Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 15 – El jueves negro
El jueves amaneció frío y gris, como si el cielo supiera lo que estaba a punto de suceder. Valentina se despertó a las cinco de la mañana, antes de que Adrián abriera los ojos. Durante unos segundos se quedó mirándolo. Respirando. Vivo. Por muy poco tiempo más.
Se levantó sin hacer ruido y fue al baño. Allí, escondida dentro de una caja de tampones que Adrián nunca miraría, guardaba un teléfono viejo que Leonardo le había dado. Lo encendió. Había un mensaje de él: "Todo listo. La fiscal Valdés estará en tu casa a las ocho con tres agentes. Llevan orden de registro y detención. Solo necesitamos que abra la llave del gas."
Valentina respondió: "Va a hacerlo entre las nueve y las diez. Después de que yo me tome el té. Los somníferos están en el azúcar. No los voy a tomar. Pero él no lo sabe."
Apagó el teléfono y lo escondió de nuevo. Luego se duchó, se vistió con unos jeans y un jersey cómodo, y bajó a la cocina a preparar el desayuno. Adrián apareció media hora después, con los ojos hundidos y las manos inquietas. Llevaba días sin dormir bien. La paranoia lo estaba consumiendo.
—Hoy sí voy a llegar tarde —dijo, bebiendo el café a sorbos rápidos—. No me esperes para cenar.
—Como siempre —respondió ella con una sonrisa—. ¿Al menos vas a venir a dormir a casa?
—Sí. Claro.
Mentira. Valentina sabía que esa noche él no pensaba dormir en casa. Pensaba matarla y luego irse al hotel con Daniela a celebrarlo. Pero no dijo nada. Solo sonrió.
Adrián salió a las ocho y media. Valentina esperó diez minutos y luego llamó a Leonardo.
—Ya se fue. ¿La policía?
—Están en la puerta de atrás. Dos agentes de paisano. La fiscal Valdés espera en un coche patrulla a dos cuadras. Tienen micrófonos direccionales apuntando a tu cocina.
—¿Y la cámara?
—Instalada anoche, en el extractor de la cocina. Ve y oye todo. Cuando él abra la llave del gas, los agentes entrarán.
—Bien. Yo voy a estar en el jardín trasero, esperando. No quiero estar dentro cuando el gas empiece a llenar la casa.
—Valentina… ten cuidado. Si él sospecha algo y no abre la llave, todo se va al traste.
—No va a sospechar. Cree que soy una tonta. Y las tontas toman el té con somníferos todas las noches.
Colgó. Se preparó un té sin azúcar. Lo bebió lentamente mientras miraba el reloj. Las nueve. Las nueve y cuarto. Las nueve y media.
A las nueve y cuarenta, escuchó la puerta de la calle abrirse.
Adrián había vuelto.
Valentina se quedó inmóvil en la cocina, con la taza vacía en la mano. Él entró con pasos sigilosos, como si caminara sobre huevos. Llevaba guantes de látex. Eso era nuevo. Nunca antes había usado guantes.
—¿Adrián? —dijo ella, fingiendo sorpresa—. ¿Qué haces aquí a esta hora?
—Olvidé unos papeles —respondió él, deteniéndose en la puerta de la cocina—. Pensé que ya te habrías ido al taller.
—Hoy empiezo más tarde. ¿Quieres un té?
—No. Gracias.
Sus ojos recorrieron la cocina. La nevera. La vitrocerámica. La chimenea eléctrica que estaba apagada. Luego se posaron en la taza vacía de Valentina.
—¿Ya tomaste té?
—Sí. Hace un rato. Me estaba entrando sueño, la verdad. Voy a echarme una siesta antes de ir al taller.
—Hazlo. Yo busco los papeles y me voy.
Valentina se levantó de la silla. Pasó junto a él con una lentitud deliberada. Subió las escaleras sintiendo su mirada en la nuca. Al llegar al primer rellano, se detuvo. Escuchó.
Abajo, Adrián no estaba buscando papeles. Estaba en la cocina. Escuchó el ruido metálico de la llave del gas girando.
Click.
Luego otro ruido. La chimenea eléctrica encendiéndose.
Zzzzz.
Valentina sintió un escalofrío. No de miedo. De triunfo. Salió por la ventana del dormitorio al tejado del jardín trasero, tal como había ensayado. Bajó por la escalera de incendios y aterrizó en el césped justo cuando escuchó las sirenas.
No eran sirenas. Eran pasos. Muchos pasos.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¡Policía! ¡Manos arriba! ¡Suelte la llave!
Valentina caminó hacia la fachada de la casa. Vio a Adrián saliendo por la puerta principal con las manos en alto. Tenía los guantes puestos todavía. La cara era una máscara de incredulidad.
—No entiendo —decía, mirando a los agentes—. Esto es un error. Yo solo estaba…
—Estaba abriendo la llave del gas mientras su esposa dormía —dijo la fiscal Valdés, apareciendo detrás de los agentes—. Lo tenemos grabado. En video y en audio.
Adrián la vio. A Valentina. De pie en el jardín, con los brazos cruzados, el jersey manchado de hierba y una sonrisa que no era de esposa ingenua.
—Tú —dijo. Su voz sonaba extraña. Rota.
—Yo —respondió ella.
—Esto es cosa tuya. ¿Tú llamaste a la policía?
—Claro que llamé a la policía. Alguien tenía que hacerlo. Ya que tú te dedicabas a matar mujeres.
Los agentes lo esposaron. Él no opuso resistencia. Estaba demasiado aturdido. Demasiado confundido. Su mente de abogado trataba de encontrar una salida legal, pero no la había. Porque esta vez, él era el criminal. Y ella, la víctima que había dejado de serlo.
Antes de que se lo llevaran, Adrián se volvió hacia Valentina.
—Creí que me querías —dijo.
—Y yo creí que tú me querías a mí —respondió ella—. Los dos nos equivocamos.
Se lo llevaron. El coche patrulla desapareció por la esquina. Valentina se quedó en el jardín, sola, con el viento frío pegándole en la cara. Leonardo llegó unos minutos después, con el coche lleno de pruebas listas para entregar a la fiscalía: grabaciones, fotos, el diario de Rocío, la carta.
—¿Estás bien? —preguntó, abrazándola.
—No lo sé —respondió ella—. Pero voy a estarlo.
La casa detrás de ellos olía a gas. Un agente abrió todas las ventanas. Valentina miró el salón vacío, los muebles que había elegido con tanto cuidado, las paredes que había pintado con sus propias manos. Todo eso había sido una mentira. Pero ya no.
El jueves negro había terminado.
Y empezaba algo nuevo.