Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 1
Capítulo 1. La cicatriz
La cicatriz me partió la primera nota antes de que el piano pudiera sonar.
Apoyé la mano izquierda sobre las teclas blancas del Steinway y el dedo anular se me dobló apenas, como si el cuerpo recordara antes que yo. No dolía como antes. Ya no ardía, ya no tiraba de la piel hasta hacerme sudar. Era peor: se quedaba ahí, atravesándome la muñeca con su línea pálida, recordándome que había cosas que sanaban por fuera solo para seguir pudriéndose por dentro.
Retiré la mano.
El penthouse estaba tan silencioso que pude escuchar el roce de mi pulsera contra la tapa del piano. Una pulsera de protección con cuentas oscuras, ruda seca en una bolsita mínima y un dije de metal barato que Valentina me había comprado en un tianguis porque, según ella, "a ti no te hace falta terapia, te hace falta una limpia y dos cachetadas de realidad".
La extrañé con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos.
El ventanal ocupaba casi toda la pared de la sala. Desde ahí, la Ciudad de México parecía una maqueta cara: las luces de Polanco encendidas una por una, los árboles de la avenida recortados contra el vidrio, los autos avanzando abajo como si todos supieran a dónde iban. Yo también sabía a dónde podía ir dentro de ese departamento: de la sala al comedor, del comedor al pasillo, del pasillo a mi cuarto, de mi cuarto al baño. Setenta y dos pasos si caminaba despacio. Sesenta y ocho si fingía prisa.
Tres años alcanzaban para medir una cárcel sin cinta métrica.
El departamento no tenía barrotes. Tenía mármol color crema, lámparas italianas, una cocina donde casi nadie cocinaba y un elevador privado que no bajaba si Don Rafael no recibía autorización. Tenía flores frescas los lunes, sábanas de algodón egipcio y una vista por la que otras mujeres habrían vendido media vida.
Yo había vendido la mía sin saberlo.
Me levanté del banco del piano antes de que la rabia me hiciera intentar otra vez. La última vez había insistido durante veinte minutos, hasta que la muñeca se me puso rígida y terminé encerrada en el baño, vomitando puro aire. Rosario encontró el banco corrido, las partituras en el suelo y una gota de sangre sobre una tecla. No preguntó nada. En esta casa todos habían aprendido a no preguntar.
Caminé hasta el ventanal y apoyé la frente contra el vidrio frío.
Abajo, una pareja salió de un restaurante. Él le acomodó el abrigo a ella antes de abrirle la puerta del coche. Una escena tonta. Una escena común. Me quedé mirándolos como si fueran de otro planeta.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
No corrí. Había aprendido que correr dentro de una jaula solo servía para humillarse más rápido. Me acerqué despacio y vi el nombre de Valentina en la pantalla.
Tragué saliva antes de contestar.
—¿Sí?
—Dime que sigues viva, Nieves, porque si no me contestas otro mensaje voy a ir a Polanco con una cacerola y voy a hacer escándalo en la caseta —soltó Valentina sin saludar.
Una risa pequeña se me escapó por la nariz. Me dolió lo mucho que sonó a una persona normal.
—No puedes pasar la caseta.
—¿Quién dijo que quiero pasar? Yo quiero que todos los vecinos ricos se enteren de que tienen secuestrada a mi mejor amiga entre jacintos y pisos encerados.
Miré hacia el pasillo que llevaba a mi habitación. La puerta estaba entornada. Desde ahí alcanzaba a verse el jarrón de jacintos morados que Rosario había cambiado esa mañana. Nadie me preguntaba si me gustaban. Solo aparecían. Frescos, perfectos, tercos.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque es mentira o porque alguien puede estar escuchando?
Guardé silencio.
Al otro lado, Valentina dejó de jugar.
—Nieves.
—Estoy bien.
—Odio cuando dices eso.
—Entonces no preguntes.
—No me hagas ir.
Me apreté la pulsera con los dedos. Las cuentas se marcaron contra la cicatriz.
—Tengo que colgar.
—¿Él está ahí?
La pregunta quedó suspendida entre nosotras. "Él" no necesitaba nombre. En mi vida había pocas cosas tan grandes como para borrar todos los sustantivos alrededor.
—No.
—Entonces habla conmigo cinco minutos.
Miré la puerta principal. Cerrada. Limpia. Imposible.
—Hoy no.
—Neta, un día de estos voy a arrancarte de ahí aunque tenga que pedirle una grúa a mi papá el magnate.
—Vale...
—No me digas mi apodo como secretaria de funeral. Dime "gracias, Vale, eres una diosa y sin ti mi vida sería una telenovela mal escrita".
Esta vez sí sonreí.
—Gracias, Vale.
—Qué floja eres para adorarme.
Quise decirle que la adoraba más de lo que podía decirse por teléfono. Que había noches en que repetía sus bromas en voz baja para no olvidar cómo sonaba alguien que me quería sin pedirme nada a cambio. Que si un día lograba salir de ahí, lo primero que haría sería comer tacos con ella en la cafetería de La Nacional hasta que me doliera el estómago.
No dije nada de eso.
Porque en el pasillo sonó el timbre interior.
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera ordenar nada. Enderecé la espalda, solté la pulsera y bajé la voz.
—Tengo que colgar.
—Nieves, espera...
Corté.
La pantalla se apagó y mi reflejo apareció sobre el vidrio negro: veintiún años, el cabello recogido con descuido, un suéter gris demasiado grande y la piel tan pálida que mi nombre parecía una broma cruel. Nieves. Nieve sobre una ciudad donde casi nunca nevaba.
El timbre sonó otra vez.
Fui hacia el panel junto a la puerta. La cámara mostraba a Rosario en el recibidor exterior, sosteniendo una charola cubierta con una servilleta blanca.
—Señorita Solano —dijo su voz por el interfono—, le subí té de manzanilla. No ha cenado.
Miré el reloj de pared. Casi las nueve.
—No tengo hambre.
Rosario no cambió la expresión. Era una mujer de manos pequeñas y ojos cansados, de esas que saben más de una casa que sus propios dueños. A veces me traía fruta picada. A veces fingía olvidar una revista sobre mi cama. Nunca me tocaba sin permiso.
—El Señor preguntó si había comido.
Ahí estaba. La cuerda invisible.
—Dígale que sí.
—Señorita...
—Rosario, por favor.
La mujer bajó la mirada hacia la charola. Durante un segundo pensé que iba a insistir, pero solo asintió.
—Le dejo el té aquí afuera. Si se enfría, me avisa y se lo cambio.
—Gracias.
No abrí.
Esperé hasta escuchar sus pasos alejarse por el recibidor privado. Solo entonces apoyé la frente contra la puerta. La madera era gruesa, blindada, elegante. Del otro lado había una charola con té. Del otro lado había un elevador. Del otro lado había una ciudad entera que seguía viviendo aunque yo hubiera desaparecido de ella a los dieciocho.
Tres años.
Al principio contaba los días. Después conté los semestres. Luego dejé de contar porque la esperanza también podía volverse una forma de tortura.
Regresé a mi habitación.
Mi cuarto era el lugar más suave de la casa. Cortinas claras, una cama demasiado grande, libros de química ordenados en el escritorio y ropa que yo no había elegido colgada en el clóset. En una esquina, junto a la pared, estaba la maleta negra que él me había comprado la primera semana.
La había odiado desde el primer momento.
—Para tus cosas —me dijo entonces, como si yo hubiera llegado de visita.
Pero nunca pude llenarla. Cada vez que metía algo, algo dentro de mí se reía con crueldad. ¿A dónde iba a ir? ¿Con qué dinero? ¿Con qué documentos? ¿Con qué valor para enfrentar a Tío Gerardo, que me había entregado como si yo fuera el recibo incómodo de una deuda?
Me agaché frente a la maleta y pasé los dedos por el cierre. Estaba intacta, casi nueva. Una cárcel también podía tener ruedas.
No debía pensar en mi tío. No de noche. No cuando las luces de la ciudad parecían tan lejanas y mi estómago llevaba horas vacío. Pensar en él traía otras imágenes: la sala pobremente iluminada de su casa, Tía Marta evitando mis ojos, Lorena detrás de una puerta, y la voz de Adrián Montalvo pronunciando las palabras que destruyeron lo poco que me quedaba.
"Tu tío puede terminar en prisión mañana. Tú eliges."
Yo había elegido.
O eso me hizo creer.
Me puse de pie demasiado rápido y la habitación giró. Apoyé la mano en el escritorio, justo al lado del cuaderno de laboratorio abierto en una página llena de fórmulas. Ácidos, bases, reacciones, equilibrios. En química todo tenía una causa y un resultado. Si mezclabas dos sustancias, el mundo no fingía sorpresa cuando explotaban.
Las personas sí.
Sobre el buró estaba la pomada de árnica que Rosario había dejado la semana pasada, aunque no tenía golpes visibles. A un lado, una tarjeta blanca sin firma:
"Para la muñeca."
La letra no era de Rosario.
Tomé la tarjeta y la rompí en cuatro pedazos. Luego en ocho. Los trozos cayeron dentro del bote de basura como nieve sucia.
Me odié por haber leído esas tres palabras tantas veces antes de romperlas.
Volví al piano porque no soportaba seguir en el cuarto. La sala seguía igual de perfecta, igual de ajena. Me senté. Respiré. Coloqué la mano derecha sobre las teclas y toqué una escala sencilla, una de las primeras que mi madre me enseñó cuando era niña.
La mano izquierda quedó suspendida en el aire.
—Vamos —me dije en voz baja—. Solo una nota.
El dedo tocó la tecla.
El sonido salió limpio.
Por un segundo, algo se abrió dentro de mi pecho.
Luego la muñeca se contrajo y la memoria me arrastró hacia atrás: el baño blanco, el agua tibia volviéndose turbia, mi respiración chocando contra los azulejos, los ladridos desesperados al otro lado de la puerta. No el dolor. Nunca era solo el dolor. Era la vergüenza de haber querido desaparecer y no haberlo logrado.
Aparté la mano de golpe.
El silencio cayó encima de mí.
No lloré. Había llorado demasiado en esa casa. El llanto no cambiaba cerraduras, no borraba contratos, no devolvía padres muertos ni convertía a un hombre cruel en un hombre bueno. Solo hinchaba los ojos y le daba a Adrián otra razón para mirarme como si yo fuera una grieta en su vida perfectamente diseñada.
El elevador privado sonó.
No fue fuerte. Apenas un timbre discreto, caro, educado.
Mi piel se enfrió.
Durante tres años aprendí a distinguir ese sonido de todos los demás. El elevador del servicio era más lento. El de visitas nunca llegaba sin aviso. El privado tenía ese golpe suave antes de abrir, como si la casa entera contuviera la respiración.
Me levanté del banco.
La puerta del recibidor se abrió primero. Luego escuché pasos. Unos pasos firmes, medidos, demasiado conocidos para confundirse con los de Don Rafael. El aire cambió antes de que él apareciera; no por perfume, aunque siempre olía a madera oscura, a traje caro y a noche fría, sino por la forma en que mi cuerpo se preparaba para resistirlo.
No alcancé a moverme.
Adrián Montalvo entró en la sala con el saco sobre un brazo y la mirada clavada en mi mano izquierda.
Vio la cicatriz.
Vio el piano abierto.
Y, por un instante mínimo, algo parecido al dolor cruzó su rostro antes de que volviera a convertirse en piedra.
—¿Otra vez intentando tocar? —preguntó.
Yo cerré los dedos sobre la muñeca.
—Buenas noches, Señor Montalvo.
Su mandíbula se tensó.
La puerta se cerró detrás de él.
no no me husto