Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 10: Fortaleza en la soledad
El alba comenzó a teñir las cimas de las montañas de tonos dorados y rosados, pero Choi Woo-jin no había cerrado los ojos en toda la noche. Había pasado las horas repasando una y otra vez cada palabra que había leído, cada detalle sobre el Virus de la Niebla Gris, sobre la corporación Hanbiotech y sobre su propia herencia. Ya no había confusión, ni dudas, ni preguntas sin respuesta que le impidieran actuar: ahora solo quedaba la inmensa responsabilidad de prepararse para lo que fuera que viniera. Se puso de pie, estirando su cuerpo cansado pero con la mente mucho más clara que nunca, y salió al exterior dispuesto a poner en orden todo aquello que su padre le había confiado durante tantos años.
Lo primero que hizo fue recorrer el perímetro completo de su propiedad, paso a paso, inspeccionando cada una de las defensas que habían construido juntos: las trampas ocultas entre la maleza, los postes de señalización, los puntos donde la cerca de piedra y madera era más débil y debía reforzarse. A medida que avanzaba, iba tomando decisiones precisas: necesitaba acumular más leña de la que tenía guardada, asegurarse de que los depósitos de agua estuvieran completamente sellados para que nada pudiera contaminarlos, y revisar el estado de todas sus herramientas y armas. Ya no se trataba solo de vivir allí cómodamente: ahora cada cosa debía estar lista para resistir un asedio prolongado.
Decidió separar las tareas por orden de importancia y comenzó por el suministro de agua, pues sabía que era lo más vital y también lo más fácil de dañar. Bajó hasta el manantial que alimentaba su pozo principal, siempre manteniéndose alerta ante cualquier movimiento extraño. Al llegar, comprobó con alivio que el agua seguía cristalina y limpia en esa zona tan alta y protegida, pero tomó la precaución de reforzar los muros de contención y cubrir la entrada con una rejilla de hierro que nadie ni nada pudiera apartar con facilidad. Mientras trabajaba, su mente volvía constantemente a las advertencias de su padre: *“Lo invisible es lo que más debes temer, hijo. Lo que no puedes ver, como el agua o el aire, es lo que puede acabar contigo sin que te des cuenta”*.
Después se dirigió a su taller para revisar y afilar sus armas. Tomó su arco de tejo, aquel que su padre le había ayudado a curvar y tratar la madera hasta que adquirió la resistencia perfecta. Comprobó la tensión de la cuerda, revisó que no tuviera ningún desgaste prematuro y contó sus flechas: las de punta de piedra, hechas por él mismo siguiendo técnicas antiguas, y las de metal que su padre había traído consigo cuando huyó. Necesitaba fabricar muchas más, así que preparó las varas, las puntas y las plumas para trabajar durante los días siguientes. También revisó su espada, aquella con la que había practicado esgrima desde que tenía altura suficiente para sostenerla: el acero debía estar tan afilado que cortara incluso el aire, y el mango bien sujeto para que no se le escapara de las manos en el momento decisivo.
A mediodía, cuando el sol estaba en su punto más alto, decidió que necesitaba comprobar cuánto terreno podía vigilar y dominar sin ponerse en un riesgo excesivo. Para hacerlo con total seguridad, se alejó hasta un lugar oculto entre los roquedos, respiró profundo y dejó que su cuerpo realizara el cambio hacia su otra apariencia. Sus rasgos se suavizaron, su porte se volvió elegante pero sin perder ni un ápice de su fuerza, y supo que en esta forma podía moverse por senderos mucho más estrechos y difíciles sin levantar ninguna sospecha. Nadie debía verlo así, nadie debía conocer esa parte de él, pero para vigilar, explorar y actuar en silencio, era su mejor aliada.
Desde las alturas a las que solo él sabía subir, pudo observar gran parte del valle y de los caminos que rodeaban la zona. Vio algunas nubes de polvo que se movían lentamente a lo lejos, grupos de esos seres que vagaban sin rumbo, y comprendió que poco a poco iban acercándose hacia zonas más altas a medida que agotaban lo que encontraban abajo. No había rastro de personas sanas, ni de refugios organizados, ni ninguna señal de que alguien estuviera controlando la situación. Todo parecía haberse perdido por completo. Se quedó allí mucho tiempo, memorizando cada movimiento, cada punto donde podría ocultarse o tender una emboscada, hasta que el sol comenzó a descender. Regresó al lugar seguro, volvió a su apariencia habitual y caminó de vuelta a casa con el corazón firme y la determinación creciendo con cada paso.
Al llegar, se dedicó a revisar todas sus provisiones y a calcular cuánto tiempo podría mantenerse allí sin tener que salir a buscar nada más. Separó lo que se podía conservar por mucho tiempo de lo que debía consumir pronto, rellenó los frascos con hierbas medicinales y preparó vendajes y remedios según lo que su padre le había enseñado. Sabía que si resultaba herido, nadie vendría a curarlo. Si enfermaba, nadie vendría a ayudarlo. Todo dependía de su propio conocimiento y de lo bien que hubiera preparado las cosas desde el principio.
Cuando la noche cayó de nuevo sobre las montañas, Woo-jin encendió una pequeña luz solo dentro de su habitación, tapada para que no se viera desde afuera. Se sentó frente al mapa dibujado por su padre y marcó con trazos firmes todo lo que había visto durante el día: los puntos de mayor riesgo, las zonas donde el agua podía estar contaminada, los senderos por donde podrían acercarse tanto los infectados como cualquier grupo de la corporación que anduviera buscándolo. Ahora el dibujo tenía sentido completo, ahora las rutas y las marcas de su padre revelaban su verdadero propósito: guiarlo a la supervivencia cuando el mundo se viniera abajo.
No sentía lástima por sí mismo, ni desesperación. Ahora sentía gratitud por cada hora de enseñanza, por cada regla cumplida, por cada esfuerzo que habían hecho juntos para llegar hasta aquí. Su padre no le había dejado un mundo fácil ni una vida sencilla, pero le había dado todo lo necesario para seguir adelante, incluso cuando todo pareciera perdido. Y ahora que él ya no estaba, Woo-jin juró que honraría esa confianza con cada uno de sus actos.
La soledad que durante tantos años había sentido de vez en cuando ya no parecía un vacío, sino un espacio que él debía llenar con fortaleza, inteligencia y cuidado. El peligro se acercaba, eso era seguro, pero él ya no estaba caminando a ciegas. Conocía el terreno, conocía al enemigo y, sobre todas las cosas, ahora se conocía a sí mismo tal como era realmente.
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