Tras perder a su esposa durante el parto, Adrian se convirtió en un hombre frío, distante y emocionalmente inaccesible. A sus treinta años, es un CEO exitoso en Los Ángeles que mantiene su propio dolor bajo control, hasta que se da cuenta de que falla justo donde más importa: como padre.
Helena, brasileña de veinticinco años, se muda a Los Ángeles por la universidad. Lejos de casa y necesitando mantenerse por sí misma, acepta un trabajo como niñera para cubrir sus gastos mientras estudia. Lo que no espera es crear un vínculo inmediato con Lívia, una niña de cuatro años marcada por silencios que nadie supo escuchar.
La presencia de Helena transforma la rutina de la casa y obliga a Adrian a enfrentar sentimientos que intentó enterrar. Entre límites profesionales, duelo y decisiones difíciles, nace un lazo peligroso, porque cuando alguien entra en tu vida para quedarse, ya no hay forma de salir ileso.
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Capítulo 7
Elena
Una semana después...
La primera semana terminó demasiado rápido. Tan rápido que apenas noté cuándo dejé de contar los días y comencé a medir todo por los horarios de Lívia. Despertar, desayuno, escuela, almuerzo, tareas, baño, historia antes de dormir. Todo se había encajado de una forma casi aterradora. No porque fuera fácil, sino porque parecía correcto.
Lívia ya no preguntaba si me iba a ir. Ella afirmaba. "Después me vienes a buscar". "Duermes cerca". "Mañana hacemos esto". Siempre en plural. Siempre incluyéndome. Yo intentaba, de forma consciente, poner pequeños límites. Incentivaba que ella pasara más tiempo con el padre, sugería actividades en las que yo me alejaba un poco. Pero ella siempre volvía. Siempre.
Adrian observaba todo. No comentaba. No interfería. Pero yo lo sentía. La presencia de él era como una sombra constante, silenciosa, evaluando cada detalle. Y aquello comenzó a incomodarme. No por mí. Por Lívia. El viernes, último día del período de prueba, Lívia llegó de la escuela más callada de lo normal. Comió poco. No quiso dibujar. Se quedó sentada en el sofá, abrazando el osito, mirando hacia la puerta como si esperara algo.
"¿Qué pasa?" pregunté, sentándome a su lado.
"¿Él va a traer otra hoy?" preguntó, sin mirarme.
Mi pecho se apretó. "No lo sé, mi amor".
Ella se mordió el labio. "No me gusta".
Tomé su mano. Pequeña, caliente. "Lo sé".
Aquella noche, Adrian llegó más temprano. Y solo. El clima estaba extraño. Denso. Cenamos en silencio. Después de llevar a Lívia al cuarto y acostarla para dormir, volví a la sala. Adrian estaba allí, de pie, mirando el celular.
"Necesitamos conversar", dijo, sin rodeos.
Asentí. Mi estómago se revolvió.
"Percibí un cambio en el comportamiento de Lívia", continuó. "Está más dependiente".
Respiré hondo. "Ella es una niña. Y pasó mucho tiempo sola".
"Eso no justifica", respondió, frío. "Ella necesita aprender a lidiar".
"¿Lidiar con qué?" pregunté antes de poder contenerme.
Él levantó la mirada, claramente incómodo. "Con la realidad".
Crucé los brazos. "¿La realidad de ver mujeres diferentes entrando en su casa cada semana?"
El silencio cayó pesado.
"Has sobrepasado un límite", dijo.
"Tal vez alguien necesita sobrepasar", respondí, la voz firme, pero el corazón acelerado. "A ella no le gusta esto, Sr. Adrian. Ella me contó. Todas las veces. Ella se despierta asustada. Ella se siente invadida".
"Mi vida personal no te concierne", replicó.
"Cuando afecta a su hija, sí", respondí sin dudar.
Él se acercó algunos pasos. "Fuiste contratada para cuidar. No para opinar".
"Cuidar también es proteger", retruqué. "Y proteger a veces es decir lo que nadie quiere oír".
La mandíbula de él se contrajo. "Estás creando una dependencia emocional".
"No", respondí. "Ella está buscando estabilidad".
Él se quedó en silencio por algunos segundos. Después respiró hondo, como si hubiera tomado una decisión.
"La semana de prueba acabó", dijo. "Y no voy a continuar contigo".
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
"¿Qué?" mi voz salió baja.
"Estás despedida", continuó, frío, directo. "Arregla tus cosas. Margareth se encargará de tu salida mañana".
Tragué saliva. "¿Y Lívia?"
"Ella se va a adaptar", respondió, seco.
Subí al cuarto con las piernas temblorosas. Arreglé mis cosas en silencio, intentando no llorar. Cada doblez de ropa parecía arrancar algo de mí. Yo sabía que aquel empleo era temporario. Sabía que aquello podía acabar. Pero no así. No de ese modo. No después de todo. Antes de salir, pasé por el cuarto de Lívia. Ella dormía tranquila, abrazada al osito. Me arrodillé al lado de la cama y acaricié su cabello con cuidado.
"Lo siento", susurré, aun sabiendo que ella no podía oír.
Salí antes de derrumbarme. La madrugada avanzó pesada. Intenté dormir, pero no lo conseguí. El cuarto parecía demasiado vacío. Demasiado silencioso. El día siguiente amaneció extraño. Demasiado silencioso para una casa que ya se había convertido en rutina. Desperté antes del despertador, como siempre hacía desde que comencé allí. Por algunos segundos, olvidé completamente lo que había sucedido en la noche anterior. Me levanté, me recogí el cabello, me vestí con una ropa simple y solo entonces la realidad cayó de nuevo sobre mí como un peso en el pecho. Había sido despedida.
Respiré hondo, apoyándome en el borde de la cama. Aun así, había algo que necesitaba hacer. Algo que no estaba escrito en ningún contrato, pero que ya formaba parte de mí. Fui hasta el cuarto de Lívia. Ella dormía profundamente, el rostro tranquilo, abrazada al osito. Observé por algunos segundos, intentando memorizar cada detalle, como si supiera que aquel podría ser mi último momento allí. La desperté con cuidado.
"Buenos días, mi princesa dormilona".
Ella abrió los ojos despacio y sonrió así que me vio. "¿Tú me vas a llevar hoy?"
Tragué saliva. "Sí. Como siempre".
Ella se levantó animada, como si nada hubiera cambiado. Tal vez porque, para ella, aún no lo había hecho. Preparé el desayuno, la ayudé a vestirse, peiné su cabello con la misma atención de todos los días. Adrian no apareció en ningún momento. Margareth nos observaba en silencio, respetuosa, como si entendiera exactamente lo que estaba sucediendo. El trayecto hasta la escuela fue igual a los otros. Lívia habló sobre una actividad nueva, sobre una amiga que había faltado, sobre un dibujo que quería mostrarme después. Yo respondía, sonreía, pero sentía el nudo crecer a cada palabra.
Cuando llegamos, me arrodillé frente a ella. "Compórtate, ¿está bien?", dije, tomando sus manos.
"¿Me vas a buscar?", preguntó.
El mundo se detuvo por un segundo. "Hoy no", respondí con cuidado. "Pero vas a estar bien".
Ella frunció el ceño. "¿Lo prometes?"
Sonreí, aun con los ojos ardiendo. "Prometo que eres muy amada".
Ella me abrazó fuerte antes de correr hacia adentro de la escuela. Me quedé allí, parada, mirando hasta que desapareció por el portón. Solo entonces volví al coche. Solo entonces dejé que el llanto escapara. Arreglé mis cosas aún en aquella mañana. Margareth me ayudó en silencio. Ninguna palabra era necesaria. Salí de la casa sin mirar hacia atrás. Esta vez, no por fuerza, sino por supervivencia.
Dos días se pasaron y fueron extremadamente exhaustivos. Despertaba temprano, imprimía currículos, caminaba por la ciudad entera. Cafés, restaurantes, librerías, tiendas. Siempre la misma respuesta educada, la misma sonrisa profesional, el mismo "llamamos después". Por la noche, volvía al dormitorio con los pies doliendo y la cabeza pesada. Intentaba no pensar en Lívia. Pero al final del segundo día, el celular sonó. Número desconocido.
"¿Aló?"
"Elena", la voz de Margareth sonó del otro lado, tensa. "¿Puedes venir hasta aquí?"
Mi corazón se aceleró. "¿Sucedió algo?"
"Es Lívia".
Tomé el primer transporte que conseguí. El camino pareció más largo que nunca. Cuando llegué, encontré la casa diferente. Apagada. Demasiado silenciosa. Lívia estaba en el cuarto, acostada, el rostro rojo, el cuerpo demasiado caliente. Adrian estaba allí, parado, claramente sin saber qué hacer.
"Ella comenzó con fiebre hoy a la tarde", Margareth explicó. "El médico dijo que no hay infección".
Me aproximé a la cama. Así que Lívia abrió los ojos y me vio, comenzó a llorar.
"Tardaste", dijo, con la voz fraca.
Tomé su mano. "Estoy aquí ahora".
Ella se giró de lado y se encogió contra mí. "Pensé que te habías ido para siempre".
Mi pecho se partió. "No es así", murmuré, pasando la mano por su cabello. "Yo nunca te dejaría sin despedirme".
Ella respiraba rápido, el cuerpo tenso. "No me gusta cuando él trae mujeres", dijo de repente. "Ellas se quedan mirándome como si yo no estuviera aquí".
Cerré los ojos por un segundo. Adrian oyó. No dijo nada.
"Te extrañé", completó. "Duele aquí", apuntó hacia el corazón.
El médico llamó fiebre emocional. Yo llamé abandono mal disimulado. Me quedé con ella hasta adormecer. Solo entonces Adrian se aproximó.
"Ella no se quedó así en los últimos dos días", dijo, bajo.
"Sí", respondí. "Solo que ahora el cuerpo de ella habló".
Él pasó la mano por el rostro, claramente exhausto. "Pensé que estaba haciendo lo correcto".
"Hiciste lo que era más fácil", respondí, sin agresividad. "No es lo mismo".
El silencio entre nosotros era pesado.
"Ella necesita de ti", dijo finalmente.
Negué con la cabeza. "Ella necesita de estabilidad. Y de alguien que no se vaya cada vez que la rutina cambia".
Él me encaró por algunos segundos. Por primera vez, parecía humano.
"Quédate esta noche", pidió. "Por ella".
Asentí. En aquel momento, yo no sabía si estaba volviendo o apenas cerrando un ciclo. Pero mientras Lívia dormía tranquila, sujetando mi mano como si fuera un ancla, una cosa quedó clara: Algunas despedidas duelen más que cualquier dimisión. Y algunas elecciones siempre cobran un precio. Aun de los hombres que creen que controlan todo.