquietante, una lupa de joyero en la mano derecha.
—¡Paren las prensas! ¡Llegó la sobreviviente del cataclismo! —gritó Hugo, dejando su taza de café con un golpe seco.
Elena intentó sonreír con naturalidad, pero terminó siendo una mueca de esfuerzo mientras se dejaba caer, muy lentamente, en la silla frente a él.
—Buenos días, Hugo. Qué... qué animado estás hoy.
—¿Animado? Nena, estoy en modo investigador forense —Hugo se levantó, se acercó a ella con la lupa y empezó a rodear su cuello como si estuviera analizando una escena del crimen—. Por favor, Elena, no te muevas. Necesito documentar este nivel de salvajismo para la historia de la humanidad.
—Hugo, por favor, siéntate… —balbuceó ella, tratando de cubrirse con el cabello.
—¡Ni hablar! ¡Esto es una escritura de propiedad en toda regla! —Hugo acercó la lupa a una marca violácea justo debajo de la oreja de Elena—. Nena, esto no es un beso, esto es un sello notarial. ¿Qué usó Alexander? ¿Sus dientes o una perforadora industrial de alta potencia? Porque te ha dejado el mapa de las Bahamas dibujado en la clavícula. Marcus, mi pobre y casto Marcus, me dijo esta mañana mientras hacíamos yoga que escuchó ruidos que parecían una manada de elefantes en celo escapando de un incendio. ¡Y eso que Marcus duerme con tapones de grado militar!
Elena hundió la cara en sus manos, roja como un tomate. —Hugo, cállate. Estábamos en una cabaña lejos de la casa.
—¡Cariño, el sonido viaja por el agua! —insistió Hugo, volviendo a su silla pero sin soltar la lupa—. Yo estaba en la terraza intentando conectar con mi yo superior y lo único que conecté fue con tus gritos pidiendo clemencia… o pidiendo más, que ya sabemos que lo tuyo es vicio puro. Estás caminando como si hubieras bajado del Everest a gatas, nena. ¡Ese hombre te ha desmontado como si fueras un mueble de IKEA y te ha vuelto a armar, pero le sobraron piezas!
En ese momento, el sonido de unos pasos pesados y seguros anunció la llegada del dueño de la propiedad. Alexander entró en la cocina-comedor con una confianza que solo da el haber conquistado el mundo la noche anterior. Iba descalzo, vistiendo solo unos pantalones de lino blanco que colgaban peligrosamente bajo de sus caderas. No llevaba camisa, dejando a la vista su pecho ancho, sus abdominales marcados y los ligeros rasguños en su espalda que Elena le había dejado como recuerdo de su entrega. Tenía el pelo revuelto y una mirada de satisfacción que podía iluminar toda la isla.
Alexander no dijo una palabra. Caminó directo hacia Elena, se inclinó y, frente a la mirada atónita de Hugo, le propinó una nalgada firme y sonora que resonó en todo el comedor.
—Buenos días, guerrera —susurró Alexander con una voz ronca, ignorando por completo el hecho de que ella casi salta de la silla por el impacto.
—¡MIS OJOS! ¡MIS PUROS E INOCENTES OJOS! —chilló Hugo, tapándose la cara con las manos pero dejando los dedos abiertos para no perderse el espectáculo—. ¡Alexander, nena, tápate! ¡Ponte una lona, un saco de papas, algo! ¡Me va a dar un síncope de la envidia y el colesterol me va a subir a las nubes de solo ver tanto músculo suelto! ¡Un respeto para los que estamos a dieta de afecto!
Alexander soltó una carcajada vibrante, se sirvió un vaso de agua helada y se apoyó contra la encimera, mirando a Hugo con una ceja levantada.
—¿Algún problema con mi hospitalidad, Hugo? —preguntó Alexander con diversión.
—¡El problema es que eres un exhibicionista del pecado! —respondió Hugo, recuperando la compostura y señalándolo con una tostada—. Mira cómo tienes a mi pobre amiga. Está que no puede ni masticar sin que le duela la pelvis. ¡Eres un animal, Alexander! Un animal con muy buen gusto, pero un animal al fin y al cabo. Marcus está traumatizado, cree que hay fantasmas en la isla porque escuchó gemidos que desafían las leyes de la acústica.
Alexander se acercó a Elena de nuevo, esta vez de forma más lenta. Puso su mano grande sobre el hombro de ella, justo donde Hugo había estado analizando la marca, y apretó con una posesión tranquila. Elena sintió el calor de su palma y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Elena no se está quejando, ¿verdad, socia? —dijo Alexander, bajando el rostro para que sus labios rozaran la sien de ella.
—No me quejo —susurró Elena, sosteniéndole la mirada a Alexander mientras sentía que el deseo volvía a encenderse, a pesar del cansancio.
—¡Ay, por Dios! —Hugo hizo un gesto de asco dramático—. ¡Busquen una habitación! ¡Ah, no, esperen, ya tienen una y la destruyeron anoche! Alexander, nena, escúchame bien: si vas a seguir con este ritmo de demolición, voy a necesitar que Marcus me dé masajes de contención emocional, porque ver tanto fuego me está dejando las pestañas chamuscadas.
Alexander le dio un beso corto y posesivo a Elena antes de sentarse a desayunar.
—Come algo, Elena. Necesitas fuerzas. Esta noche tenemos la gala en el casino flotante y tengo planes que requieren que estés muy, muy despierta.
Hugo se enderezó en su silla, olvidando su drama por un segundo. Sus ojos brillaron con malicia.
—¿Casino flotante? ¿Gala? ¡Oh, nena, prepárate! Si anoche fue la guerra en la arena, hoy va a ser el asalto al tesoro. Alexander, espero que el código de vestimenta incluya algo que yo pueda criticar, porque si no, me voy a aburrir soberanamente entre tanto diamante.
—Elena usará lo que yo he elegido para ella —sentenció Alexander, clavando sus ojos miel en los de ella—. Algo que deje claro que, aunque todos la miren, solo hay un hombre que tiene la llave de su armadura.
—¡Uf! ¡Esa frase me ha dejado seco! —Hugo soltó un soplido y se abanicó con una servilleta de lino—. Elena, nena, termina tu café. Tenemos que prepararte. Si ese vikingo quiere una reina para el casino, vamos a darle una que haga que la banca quiebre de solo verla. ¡Marcus! ¡Trae más mimosas, que esto se va a poner internacional!
Elena miró a Alexander y luego a Hugo, dándose cuenta de que su vida se había convertido en un torbellino de pasión extrema y humor delirante. No sabía qué le esperaba en ese casino flotante, pero con Alexander a su lado y Hugo como su sombra chismosa, estaba segura de que la noche sería inolvidable. El dolor en sus piernas era real, pero el fuego en su interior lo era aún más.