LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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Negociadora implacable
El sol de la mañana se filtraba a través de los inmensos ventanales de la oficina de la presidencia de la Corporación Santos, pero el ambiente dentro de la habitación era cualquier cosa menos tranquilo. El minimalismo gélido que solía definir el dominio de Lucian Santos —mármol negro, acero pulido y muebles de cuero italiano— había sido invadido por una presencia caótica, colorida y ruidosa. En el centro de la estancia, sobre una alfombra de seda que costaba más que el salario anual de un ejecutivo junior, descansaba un gimnasio para bebés lleno de cascabeles y texturas de peluche.
Lucian, el hombre que una vez fue apodado "El Tiburón del Acero" por su capacidad para devorar empresas sin pestañear, se encontraba en una situación que sus rivales de Wall Street nunca creerían. Tenía las mangas de su camisa de mil dólares remangadas hasta los codos, la corbata desatada colgando como una soga olvidada, y el ceño fruncido con una intensidad que solía preceder a una fusión multimillonaria. Sin embargo, no estaba analizando un balance de pérdidas y ganancias.
En su brazo izquierdo, cargaba a Mikeila. La pequeña, vestida con un mameluco que tenía pequeñas orejas de oso, parecía estar pasando el mejor momento de su corta vida. Con su mano derecha, Lucian sostenía un teléfono inteligente contra su oreja, tratando de mantener un tono de voz autoritario que chocaba frontalmente con el balbuceo constante que emanaba de su hombro.
—Le dije claramente, señor Chang, que el margen de beneficio para la distribución en Singapur es del 15%. No estoy aquí para negociar migajas. Si su grupo no puede garantizar esa cifra, buscaré otro proveedor antes del cierre de los mercados
—la voz de Lucian era dura, gélida, profesional. Pero justo cuando esperaba la respuesta de su interlocutor, Mikeila decidió que el auricular del teléfono era el objeto más delicioso que había visto en el día.
Con un movimiento rápido, la bebé atrapó el dispositivo con sus pequeñas encías, dejando un rastro de baba sobre la pantalla táctil de última tecnología.
—¡Mikeila! ¡No, eso no es comida! —exclamó Lucian, apartando el teléfono con un gesto de pánico—. Lo siento, Chang. Como decía, el contrato se firma hoy bajo mis términos o no se firma. Tenemos una interrupción de "gestión de recursos" aquí. Adiós.
Colgó el teléfono y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones. Miró a la niña, que ahora lo observaba con sus grandes ojos café, los mismos ojos que Lucian veía cada mañana en el espejo. Ella soltó una carcajada cristalina, ajena a la tensión del mercado asiático.
—Eres una negociadora implacable, ¿lo sabías? —murmuró Lucian, sintiendo una calidez extraña que luchaba por derretir su armadura—. Me has hecho perder al menos un cuarto de punto de comisión por puro sabotaje auditivo.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió con un suave siseo. Elena Rivas entró cargando un termo de acero inoxidable y el bolso de pañales que ya se había convertido en su accesorio más fiel. Elena se detuvo un momento en el umbral, observando la escena. Su corazón martilleaba contra sus costillas, una mezcla de adoración pura y terror absoluto. Ver a Lucian, el hombre que siempre consideró un bloque de hielo, transformándose lentamente en un padre bajo la influencia de Mikeila era su mayor alegría y, al mismo tiempo, su mayor amenaza.
—Señor Santos, deme a la niña —dijo Elena, recuperando su tono de voz más plano y profesional, ese que usaba como un escudo—. Tiene la junta de accionistas en diez minutos. No puede presentarse con manchas de puré en la solapa.
Lucian la miró, y por un segundo, Elena creyó detectar un destello de vulnerabilidad en sus ojos.
—No, Rivas. Se queda conmigo. He descubierto una táctica interesante: cuando ella está en la sala, esos buitres de la junta se convierten en dóciles delfines. Nadie tiene el valor de gritarme o de cuestionar mis proyecciones financieras mientras sostengo a una criatura de siete meses.
Es el escudo humano más efectivo que he tenido en mi carrera.
Lucian comenzó a caminar por la oficina, meciendo a la niña con una naturalidad que él mismo no comprendía. Mikeila, que hacía unos minutos estaba inquieta, apoyó la cabeza en el pecho de Lucian y suspiró con satisfacción.
—Dime algo, Rivas —dijo Lucian, deteniéndose frente a ella—. ¿Por qué siempre que entras en la habitación ella deja de llorar? Es como si tuvieras un interruptor magnético. Ayer, cuando García intentó cargarla, ella gritó como si la estuvieran secuestrando. Pero contigo... contigo es diferente.
Elena sintió que el aire se volvía denso. Evitó la mirada de Lucian, fingiendo que estaba muy ocupada organizando los biberones en la mesa auxiliar. El secreto que guardaba —que ella era la madre de esa niña, que Mikeila reconocía su olor, su voz y el latido de su corazón desde el vientre— quemaba en su garganta.
—Es... es solo la voz, señor —respondió Elena, esforzándose porque su voz no temblara—. Las mujeres solemos tener tonos más agudos, frecuencias que los bebés encuentran calmantes. No hay nada especial en ello, solo biología básica.
—Biología, ¿eh? —Lucian se acercó a ella. Elena podía oler su perfume, ese aroma a éxito y sándalo que la perseguía en sus sueños—. A veces me da la impresión de que Mikeila te mira con una familiaridad que no tiene sentido. Como si compartieran un secreto del que yo no formo parte.
Elena se obligó a sonreír de forma profesional, aunque sentía que sus rodillas estaban a punto de ceder.
—Usted está bajo mucho estrés, señor Santos. La falta de sueño puede hacer que veamos patrones donde no los hay. Mikeila simplemente es una niña muy observadora. Ella sabe quién le prepara la leche, eso es todo.
Lucian guardó silencio durante un largo rato, observando a la secretaria que había estado a su lado durante dos años. Elena siempre había sido impecable: el moño perfecto, las gafas de montura gruesa, los trajes sastres en tonos grises que parecían diseñados para hacerla invisible. Nunca le había prestado atención más allá de su eficiencia corporativa, pero ahora, bajo la luz de la paternidad, Elena parecía estar cobrando una profundidad que él no sabía manejar.
—Quizás tengas razón —concedió Lucian, aunque no parecía convencido—. Pero no te alejes demasiado. Tengo la sensación de que Mikeila y yo vamos a necesitar mucho más que "biología básica" para sobrevivir a la junta de hoy.
Elena asintió y se retiró hacia su escritorio, justo afuera de la oficina presidencial. Mientras se sentaba y abría su computadora, vio a través del cristal cómo Lucian se sentaba en su sillón de mando, todavía con la niña en brazos, leyéndole en voz alta los puntos del orden del día como si fuera un cuento infantil.
Elena cerró los ojos y respiró hondo. Estaba caminando sobre la cuerda floja. Cada día que pasaba, Lucian se volvía más intuitivo, más humano. Y cuanto más humano se volvía él, más difícil era para ella ocultar que la "niña de la puerta" no era un regalo del azar, sino el fruto de la única noche en la que Lucian Santos se permitió ser algo más que un hombre de negocios.
—Resiste, Elena —se susurró a sí misma mientras sus dedos comenzaban a teclear frenéticamente
—. Solo un poco más. Solo hasta que ella esté segura.
Pero en el fondo de su alma, Elena sabía que el hielo de Lucian se estaba rompiendo, y cuando el hielo se rompe, todo lo que hay debajo sale finalmente a la superficie.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂