Valentina Serrano creció creyendo que su familia era la de los Córdova — un hogar lleno de amor, risas y abrazos. A los veintidós años descubre que fue abandonada al nacer por los Serrano, una de las familias más poderosas de Puerto Almería, que la enviaron lejos para criar a otra niña en su lugar.
Obligada a regresar a la ciudad que la rechazó, Valentina se encuentra con una madre que no la reconoce, un padre que solo ve peones, y una "hermana" que la odia con cada fibra de su ser. Lo único que le pertenece es un cuarto diminuto, húmedo y oscuro al final de un pasillo.
Pero Valentina no es una víctima. Es una genio de la tecnología, una mente brillante que no necesita el apellido de nadie para brillar. Lo que no esperaba era cruzarse con Sebastián Montero.
Sebastián es el CEO del Grupo Cenit, el hombre más poderoso — y más frío — de Puerto Almería. Nadie se atreve a mirarlo a los ojos. Nadie, excepto ella.
Lo que Valentina no sabe es que Sebastián lleva cuatro años obsesionado con ella. La vio una vez, sola, con un pastelito en la mano mientras todos celebraban a otra persona, y desde entonces no ha podido sacarla de su cabeza.
Ahora que el destino los volvió a unir, Sebastián hará lo que sea para protegerla: reservar todos los locales de la ciudad para arruinar a sus enemigos, orquestar la caída de dinastías enteras, cocinarle la cena cada noche con un delantal rosa — y pelear con su propio perro por un lugar en la cama.
Porque Sebastián Montero, el hombre que hace temblar imperios con una mirada, se convierte en un desastre celoso y adorable cuando se trata de ella.
Pero los enemigos de Valentina no se rendirán fácilmente. Entre conspiraciones familiares, traiciones mortales y secretos que podrían destruirlo todo, Valentina y Sebastián tendrán que luchar juntos — no solo por su amor, sino por sus vidas.
Una historia de amor, venganza y redención donde el CEO más temido del país descubre que la única persona capaz de derretir su corazón de hielo es la mujer que no necesita que nadie la salve.
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Capítulo 12
Capítulo 12: La prueba dañada
Sebastián no respondió.
Valentina guardó el celular sin insistir. Si el silencio era una confesión, ya tendría tiempo de cobrarla. En ese momento tenía un conjunto de datos corrupto, cuarenta y ocho horas de plazo y una sala llena de personas esperando que la "hija problemática de los Serrano" se tropezara sola.
Eligió lo urgente.
Durante la primera hora, no intentó arreglar nada. Leyó.
Escuela por escuela. Ruta por ruta. Proveedor por proveedor. Los errores evidentes saltaban como manchas: acentos distintos en el mismo nombre, costos imposibles, fechas repetidas, aulas con más equipos que alumnos. Cualquiera podía limpiar eso y sentirse brillante.
Valentina no tocó una sola celda.
El hombre de camisa a cuadros la miró de reojo.
—¿No vas a empezar?
—Ya empecé.
—Estás mirando la pantalla.
—Exacto.
Él soltó una risa corta y volvió a su equipo. Uno de sus compañeros murmuró:
—Seguro está esperando que alguien de Cenit le mande la respuesta.
Valentina sí escuchó.
No respondió.
La respuesta iba a pesar más si llegaba en forma de resultados.
A la segunda hora, abrió un documento limpio y empezó a registrar hipótesis. No escribió "datos corruptos"; escribió "patrones de manipulación". El primer patrón: proveedores duplicados con diferencias mínimas en razón social. El segundo: rutas infladas en zonas con menor supervisión. El tercero: fallas de equipo concentradas en escuelas donde el costo de mantenimiento era más alto.
La directora de operaciones pasó detrás de ella.
—¿Aún no modifica el archivo?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si limpio antes de entender, borro evidencia.
La mujer no sonrió, pero se quedó un segundo más mirando su pantalla.
—Siga.
Valentina siguió.
Abrió una hoja paralela y registró cada hallazgo con hora exacta. No bastaba con limpiar datos; tenía que poder explicar por qué cada corrección era válida. Si eliminaba un proveedor duplicado, dejaba el nombre original, la variación, el costo asociado y la ruta afectada. Si detectaba una ruta inflada, marcaba qué escuela quedaba perjudicada y quién se beneficiaba.
El profesor de ingeniería pasó una vez y se detuvo detrás de ella.
—Está documentando demasiado para una prueba rápida.
—Si el modelo no puede defender sus cambios, solo cambia una opacidad por otra.
El profesor apoyó dos dedos en el respaldo de una silla.
—Esa frase le va a costar tiempo.
—Menos que defender un resultado bonito e inútil.
Él no dijo si estaba de acuerdo. Pero tomó nota.
A mediodía, los equipos salieron a comer. Ella compró un sándwich en la cafetería del centro y lo comió frente a la computadora, tal como Emiliano le había exigido por mensaje.
Emiliano: "Foto del plato o no cuenta."
Valentina tomó una foto del sándwich mordido.
Emiliano: "Eso no es un plato, pero acepto."
La sonrisa le duró poco.
Camila entró al Centro de Innovación con dos cafés de marca cara y un vestido que no pertenecía a ese lugar. La vieron todos. Era imposible no verla; Camila sabía entrar como si cualquier puerta fuera una alfombra roja.
—Valentina —dijo con voz dulce—. Te traje café. Papá está preocupado porque no volviste a comer a la casa.
El hombre de camisa a cuadros levantó la cabeza.
Otros dos participantes hicieron lo mismo.
Valentina cerró una pestaña con datos sensibles.
—No hacía falta.
Camila dejó el vaso sobre la mesa, justo al lado de la memoria sellada del concurso.
—Ay, no seas así. Todos saben que trabajar tanto cansa. Además, siendo de la familia Serrano, no tienes que demostrar nada a nadie.
Ahí estaba.
La frase cayó con el volumen exacto para que la escuchara media sala.
Valentina tomó el café y se lo devolvió.
—Gracias, pero no acepto bebidas junto al equipo de trabajo.
Camila parpadeó.
—¿Crees que te haría algo?
—Creo que el reglamento dice nada externo sobre la mesa. Y prefiero respetarlo.
La directora de operaciones, desde la otra punta, levantó la vista.
Camila se dio cuenta y sonrió de inmediato.
—Claro. Qué estricta.
—Qué útil —respondió Valentina.
Camila se inclinó un poco.
—No olvides que sigues viviendo en nuestra casa.
—Lo recuerdo cada vez que abro la puerta de mi cuarto.
El golpe fue bajo, pero merecido.
Camila perdió color un instante. Luego levantó el café como si brindara.
—Suerte, Valen.
—Valentina.
Camila se fue con la sonrisa intacta y los ojos duros.
Cinco minutos después, el grupo de WhatsApp del evento recibió una foto. Camila había tomado el ángulo perfecto: Valentina sentada sola, la memoria del concurso sobre la mesa, un café caro al lado y el logo del Centro de Innovación detrás. El texto decía:
"Cuando tu apellido pesa más que las reglas."
El murmullo se extendió por la sala antes de que Valentina viera la imagen.
El hombre de camisa a cuadros se acercó.
—Oye... ¿eso es cierto?
Valentina abrió el grupo desde su celular, miró la foto y luego el vaso que ya no estaba allí.
—No.
—Pero ella vino a verte.
—Sí.
—Y trajo café.
—También.
—Entiende cómo se ve.
Valentina guardó el celular.
—Entiendo quién quiere que se vea así.
No se levantó a perseguir a Camila. No escribió un mensaje furioso. Abrió la carpeta de reglas, señaló la cámara del techo con la mirada y volvió al archivo.
El hombre siguió ahí.
—¿No vas a defenderte?
—Estoy trabajando.
—Te pueden descalificar.
—Entonces necesitarán revisar las cámaras.
La palabra "descalificar" viajó más rápido que la foto. Un equipo dejó de trabajar para mirar. Alguien susurró que los Serrano siempre arreglaban todo con llamadas. Otra persona respondió que precisamente por eso había que ponerle lupa a Valentina. En menos de diez minutos, la acusación ya no era un chisme de grupo; era una presión sobre los evaluadores.
La ejecutiva de Cenit recibió una llamada y salió al pasillo. El profesor cerró su computadora. La directora de operaciones revisó el reglamento con la boca apretada. Valentina vio todo sin mover las manos del teclado.
Podía explicar cada minuto desde que recibió la memoria.
También podía explicar quién había dejado un café junto a la mesa.
La frase llegó hasta la directora de operaciones, que ya caminaba hacia ella.
—Señorita Serrano —dijo—, recibimos una queja formal por posible ayuda externa.
La sala se quedó quieta.
Valentina cerró el documento de hipótesis, sin borrar nada.
—Perfecto.
La directora frunció el ceño.
—¿Perfecto?
Valentina levantó la mirada.
—Sí. Así revisamos todo de una vez: la cámara, el horario, el café y quién tomó la foto.
La directora de operaciones la observó durante dos segundos.
—Si está mintiendo, queda fuera.
—Y si no estoy mintiendo, la queja también debe quedar registrada como intento de interferencia.
El profesor cerró la carpeta con un golpe suave.
—Tiene razón. La integridad de la prueba incluye las acusaciones falsas.
La ejecutiva de Cenit regresó del pasillo con el celular en la mano. Sus ojos fueron de Valentina a la memoria sellada, luego a la cámara del techo.
—Seguridad ya está preservando el video —dijo—. Nadie toca ese equipo hasta terminar la revisión.
El hombre de camisa a cuadros retrocedió un paso, como si de pronto estar cerca de ella pudiera quemarlo.
Valentina quitó las manos del teclado y las dejó sobre la mesa, visibles.
La pantalla de seguridad se encendió al fondo de la sala.
El video empezó a retroceder.