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La Esposa Que Despertó al Heredero

La Esposa Que Despertó al Heredero

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Venganza de la protagonista / Casada con el millonario / Enfermizo
Popularitas:27.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.

Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.

Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.

Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

 

Héctor sonrió apenas.

 

-¿Hay algún hombre?

 

-¿Quieres revisar?

 

Ximena estaba furiosa.

 

-Entonces reviso.

 

-Tú...

 

Ximena lo vio entrar y, en silencio, le dijo todas las groserías que se le ocurrieron.

 

Era la primera vez que Héctor visitaba esa casa.

 

Aunque era una propiedad antigua, la distribución y el diseño seguían siendo agradables. Sobre todo, los muebles, que tenían ese peso bonito de otra época.

 

Héctor se sentó con naturalidad en el sofá y miró alrededor.

 

La lámpara de estilo mediterráneo, el sofá de piel verde, la vitrina de vinos con aire europeo, la alfombra persa que se veía bien conservada.

 

Todo hablaba de alguien con gusto, alguien que había amado vivir.

 

-¿También quieres revisar arriba? -preguntó Ximena desde la escalera, levantando la mirada con intención.

 

Héctor no se movió.

 

-Luego.

 

-¿Los Alcázar le tienen tanto miedo a que yo engañe a su hijo?

 

Ximena se sentó frente a él, todavía molesta.

 

-Si tanto miedo les daba, ¿para qué buscaron esposa?

 

-Tomaste alcohol.

 

El olfato de Héctor era fino. Aunque Ximena estuviera del otro lado de la sala, podía notar el alcohol en su respiración.

 

-Nariz de perro.

 

-Si tomaste, date un baño caliente antes de dormir. Si no, mañana te va a doler la cabeza.

 

Lo dijo tranquilo, pero entre las palabras había una preocupación suave.

 

Ximena no quiso saborearla.

 

-Claro que me voy a bañar antes de dormir. No necesito que me lo digas.

 

-Parece que no quieres que venga.

 

Él entrecerró los ojos.

 

Ximena tampoco podía decir que no lo quisiera ahí.

 

Solo le molestaba pensar que había venido a revisar si tenía un hombre en casa.

 

-Un poco.

 

-¿Por qué?

 

-Te dije que quería vivir aquí unos días para estar tranquila. Si sospechabas que iba a meter a alguien, no debiste aceptarlo.

 

Ximena se levantó y subió.

 

No entendía por qué, si no odiaba a Héctor, verlo le hacía sentir presión.

 

Tal vez era la desconfianza.

 

O tal vez ella tampoco sabía.

 

Cuando salió de bañarse, encontró a Héctor acostado en la cama.

 

Se quedó sorprendida.

 

-Tú... ¿vas a dormir aquí?

 

Él no levantó la vista del libro que tenía en las manos.

 

-Sí.

 

¿Sí?

 

Bueno.

 

Si quería dormir ahí, que durmiera.

 

Después de limpiar todo el día y tomar un poco por la noche, Ximena estaba cansada.

 

Apenas se metió a la cama y se acostó, Héctor se inclinó sobre ella.

 

Ximena apoyó las manos en su pecho para detenerlo, pero él se las tomó y las llevó sobre su cabeza.

 

-Héctor, ¿viniste a mi casa solo para desahogarte?

 

-Entre esposos no se usa esa palabra.

 

Había una sonrisa apenas visible en sus labios.

 

-Tú...

 

Ximena giró la cara, sin querer mirarlo.

 

Pero Héctor la besaba una y otra vez, y ella empezó a no aguantar.

 

-Héctor, ¿te gusto?

 

Él se detuvo.

 

-Sí.

 

-¿Y Valeria? ¿Todavía la amas?

 

Ximena sabía que no debía hacer esa pregunta en ese momento.

 

Pero quería hacerla.

 

También sabía que quizá Héctor se molestaría.

 

Que se molestara.

 

No le importaba.

 

Héctor respiró hondo y le acarició el cabello.

 

-¿Te importa?

 

-Algo... sí.

 

-¿Y yo te gusto a ti?

 

La pregunta fue seria.

 

En esos ojos oscuros había una expectativa que no se podía nombrar.

 

La cara de Ximena se encendió de golpe. El rojo le llegó hasta las orejas.

 

Quiso esconderlo, pero no pudo.

 

-Tú ya sabes.

 

-Entonces vivamos bien juntos.

 

-Eso de vivir bien juntos, ¿significa que solo tú puedes dejarme y yo no puedo hacer nada?

 

La tristeza se le coló en la voz.

 

Héctor entendió cuál era el nudo.

 

Se levantó de la cama, tomó de su saco el documento que Ximena había firmado y se lo puso en la palma.

 

Ella se quedó desconcertada.

 

-¿Qué es esto?

 

-Ábrelo.

 

Ximena abrió el papel.

 

Al ver esas pocas líneas que casi la condenaban de por vida, lo cerró de inmediato. La cara se le puso blanca.

 

-¿Me lo enseñas para recordarme?

 

-No.

 

Héctor le tomó la barbilla con suavidad para que lo mirara.

 

-Te lo doy. Yo no voy a atarte. Eres una persona libre. Nadie puede encerrarte en la familia Alcázar. Quiero que te quedes porque quieres, no porque te obligan.

 

Ximena se quedó aturdida.

 

-Entonces, si lo rompo ahora, puedo irme cuando quiera. ¿Eso dices?

 

Él asintió.

 

-Eso digo.

 

Ximena no preguntó más.

 

Rompió en pedazos aquel documento lleno de humillación.

 

Qué alivio.

 

Héctor la miró romperlo. Al ver su alegría abierta, también se le escapó una satisfacción rara.

 

-Entonces, ¿te vas ahora?

 

Ximena volvió en sí y lo miró.

 

-¿Tú quieres que me vaya?

 

-No.

 

Ximena sonrió.

 

Le rodeó el cuello con los brazos y escondió la cara en su hombro.

 

-Héctor, gracias. Gracias por devolverme mi libertad. Ahora siento que, si me quedo, es por ti, no por ese papel.

 

Él lo sabía.

 

La abrazó fuerte.

 

-Está bien.

 

A la mañana siguiente, frente a la universidad, un Maybach oscuro se detuvo despacio.

 

Ximena abrió la puerta y bajó.

 

Le hizo una seña a Héctor para despedirse.

 

Él la llamó con un gesto suave.

 

-Ven.

 

Ximena no entendió. Metió la cabeza por la ventanilla.

 

Héctor le sostuvo la nuca y la besó profundo.

 

-En la tarde vengo por ti.

 

Ximena, con la cara encendida, asintió.

 

-Sí.

 

El coche se alejó de la entrada.

 

Renata apareció detrás de Ximena y le dio un golpe ligero en el hombro.

 

-Ay, ya se fue y sigues mirando.

 

Ximena se puso incómoda.

 

-Qué pesada.

 

-Hasta cuando dices "pesada" se te oye enamorada, Ximena. Ya caíste completita.

 

Renata caminaba hacia atrás, burlándose.

 

Ximena no lo negó.

 

-Sí. Caí. Pero estoy contenta. Muy contenta.

 

-¿Te dijo que te ama?

 

Renata puso cara de chisme.

 

Ximena sonrió con dulzura y asintió.

 

-Más o menos.

 

-¿Entonces van a quererse toda la vida?

 

-Supongo.

 

Renata sentía pena por su hermano, pero también estaba feliz por Ximena.

 

-Mira nada más. Un matrimonio arreglado y terminó saliendo bien. Ay, yo también quiero casarme con un hombre inconsciente.

 

-Renata, tú sí andas pidiendo golpes.

 

Las dos muchachas entraron al campus entre risas y empujones.

 

Mientras caminaban por el sendero arbolado, la aparición repentina de Mariana Salcedo hizo que Ximena se quedara sorprendida.

 

Ximena no alcanzó a hablar.

 

Mariana lo hizo primero.

 

-Papá está enfermo. Quiere verte.

 

Ernesto siempre había sido fuerte. Iba al gimnasio cada tantos días.

 

¿Cómo podía enfermarse de pronto?

 

-¿Qué tiene?

 

-Algo grave, claro. Si no, ¿para qué querría verte?

 

Mariana hablaba con desprecio.

 

-No voy.

 

Ximena odiaba esa forma altanera de Mariana.

 

Hija de una amante, y aun así parada frente a ella como si tuviera corona.

 

Mariana se enfureció al verla rechazar así.

 

-Oye, ¿eres humana o qué? ¿Qué clase de hija eres? Es tu papá.

 

Ximena, que ya había dado unos pasos, se giró y la miró de arriba abajo.

 

-¿Me estás dando lecciones? Mariana, eres hija de una mujer que se metió en una familia. ¿De verdad crees que tienes tanta categoría? ¿Con qué derecho me señalas?

 

Lo que Mariana más odiaba en la vida era que le recordaran eso.

 

Era una etiqueta de vergüenza pegada al cuerpo.

 

-Ximena, tú... ¿Cómo que soy eso? Mi mamá es la señora Salcedo legítima. Yo soy la hija mayor de la familia Salcedo. Tú, ranchera, ¿qué derecho tienes a hablarme así?

 

Mariana estaba roja de rabia. Le temblaban las manos.

 

Ximena soltó una risa fría.

 

-¿Señora Salcedo? ¿No sabes que Ernesto entró a la familia de mi mamá porque ella lo levantó?

 

Mariana gritó, fuera de sí.

 

Renata se tapó los oídos con fastidio.

 

-Con esa actitud, ¿vienes a dar un aviso? Si Ernesto quiere verla, que le marque él.

 

-Seguro quería presumir tantito frente a mí -dijo Ximena-. Mostrar su postura de gran señorita Salcedo.

 

-¿De verdad no vas a ver a tu papá? -preguntó Renata, preocupada-. Tal vez sí está enfermo. La gente mayor se puede poner grave por cualquier cosa. Acuérdate de mi papá.

 

-¿Quién sabe si lo que dice Mariana es verdad? ¿Y si es una trampa?

 

Ximena negó con la cabeza.

 

-También es cierto. Tu papá ya te engañó más de una vez. La última vez te llevó a casa para casarte con los Alcázar. Esta vez quizá quiere sacarte algo. No está mal cuidarse.

 

Ximena pensaba lo mismo.

 

No iba a buscarlo, pero tampoco cerraría la puerta si el asunto avanzaba.

 

Al final, desde el momento en que Ernesto la mandó lejos de niña, el cariño de padre e hija ya se había roto.

 

A la salida de clases, Ximena esperó obediente frente a la universidad.

 

El coche de Héctor apareció despacio.

 

La curva de sus labios subió sin que pudiera evitarlo.

 

Héctor bajó personalmente, abrió la puerta del copiloto y le abrochó el cinturón antes de volver al volante.

 

-Últimamente manejas tú mismo. ¿El chofer está de vacaciones? -preguntó Ximena.

 

Héctor sonrió.

 

-No. Te voy a llevar a comer algo rico.

 

El pecho de Ximena se calentó.

 

-Está bien.

 

El coche dio varias vueltas hasta llegar a un restaurante de comida ligera.

 

No era completamente vegetariano; también tenía mariscos frescos, cortes limpios y algunos platillos fríos. Pero todos los ingredientes eran de primera.

 

Ximena no esperaba que recordara sus gustos.

 

Eso la conmovió.

 

Héctor pidió una mesa llena de cosas que a ella le gustaban.

 

Para cuidar la nutrición, también pidió salmón y langosta.

 

Ximena comió feliz, con gusto verdadero.

 

Él tomó una servilleta y le limpió la comisura de los labios.

 

-Despacio.

 

Ella levantó la mirada y le regaló una sonrisa dulce.

 

-La comida está buenísima. De verdad, buenísima.

 

-Si te gusta, venimos otra vez.

 

Ximena quedó satisfecha.

 

-Qué felicidad.

 

Después de comer, volvieron a la vieja casa de Elena.

 

A Ximena le preocupó que Lourdes se molestara si Héctor no dormía en la residencia, así que intentó convencerlo.

 

-¿No deberías volver a tu casa? Mamá se va a preocupar.

 

-No tiene tanto tiempo libre.

 

Él se quitó el abrigo y lo colgó. Luego tomó el de Ximena y lo puso junto al suyo.

 

-¿Entonces vas a quedarte conmigo aquí hasta que yo vuelva a la residencia?

 

En principio, sí.

 

Pero Héctor tenía un viaje de trabajo en unos días, así que tal vez no podría quedarse mucho.

 

-Pasado mañana tengo trabajo fuera. Voy a Monterrey.

 

-¿Vas a viajar a Monterrey?

 

Ximena no supo por qué, pero sintió una punzada de no querer separarse.

 

Héctor le rodeó los hombros y subieron hacia el cuarto.

 

-¿Me vas a extrañar?

 

Ximena no vio razón para esconderlo.

 

Ahora que estaban tan bien, extrañarse no tenía nada vergonzoso.

 

-Un poco. ¿Cuántos días vas?

 

-Si sale rápido, tres o cinco. Si se complica, una semana.

 

-Ah.

 

-¿Vas solo?

 

-Bruno viene conmigo.

 

-Ah.

 

Apenas entraron al cuarto, Héctor la empujó suavemente contra la puerta y la besó.

 

Su beso era urgente, dominante. Mordía apenas mientras besaba, dejando marcas una tras otra.

 

La cargó y la dejó sobre la cama.

 

Desde arriba la miró de cerca, como si quisiera meterse en sus ojos.

 

Ella se veía delicada, bonita sin esfuerzo. El cabello largo se extendía sobre la almohada.

 

Ximena veía el deseo en los ojos de Héctor.

 

Y Héctor también veía el deseo en los de ella.

 

Todo ocurrió sin que hiciera falta decir más.

 

Durante varios días, Ximena vivió mareada de felicidad.

 

Los asuntos de la universidad casi estaban listos.

 

Ya podía solicitar sus prácticas y entrar a trabajar al Grupo Alcázar.

 

Héctor estaba despierto, y la relación entre ellos avanzaba muy rápido.

 

Si además trabajaban en la misma empresa...

 

Solo pensarlo la hacía sonreír.

 

Pero no se lo dijo a Héctor.

 

Quería volver primero a la residencia Alcázar y hablar con Lourdes sobre sus planes.

 

Eligió una tarde tranquila, pidió permiso en la universidad y regresó a la casa de Elena para ordenar sus cosas. En unos días pensaba mudarse de vuelta.

 

Din don.

 

El timbre sonó.

 

Ximena dejó lo que tenía en las manos y fue a abrir.

 

Creyó que era Renata.

 

Pero en la puerta estaba Santiago.

 

-Santiago, ¿qué haces aquí?

 

-Renata me dijo que te mudaste aquí. Vine a verte.

 

Santiago traía varias bolsas con carne, consomé, tortillas, cebolla y cilantro.

 

-Me acuerdo de que te encanta la birria. Te traje todo para hacerla.

 

Le puso las bolsas en las manos. Ximena tuvo que recibirlas.

 

-Gracias, Santiago.

 

-Conmigo no seas tan formal.

 

Santiago vio ropa en el piso, lista para ordenarse.

 

-¿Estás empacando?

 

-Sí. Pensaba volver en unos días, así que estoy organizando.

 

-¿Volver? ¿A la casa Alcázar?

 

Las cejas de Santiago se juntaron.

 

-¿Por qué tanta prisa?

 

Ximena bajó la mirada y sonrió apenas.

 

-Llevo más de diez días fuera. Si sigo aquí, la gente va a hablar.

 

-¿Pero ya pensaste bien algunas cosas? ¿Estás dispuesta a renunciar a tu libertad? ¿A quedarte en esa casa enorme, sin amor y sin familia, toda la vida?

 

Ximena no quería discutir eso.

 

-¿Hoy no trabajas? ¿Cómo tienes tiempo de venir?

 

-Mi horario es flexible. Renata dijo que estás por hacer prácticas. Vine a convencerte.

 

-¿Convencerme de qué?

 

-Creo que no tienes por qué apresurarte con las prácticas.

 

-¿La razón?

 

Santiago no pudo dar una razón clara.

 

Al final cedió.

 

-Si tienes que hacer prácticas, ven a nuestra empresa. Yo puedo acomodarte un puesto.

 

-Santiago, le prometí a mi suegra que iría al Grupo Alcázar. Ya teníamos ese acuerdo, así que...

 

Ximena entendía lo que él quería.

 

Pero Santiago no aceptaba ese acuerdo.

 

-¿Ella dice algo y tú obedeces? Ximena, ¿cuándo dejaste de tener voluntad? Te estás destruyendo.

 

-No. Santiago, no siento que me estén obligando. Estás leyendo demasiado.

 

Ximena se agachó para seguir doblando ropa.

 

Santiago se quedó de pie un momento. Luego intentó hablar con paciencia.

 

-Solo creo que deberías tener tus propias ideas. Quiero que estés bien.

 

-Estoy bien.

 

Su voz fue tranquila.

 

-Perdón. No vine a hacerte enojar.

 

Ximena cerró la maleta y se levantó.

 

-No estoy enojada. Santiago, no vivo tan mal como imaginas. Héctor y yo... estamos bien.

 

-Él es conocido como un diablo de traje. Por fuera se ve educado, impecable, elegante. Por dentro es un hombre que puede devorarte sin dejar huesos. Tú no lo conoces.

 

A Ximena no le gustó cómo habló de Héctor.

 

-Por lo menos no me ha devorado a mí.

 

-Eso es cuestión de tiempo. No puede ser fiel para siempre. Antes él y Valeria se amaban con locura, ¿y no la dejó igual? Por más buena y bonita que seas, ¿vas a competir con una actriz famosa, llena de encanto? Despierta.

 

Ximena no quiso oír eso. La cara se le enfrió, pero no respondió.

 

Llevó la maleta a la puerta y siguió recogiendo algunas cosas sueltas.

 

Al verla callada, Santiago se agachó frente a ella.

 

-Ximena, si yo te hubiera confesado lo que sentía antes de que te casaras con Héctor, ¿te habrías casado con él?

 

La mano de Ximena se detuvo.

 

Después de unos segundos, respondió:

 

-No lo sé.

 

-¿Todavía tengo oportunidad?

 

La miró con una esperanza dolorosa.

 

Ximena no quería darle una ilusión falsa.

 

-No.

 

-¿Y si Héctor muere?

 

Los dedos de Ximena temblaron.

 

La palabra morir era demasiado sensible para ella.

 

No sabía por qué Héctor había sufrido aquel accidente ni cómo terminó inconsciente.

 

Pero no quería que por ella su vida volviera a estar en peligro.

 

-Santiago, ¿qué estás pensando hacer?

 

La mirada de Ximena se volvió fría, llena de alerta y enojo.

 

Santiago no esperaba una reacción tan fuerte. Forzó una sonrisa.

 

-Era broma. Te lo tomaste en serio.

 

-Santiago, te advierto algo. No bromees con eso. Héctor no es tonto ni se va a quedar esperando a que alguien lo mate. Y matar a alguien se paga con la vida.

 

-Ya te dije que era broma. No te enojes.

 

Ximena soltó un sonido frío.

 

-Ya. Si no tienes nada más, vete.

 

-¿Quieres que te lleve a la residencia Alcázar? Son muchas cosas. Va a ser incómodo.

 

-Tomás vendrá por mí.

 

Santiago apretó los labios.

 

-Está bien. Me voy.

 

Al salir, su rostro se apagó.

 

En los ojos le apareció una sombra fría y dura.

 

Sacó el celular y llamó a Valeria.

 

-Lo que dijiste, ¿sigue en pie?

 

Del otro lado hubo unos segundos de silencio. Luego Valeria rió.

 

-¿Ya lo pensaste bien?

 

-Pon fecha.

 

-Claro.

 

Después de despedir a Santiago, Ximena se quedó sola en el sofá, repasando una y otra vez sus palabras.

 

La preocupación no la dejó tranquila.

 

Al final llamó a Héctor, que estaba de viaje en Monterrey.

 

Cuando el teléfono vibró, Héctor estaba en una junta.

 

La exposición de un responsable quedó interrumpida por el sonido del celular sobre la mesa.

 

Héctor bajó la mirada, se puso el audífono y le indicó al hombre que siguiera hablando.

 

Él contestó.

 

-¿Sí?

 

-Héctor, ¿puedes hablar?

 

Ximena tenía miedo de interrumpir.

 

-Sí.

 

-¿Cómo está la seguridad allá? Solo llevaste a Bruno, ¿verdad? ¿Es suficiente? ¿Quieres que tu tío mande más gente?

 

La ansiedad en la voz de Ximena hizo que Héctor se quedara quieto un instante.

 

-¿Pasó algo?

 

-No... no exactamente. Solo siento que... no estás seguro. ¿Estás seguro allá?

 

-Estoy seguro. No te preocupes por mí.

 

El pecho de Héctor se calentó.

 

-Qué bueno. Cuídate mucho y vuelve pronto.

 

Una sonrisa rara apareció en los labios de Héctor.

 

-Sí. Y tú pórtate bien en casa.

 

Cuando colgó, la sonrisa todavía seguía ahí.

 

Los responsables que estaban reportando no se atrevieron ni a respirar fuerte.

 

Que Héctor contestara el teléfono en una junta ya era algo casi imposible.

 

Que hablara con esa suavidad era todavía más extraño.

 

¿Dónde estaba el Héctor Alcázar frío, el que hacía temblar a medio mundo empresarial?

 

Héctor levantó un dedo.

 

La junta continuó.

 

Después de esa llamada, el corazón de Ximena por fin volvió a su lugar.

 

A la mañana siguiente, el coche de Tomás la recogió para llevarla de vuelta a la residencia Alcázar.

 

Lourdes la recibió igual que cuando se había ido: preguntándole si estaba bien, si se sentía cansada, si le dolía algo.

 

Ximena sospechó que Héctor no le había dicho que no estaba embarazada.

 

Tampoco encontró la forma de explicarlo a la fuerza.

 

-Tomás, lleva la maleta de Ximena a su habitación. Ella no debe cargar cosas pesadas.

 

Lourdes siguió dando órdenes.

 

-Y el caldo nutritivo que te pedí, ¿ya está listo? Cuando esté, se lo subes al cuarto.

 

Lourdes tomó las manos de Ximena.

 

-Antes de irse de viaje, Héctor me pidió varias veces que te cuidara bien y que no te hiciera enojar. Por eso mandé a Camila de vuelta con tu tío.

 

-Mamá, estoy bien.

 

-Ahora eres lo más valioso de esta casa. Hay que tener cuidado con todo.

 

Lourdes la llevó de la mano hacia las escaleras.

 

-Seguro estás cansada. Descansa primero.

 

-Mamá, en realidad quiero hablar con usted de algo.

 

Lourdes se sorprendió.

 

-¿Qué cosa?

 

-Antes usted quería que fuera a trabajar al Grupo Alcázar. Ya tramité mis prácticas. Puedo empezar.

 

Después de que Héctor despertó, Lourdes había dejado ese asunto en pausa.

 

Al principio quería que Ximena entrara a la empresa con un objetivo.

 

Ahora todo era distinto.

 

-Ximena, ahora que estás embarazada, mejor descansa en casa. Lo de la empresa puede esperar.

 

Ximena había tramitado las prácticas justo para ir al Grupo Alcázar.

 

¿Descansar en casa?

 

Pero si ni siquiera estaba embarazada.

 

-Mamá, me aburro mucho en casa. No se preocupe, me voy a cuidar. Además, Héctor está en la empresa. Él también cuidará de mí.

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Emily Morillo ♥️
si se pasa ximena tiene que ser más humana🤭
Bienaventurada
Es enserio? 😒esa Ximena es fea 😏
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂ese Héctor 😂😂😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂
Bienaventurada
Cómo no se va😏a dar cuenta que tuvo relaciones?😒no va sentir la fricción 🤷
y tampoco que tuvo un aborto?
Bienaventurada
jajaja 😂
Bienaventurada
jajaja 😂Esa Ximena, y a quien no le gusta el dinero 😂😂😂
Bienaventurada
jajajaja 😂
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂😂 esa Ximena es avara
Bienaventurada
jajaja 😂😂😂 Héctor está mintiendo?🙄
Adriana De Fátima Lopera Gómez
quiero seguir.deseo ver q pasa con Hector
Adriana De Fátima Lopera Gómez
es muy entretenida
Adriana De Fátima Lopera Gómez
me gusta
Felicia Garcete nuñez
no puede ser que no haga más capítulo!!!!!
Marisol grez castro
es una mujer terca, porfiada ...😧
Llessica Ospina
donde encuentro la otra parte para terminar la novela ?
Felicia Garcete nuñez: quiero leer los capítulos siguientes
total 1 replies
Llessica Ospina
super
Marisol grez castro
ahora comienza a esclarecer todo... quien mató a Elena?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂
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