Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 11 MOMENTOS MAS SINCEROS
(Narrado por Adrián)
Cuando Rosa terminó de bañarse y salió del baño con el pelo todavía húmedo y envuelta en su bata suave, yo ya estaba recostado en el suelo de su habitación, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando cómo la luz de la luna se filtraba por la ventana. Ella se acomodó entre las sábanas, apoyó la cabeza en la almohada y me miró con esos ojos grandes y tranquilos que me hacían sentir que todo estaba bien.
En ese momento la puerta se abrió despacio y entraron sus papás. Al vernos, se detuvieron un instante y soltaron una risa baja y cariñosa.
—¿Y tú qué haces ahí tirado en el suelo, hijo? —preguntó su mamá, Claudia, negando con la cabeza—. Sube a la cama, hay espacio para los dos.
La miré a ella, luego a Abraham, y sonreí, encogiéndome un poco.
—No se preocupe, aquí estoy muy cómodo. Además, no quiero estorbar ni hacerle falta de espacio a Rosa.
—No estorbas nada —dijo su papá, con ese tono firme pero amable que tenía—. Pero bueno, si tú lo prefieres así, está bien. Ya nos vamos a dormir, princesa —le dijo a ella, acercándose para arroparla—. Cualquier cosa, si necesitas algo o te sientes mal, solo tienes que llamarnos, estamos justo enfrente.
—Sí, papá —respondió ella con una sonrisa—. Gracias, descansen.
—Buenas noches, suegros —les dije yo, y ellos asintieron antes de cerrar la puerta suavemente.
Nos quedamos en silencio unos minutos, hasta que ella rompió el silencio con voz muy suave:
—Adrián… ¿tú crees que podré
Ir estudiar la universidad algún día? Me da miedo que mi cuerpo no aguante el ritmo, las clases, las prácticas…
Me giré hacia ella, apoyándome en un codo para verla mejor.
—Claro que sí —le dije con total seguridad—. No hay nada que te impida aprender lo que quieras. Solo tendremos que ir despacio, buscar el horario que te quede bien, y si te cansas, paramos. No tienes que correrle a nadie.
Ella asintió, y luego bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban con el borde de la sábana.
—¿Sabes? A veces siento que mi cuerpo es una jaula —confesó con un hilo de voz—. Me gustaría correr, bailar horas seguidas, viajar sin preocuparme por dónde hay un hospital… Llevo con esto desde los seis años, y a veces me pregunto cómo sería mi vida si no tuviera que cuidarme tanto.
Me levanté del suelo y me senté en el borde de su cama, tomando su mano entre las mías.
—Tu cuerpo no es una jaula —le corregí despacio—. Es lo que te ha mantenido viva y fuerte todo este tiempo, a pesar de todo. Y todo lo que quieras hacer, lo haremos juntos. Un paso a la vez, ¿de acuerdo?
Ella levantó la vista y sus ojos brillaron, y asintió con una sonrisa más tranquila.
Los días siguientes fueron perfectos. Nos avisaron que el clima se mantendría estable hasta el sábado temprano, así que pudimos aprovechar cada momento: pasamos horas en la alberca, ayudamos a preparar carne asada con sus papás, comimos hasta no poder más y nos reímos hasta que nos dolió el estómago. Cuando llegó el sábado por la mañana, cargamos todo en la camioneta y nos despedimos.
—Cuídense mucho, nos vemos mañana —dijo Abraham, dándome una palmada en el hombro.
—Tú también, mi amor —le dijo Abraham a Rosa, y le acaricio la mejilla—. Cualquier cosa que necesites, me hablas de inmediato.
—Sí, papá —respondió ella, y luego me miró a mí con una expresión que no supe descifrar al principio.
Llevábamos apenas unos kilómetros recorridos cuando ella cerró los ojos y apretó mis manos con fuerza. Frené suavemente a un lado de la carretera, me giré hacia ella y sentí un nudo en el estómago al verla así.
—Rosa… ¿qué pasa? ¿Te sientes mal? Dime, por favor —le pedí con voz temblorosa, listo para arrancar de regreso a casa si era necesario.
Ella no abrió los ojos, pero sus palabras fueron claras y firmes, aunque se notaba que le costaba mucho decirlas:
—Quiero tener sexo contigo.
Me quedé sin aire, como si el corazón se me hubiera detenido un segundo. No me moví, solo la miré, esperando que dijera que era una broma, pero ella siguió hablando, todavía con los ojos cerrados y muy seria:
—Quiero experimentar esto antes de que te vayas de nuevo a Alemania. No es algo que pensé que diría pero…quiero que sea contigo.
—¿De verdad es lo que quieres? —le pregunté, necesitando estar seguro al cien por ciento.
Ella abrió los ojos entonces, y vi cómo se le llenaron de lágrimas de la vergüenza.
—Si no quieres, no pasa nada —dijo rápido—. Solo… quería decírtelo.
Solté una risa suave, llena de ternura, y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos.
—Oye, no te pongas así —le dije mirándola a los ojos—. Si eso es lo que tú quieres, lo haremos. Claro que sí. Solo… tu papá me va a matar si se entera —bromeé un poco, y luego me puse serio—. Escúchame bien: esto es lo que haremos. Iremos al lugar donde íbamos a ir, tomaremos muchas fotos reales, y buscaremos algunas imágenes de las auroras boreales en internet para que parezca que estuvimos ahí. Así nadie sospechará nada. ¿Te parece bien?
Ella asintió despacio, y vi cómo se relajaba un poco.
Hicimos exactamente lo que habíamos dicho: tomamos cerca de cien fotos en el mirador, y guardamos las imágenes que encontramos en la red para completar el recorrido. Para las diez de la noche ya estábamos en la habitación del alojamiento, tranquila y con luz tenue. Me senté en el borde de la cama y la miré fijamente.
—Rosa… por última vez —le dije con voz suave—, ¿de verdad lo quieres hacer? No tienes por qué decir que sí si te asusta.
Ella se puso de pie frente a mí, y su mirada era clara y decidida.
—Sí —dijo—. Lo quiero.
Se quitó con mucho cuidado la sonda de oxígeno y la dejó en la mesa de noche, asegurándose de tener el tanque cerca por si lo necesitaba. Yo me quité la camisa, y me acerqué a ella despacio, levantándola con suavidad para que se recostara en el centro de la cama. La besé muy lento, saboreando cada instante, y ella siguió mi ritmo, separando los labios, deteniéndose de vez en cuando para tomar aire sin prisas.
—¿Así está bien? —le pregunté en un susurro, besando su cuello.
—Sí… perfecto —respondió ella, con la voz entrecortada.
Me quedé solo con el pantalón puesto, y le ayudé a quitarse el suéter y luego los pantalones, dejándola en ropa interior. La besé recorriendo todo su torso, deteniéndome en sus costados, subiendo despacio hasta llegar a sus pechos: besé uno, luego el otro, rodeándolos con la lengua muy suavemente, escuchando cómo sus suspiros se hacían más profundos.
—Adrián… —murmuró ella, y me miró con los ojos brillantes.
Bajé despacio hasta su zona íntima, y la besé con calma, succionando muy suavemente, queriendo que sintiera cada caricia sin prisa, sin nada que nos apresurara. Escuché cómo gemía bajito, cómo se aferraba a las sábanas, y solo seguí, cuidando cada movimiento para que no sintiera dolor. Cuando estuve seguro de que estaba lista, subí de nuevo hasta su cara y le sonreí.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Mucho —respondió ella, sonrojada hasta las orejas.
Mis dedos tocaron suavemente su interior, y noté que ya estaba lo suficientemente húmeda, lista para mí. Me quité el pantalón y el bóxer, tomé el condón con cuidado y me lo puse, y luego me coloqué entre sus piernas. La miré a los ojos una vez más antes de empezar.
—lo voy a ir metiendo muy despacio —le advertí—. Si te duele, dímelo y me detengo al instante, ¿entendido?
—Entendido —dijo ella, y me acarició la mejilla—. Sigue.
Entré poco a poco, muy lento, deteniéndome cada vez que ella hacía algún gesto, preguntándole en voz baja si estaba bien. Hasta que sentí una pequeña resistencia y luego la rotura suave de su membrana, y vi cómo cerraba los ojos apretando los dientes.
—¿Te duele? —pregunté asustado, deteniéndome de inmediato.
—No… ya pasó —dijo ella abriendo los ojos y sonriendo—. Sigue, por favor.
Empecé a moverme muy suavemente, arriba y abajo, despacio, hasta que vi que se acostumbraba, y entonces fui un poco más profundo, siempre cuidando de no hacerle daño. Nos movimos juntos, entre suspiros y besos, hasta que terminamos cerca de la una de la madrugada. Me recosté a su lado, y ella se acercó a mí, apoyando la cabeza en mi pecho y volviéndose a poner la sonda de oxígeno con calma.
Se quedó muy callada, y yo le acaricié el pelo.
—Oye… tú no eres de quedarte callada tanto tiempo —le dije con suavidad—. ¿Qué tienes? ¿Te sientes mal?
Ella levantó la vista y me miró con una sonrisa preciosa, llena de luz.
—Nada —dijo bajito—. Solo… estoy muy feliz.
La abracé fuerte, y nos quedamos así, hasta que el sueño nos venció a los dos.