Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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15- Jaula de Oro
🔴 ELENA
La mansión de los Duarte es una jaula de oro y yo soy el pájaro que no canta.
Es como si estuviera soñando y solo deseo despertar pronto, sabiendo quien soy en verdad.
La mansión tiene 12 habitaciones, 8 baños, piscina climatizada, y tres chefs que me miran con lástima cuando empujo el plato sin probar bocado. No tengo apetito. No desde que me fui de la clínica de Daniel. No desde que dejé de ver a Nahuel todos los días.
Duermo mal. Me acuesto a las once porque Germán insiste, porque los médicos dicen que necesito rutina, porque mi papá pregunta por mí desde su cama en la otra ala de la casa. Pero a las tres de la mañana estoy despierta. Siempre a las tres. Como si mi cuerpo recordara otra vida, una donde a esa hora Nahuel me agarraba la cara y me decía mi nombre contra la boca.
A las tres me levanto descalza y bajo a la cocina. Gigante, fría, con mesadas de mármol que no se parecen en nada a la cocina chiquita y caliente de la estancia Ibarra. Ahí, al menos, el olor a café me daba ganas de vivir.
Acá no.
Abro la heladera enorme. Hay de todo. Salmón, caviar, frutas que ni sé pronunciar. Los mejores chefs del país cocinan para mí. Para Elena Duarte, la heredera recuperada. Y a mí no me atrae nada.
Me cocino yo. Un huevo frito. Unas tostadas quemadas. Arroz blanco sin sal. Cosas que haría alguien que no tiene a nadie. Porque aunque tenga 20 años y ahora tenga un apellido, un padre, un tío, una mansión... No lo tengo a él.
Solo pienso en Nahuel. En sus manos, en su voz ronca cuando me dijo “dos golpes”, en el corte que tiene en el labio y que yo le dejé sin querer la noche que no dormimos. Pienso en si comerá, si dormirá, si seguirá estacionado en la vereda como un estúpido las noches que no tiene turno para verme.
Germán se dio cuenta. Germán se da cuenta de todo. Una mañana entró a la cocina a las 3:15 y me encontró sentada en el piso, comiendo arroz frío de la olla con la mano.
No me retó. Se sentó al lado mío, en el piso de su mansión de millones, con 40 años y traje de tres piezas arrugado de dormir en el sillón.
—Te estás apagando, nena —me dijo.
No contesté. Seguí comiendo.
—Hablé con el doctor San Rafael —siguió—. Dice que en casos de amnesia como el tuyo, la confianza es más importante que la medicación. Que tener a alguien conocido, alguien que no te presione, ayuda a que el cerebro no se bloquee.
Levanté la vista.
—Él va a seguir atendiéndote —dijo Germán, y me estudió la cara—. Una vez por semana. En su clínica. Yo voy con vos. Pero lo acepto porque los médicos dicen que es lo mejor. No porque me guste.
No grité. No lloré. No sonreí. Solo asentí, y por primera vez en días sentí que el arroz me pasaba por la garganta.
Porque Daniel San Rafael significa una hora a la semana en su consultorio. Y una hora en su consultorio significa dos minutos con la puerta entreabierta.
Significa ver a Nahuel.
La primera vez que fui, Germán me llevó en persona. Me metió en la sala de espera como si me llevara a una cárcel de máxima seguridad. Daniel me hizo pasar, me revisó, me preguntó por los dolores de cabeza, por las pesadillas. Todo protocolo.
Y a los diez minutos, “se olvidó” un expediente en la sala de espera.
—Ya vengo, Elena —dijo—. No te muevas.
Se fue y dejó la puerta sin cerrar del todo.
Nahuel estaba ahí. Parado. Con ojeras, con la remera negra de siempre, con 22 años y con la cara de alguien que no dormía desde que yo me fui.
No hablamos. No hizo falta. Él se apoyó en el marco de la puerta. Yo me quedé sentada en la camilla, descalza, con la bata celeste. Nos miramos. Treinta segundos. Cuarenta. Hasta que escuchamos los pasos de Germán en el pasillo.
Nahuel se fue sin decir ni una palabra. Pero me tocó el pecho dos veces al pasar. Golpe, golpe.
Yo contesté igual. Golpe, golpe. Con la mano arriba del corazón, para que solo él lo viera.
Esa noche, en la mansión Duarte, comí. Un plato entero. Germán casi llora.
Desde entonces, las citas con Daniel son lo único que me hace soportable vivir acá. Los martes a las cuatro. Una hora. Dos minutos reales. A veces tres, si Daniel se hace el distraído y tarda en volver con el “expediente”.
No hablamos de amor. No hablamos de mi papá, ni de Octavio, ni de la fusión con los Montenegro que Germán me repite que los Ibarra quieren robar. Hablamos con los ojos.
Yo le digo: te extraño.
Él me contesta: aguantá.
Yo le pregunto: ¿hasta cuándo?
Él me responde: toda la vida si hace falta.
Y después Germán carraspea en la puerta y se acaba.
Vuelvo a la jaula de oro. Vuelvo a las tres de la mañana, a la cocina vacía, a cocinarme arroz sin sal porque es lo único que me pasa sin que se me cierre la garganta.
Pero vuelvo distinta. Porque por dos minutos a la semana, dejo de ser Elena Duarte, la heredera, la hija de Jerardo, la sobrina de Germán.
Por dos minutos vuelvo a ser Elena. La que se durmió en el pecho de Nahuel Ibarra y se despertó queriendo quedarse ahí para siempre.
Y con eso, por ahora, me alcanza para no morirme del todo.
Porque asi puedo soportar seguir en la mansión, aunque me dicen que esta es mi casa. Mansión Duarte, tres pisos, jardín con rosales, pileta climatizada, cuatro empleadas que me tratan de “señorita Elena” y me miran como si fuera de cristal.
Una jaula de oro.
Llevo un mes acá, desde que me desperté en la ruta sin saber cómo me llamaba. Un mes de médicos, de fotos, de “¿te acordás de esto, nena?”. No. No me acuerdo de nada. Ni del cumpleaños 15, ni del vestido celeste que está en mi placard, ni del perfume que supuestamente era mi favorito.
Solo tengo un nombre prestado: Elena Duarte. Y una cara que me devuelve el espejo y que no reconozco.
Hoy bajé a tomar agua a las dos de la mañana. No podía dormir. Otra vez. La cabeza me taladra cuando intento recordar. Es como meter la mano en un enchufe.
Pasé por el despacho de papá. La puerta estaba entreabierta. Iba a seguir de largo, pero escuché mi nombre.
—...Elena no puede saber —decía Germán. Mi padrino. 40 años, la voz grave que siempre me habla despacio, como si yo fuera a romperme—. Si se entera de que la estamos usando, se nos cae todo, Jerardo.
Me quedé helada. Pegada a la pared. El corazón me latía en los oídos.
—¿Y qué querés que haga? —contestó papá. 39 años, la voz cansada de siempre—. ¿Que le diga que no es mi hija? ¿Que la verdadera Elena está muerta hace cinco meses y que la necesitamos a ella para que las acciones no se vayan al piso? ¿Que la prensa no deje de hablar del “milagro Duarte”?
El agua se me cayó de la mano. El vaso no se rompió. La alfombra lo amortiguó. Agradecí. No quería que me escucharan.
La verdadera Elena está muerta.
La necesitamos a ella.
Para que las acciones no se vayan al piso.
Me tapé la boca con las dos manos. Para no gritar. Para no vomitar.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓