En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 6
A la mañana siguiente, una elegante carta sellada con el emblema de la familia real llegó directamente a manos de Xenia.
La joven apenas levantó la vista de los apuntes que estaba escribiendo cuando Jane entró apresuradamente al laboratorio improvisado sosteniendo el sobre con ambas manos.
—Lady Xenia… llegó esto desde el palacio.
Xenia tomó la carta con calma, aunque sus ojos se estrecharon apenas al reconocer el sello real.
—Qué rápido…
Abrió el sobre cuidadosamente y comenzó a leer.
Dentro había varias hojas.
Demasiadas hojas.
Clark había escrito especificaciones increíblemente detalladas sobre las tres pociones que quería:
una capaz de aliviar el agotamiento extremo del cuerpo,
otra que ayudara a estabilizar el flujo de maná,
y una tercera diseñada para reducir temporalmente ciertos dolores físicos provocados por el exceso de magia.
Mientras más leía…
más interesante le parecía.
Porque honestamente, las fórmulas eran complejas incluso para los estándares modernos que ella conocía.
Pero justamente eso hizo que sonriera.
Aquello sí era un reto.
Al final de la última hoja encontró una pequeña nota escrita con una caligrafía impecable.
“Estaré esperando con ansias.”
Xenia soltó un pequeño bufido de incredulidad.
—Qué hombre tan arrogante…
Aunque, curiosamente…
no parecía molesta.
Durante los días siguientes, prácticamente desapareció dentro de su laboratorio.
Para entonces ya había mandado a fabricar muchas de las herramientas que necesitaba usando descripciones detalladas que dejaron completamente confundidos a varios artesanos del ducado.
Frascos de vidrio con formas específicas.
Tubos largos conectados entre sí.
Recipientes resistentes al calor.
Instrumentos para filtrar sustancias.
Pequeñas herramientas metálicas de precisión.
Nadie entendía realmente para qué servían aquellas cosas extrañas.
Pero Xenia sí.
Y gracias a sus conocimientos modernos, podía avanzar muchísimo más rápido que cualquier alquimista normal de ese mundo.
Los días pasaron entre humo, libros abiertos, hierbas secándose y líquidos burbujeando dentro de recipientes transparentes.
A veces las doncellas tenían que entrar prácticamente a obligarla a comer.
—¡Lady Xenia, no puede vivir solo tomando té!
—Puedo intentarlo.
—¡No puede!
Cordelis estaba a punto de perder la paciencia con ella.
—¡Al menos duerme un poco!
—Dormir reduce productividad.
—¡Xenia Edevane!
Mientras tanto, las cremas y productos cosméticos comenzaron a hacerse increíblemente populares entre las damas nobles.
Cordelis prácticamente se había convertido en la mejor publicidad posible.
Las mujeres hablaban de ello durante reuniones de té, fiestas y visitas sociales: la piel de la duquesa Edevane, su cabello, sus productos milagrosos.
Y eso era exactamente lo que Xenia quería.
Porque cuando finalmente comenzara a vender oficialmente…
su nombre ya sería conocido.
Después de una semana y media de trabajo casi ininterrumpido, Xenia finalmente se encontraba terminando la última de las tres pociones encargadas por el príncipe.
El líquido plateado dentro del frasco brilló suavemente antes de estabilizarse por completo.
Funcionó.
Una sonrisa satisfecha apareció inmediatamente en sus labios.
—Perfecto.
Aunque había sido agotador…
lo había logrado.
Por supuesto que sí.
Nada le quedaba grande.
Estaba observando orgullosamente el resultado cuando escuchó ruido afuera del laboratorio.
Voces nerviosas.
Pasos apresurados.
Frunciendo ligeramente el ceño, Xenia dejó el frasco sobre la mesa antes de salir para ver qué ocurría.
Y apenas abrió la puerta…
se encontró con varias doncellas completamente tensas.
Y justo frente a ellas…
de pie como si aquel lugar le perteneciera…
estaba él.
El tercer príncipe.
Clark Viremont llevaba ropa oscura elegante y el cabello blanco ligeramente desordenado, como si hubiera venido directamente desde el palacio sin demasiada paciencia. Su expresión seguía siendo tranquila, aunque sus ojos claros recorrieron inmediatamente a Xenia apenas apareció.
Y por alguna razón…
parecía bastante cómodo allí.
Jane casi parecía al borde de un colapso.
—¡L-Lady Xenia! ¡Intentamos detenerlo, pero Su Alteza dijo que quería ver el laboratorio…!
Clark ignoró completamente el caos alrededor.
Su mirada descendió lentamente hacia las pequeñas manchas de tinta en las manos de Xenia, las ojeras leves bajo sus ojos y la forma en que algunas hebras borgoña estaban ligeramente despeinadas.
Y entonces sonrió apenas.
—Así que sí estaba trabajando seriamente.
Xenia cruzó los brazos inmediatamente.
—¿Qué hace aquí?
—Vine por mis pociones.
—Podía esperar a que las enviara.
—Mm. —Clark inclinó apenas la cabeza—. Pero tenía curiosidad.
Los ojos de Xenia se estrecharon un poco.
Curiosidad.
Claro.
Eso explicaba por qué un príncipe había aparecido personalmente en el laboratorio privado de una noble.
Totalmente lógico.
—¿Y bien? —preguntó Clark mirando detrás de ella hacia el interior del laboratorio—. ¿Puedo entrar?
Xenia guardó silencio unos segundos.
Luego suspiró.
—No toque nada. Y si algo explota, no es mi responsabilidad.
La sonrisa de Clark se hizo apenas más visible.
Interesante.
Muy interesante.
Clark entró al laboratorio con una tranquilidad insultante, observando todo alrededor con una curiosidad que contrastaba completamente con la expresión indiferente que normalmente llevaba.
Sus ojos recorrían lentamente los estantes llenos de libros, los recipientes de vidrio, las hierbas colgadas secándose y las extrañas herramientas que Xenia había mandado fabricar.
Parecía un niño descubriendo algo nuevo.
—¿Y esto para qué sirve? —preguntó tomando un pequeño recipiente de vidrio con forma alargada.
—Para separar líquidos.
—¿Y eso?
—Destilar.
—¿Y aquello de allá?
Xenia sintió un tic en el ojo al verlo acercar peligrosamente la mano hacia uno de sus frascos más delicados.
—Si rompe algo, le voy a cobrar incluso si es príncipe.
Clark soltó una pequeña risa nasal.
—Qué cruel.
—Viene sin avisar, invade mi laboratorio y casi provoca que mis pobres doncellas sufran un colapso —respondió ella cruzándose de brazos—. Debería agradecer que sigo siendo educada.
Las doncellas, que seguían espiando nerviosamente desde afuera, asintieron mentalmente.
Clark tomó otro frasco entre los dedos, observándolo contra la luz.
—No sabía que las cosas de alquimia podían verse tan interesantes.
Xenia suspiró profundamente.
Definitivamente era el tipo de persona que tocaba absolutamente todo.
—Y bien —dijo él finalmente dejando el recipiente en su lugar—. ¿Dónde están?
Xenia caminó hasta una de las mesas y tomó cuidadosamente tres frascos pequeños de distintos colores antes de regresar hacia él.
—Aquí tiene.
Clark los recibió observándolos con evidente interés.
Uno plateado.
Uno azul oscuro.
Y otro ligeramente dorado.
—Mm… sinceramente creí que no podría hacerlo —comentó mientras giraba uno de los frascos entre los dedos—. Pensé que simplemente estaba encerrada aquí intentando evitar la vergüenza.
Xenia sonrió peligrosamente.
—Qué agradable es hablar con usted, príncipe.
Él ignoró completamente el sarcasmo.
—¿Está segura de que funcionan? —preguntó mirando las pociones con abierta desconfianza.
La paciencia de Xenia empezó a agotarse lentamente.
—Pruébelas.
Clark levantó la vista hacia ella.
—¿Y si me pasa algo?
—No le pasará nada.
—¿Y si me enveneno?
Xenia abrió la boca lista para responderle algo bastante poco apropiado para decirle a un príncipe…
Pero antes de que pudiera hacerlo, Clark destapó uno de los frascos y bebió el contenido de un solo trago.
Los ojos de Xenia se abrieron ligeramente.
—¡¿Qué hace?! ¡Al menos espere a que le explique…!
Clark permaneció quieto unos segundos.
El laboratorio quedó en silencio.
Las doncellas afuera prácticamente dejaron de respirar.
Y entonces…
La expresión de Clark cambió apenas.
Muy poco.
Pero lo suficiente para que Xenia lo notara.
La pesadez acumulada en su cuerpo comenzó a desaparecer lentamente, como si algo cálido recorriera sus músculos relajando cada parte tensa. Incluso el dolor constante en su espalda, provocado por interminables horas de entrenamiento y asuntos reales, empezó a desvanecerse.
Clark bajó lentamente la mirada hacia el frasco vacío en su mano.
Sorprendido.
Genuinamente sorprendido.
Xenia dio un paso hacia él inmediatamente.
—¿Y? —preguntó incapaz de ocultar su interés—. ¿Qué siente?
Clark levantó los ojos hacia ella.
Y por primera vez desde que llegó…
su expresión perdió gran parte de aquella indiferencia elegante.
—Estoy sorprendido.
Xenia sonrió orgullosamente de inmediato.
Sabía que funcionaría.
Clark observó nuevamente el frasco vacío antes de volver a mirarla a ella.
—El cansancio desapareció completamente… incluso el dolor muscular disminuyó.
—Le dije que funcionaba.
—Mm.
Los ojos claros de Clark permanecieron fijos sobre ella unos segundos más de lo normal.
Y lentamente…
una sonrisa apareció en sus labios.
No burlona.
No arrogante.
Una sonrisa realmente interesada.
—Lady Xenia… —murmuró suavemente—. Creo que usted es mucho más peligrosa de lo que imaginaba.
Xenia levantó una ceja.
—¿Peligrosa?
—Si alguien descubre que puede crear cosas así, medio imperio va a querer ponerle las manos encima.
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Entonces tendrán que hacer fila.
Clark soltó una pequeña risa.
Y extrañamente…
aquella fue la primera vez en mucho tiempo que algo realmente consiguió divertirlo.
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