El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 9
El viernes por la tarde, la sala de juntas de Galván Motores olía a cuero, café recién elaborado y una ambición no disimulada.
Era la primera reunión oficial del consejo tras la incorporación de Alejandro Santamaría como socio minoritario. Los consejeros viejos, hombres de cabello cano y trajes holgados que habían servido a Héctor Galván durante décadas, murmuraban entre ellos en tono bajo. Miraban a Alejandro con recelo, desconfiando de un hombre tan joven que se había abierto paso en su directiva a base de presiones financieras.
En la cabecera de la mesa, Fabiola presidía la reunión. Llevaba un vestido ajustado de color verde esmeralda, con joyas de oro discreta y la postura de una reina que inspecciona a sus vasallos.
Alejandro, sentado a su derecha en calidad de oyente, vestía un traje gris marengo. Su actitud era la de un espectador atento, pero su mirada oscura no se despegaba de Fabiola.
—En el orden del día —declaró Fabiola, golpeando suavemente la mesa con un bolígrafo de oro—, tenemos la aprobación final del presupuesto para la campaña de marketing del *Galván-V12* en Ginebra. Giancarlo nos asegura que con los nuevos componentes y el aluminio en planta, el prototipo estará listo en diez días.
—Señorita Galván —interrumpió uno de los consejeros más antiguos, el señor Moretti, ajustándose los lentes—. El presupuesto de marketing supera en un quince por ciento lo estimado por su padre antes de su fallecimiento. Considero que estamos arriesgando demasiado liquidez en un solo modelo.
Fabiola lo miró con una sonrisa helada, del tipo que congelaba cualquier intento de rebelión.
—Mi padre no tenía que competir en el mercado actual, Moretti. Si escatimamos en la presentación, la prensa nos devorará. El presupuesto se aprueba tal cual está redactado. ¿Alguien más tiene una objeción que quiera hacerme perder el tiempo?
El silencio reinó en la sala. Fabiola disfrutó el instante: el control absoluto era una droga exquisita.
Sin embargo, desde su asiento, Alejandro soltó una risa baja y aterciopelada que rompió la tensión de la estancia.
—Una liderazgo fascinante, Fabiola —dijo Alejandro, inclinándose hacia adelante y entrelazando las manos sobre la mesa—. Pero Moretti tiene un punto válido sobre la liquidez. Si me permite intervenir como su nuevo socio…
Fabiola giró la cabeza despacio, clavándole una mirada llena de veneno.
—Su asiento es de oyente, Santamaría. Recuerde las cláusulas que firmó ayer.
—Lo recuerdo perfectamente —sostuvo Alejandro, sin perder la calma ni la sonrisa encantadora—. Pero como dueño del cinco por ciento y proveedor principal de su materia prima, puedo sugerir una alternativa. *Santamaría Holdings* puede absorber el excedente del presupuesto de marketing a cambio de un contrato de patrocinio secundario en el evento de Ginebra. De ese modo, Galván Motores no arriesga su flujo de caja y la campaña mantiene la magnitud que usted exige.
Los consejeros se miraron entre sí, asintiendo levemente ante la generosidad aparente de la jugada.
Fabiola, en cambio, vio la trampa al instante. Alejandro no estaba siendo generoso; estaba intentando meter el logotipo de su empresa en el lanzamiento más importante de la historia de Galván Motores. Quería empezar a manchar el nombre de su padre con el suyo.
—Agradezco la 'caballerosidad' de su oferta, señor Santamaría —respondió Fabiola con una voz dulce y letal—, pero mi compañía no necesita caridad para pagar su publicidad. El presupuesto se financiará con fondos propios. Y si no hay más puntos que tratar, damos por concluida la sesión.
Se puso de pie de inmediato. Los consejeros comenzaron a recoger sus carpetas mientras se retiraban apresuradamente de la sala.
Alejandro esperó a que el último consejero saliera para levantarse de su silla. Se acercó a Fabiola, quien arreglaba unos documentos en la cabecera de la mesa.
—Es usted una mujer difícil de complacer, señorita Galván —murmuró él, deteniéndose a solo un paso de distancia.
Fabiola se erigió cuan larga era, sosteniéndole la mirada sin mostrar un solo milímetro de debilidad. Sabía la verdad sobre el robo del motor, sabía quién era el padre de Alejandro y sabía que el hombre frente a ella quería destruir su vida. Y ese conocimiento la hacía sentir más poderosa que nunca.
—No me gustan los regalos con doble intención, Alejandro —dijo ella, usando su nombre de pila con un tono desafiante y provocativo—. Sé perfectamente lo que estás haciendo. Crees que puedes ir ganando terreno poco a poco, sonriendo a mis ejecutivos y ofreciendo dinero fácil. Pero en esta empresa la única que manda soy yo.
Alejandro entrecerró los ojos. Percibió un cambio sutil en la energía de Fabiola: ya no era solo la heredera defensiva de la primera reunión, ahora había una malevolencia consciente en su mirada, una frialdad idéntica a la de su difunto padre.
—¿Cree que quiero quitarle el mando? —preguntó Alejandro, bajando la voz a un susurro íntimo, dando un paso más hasta casi rozarla.
—Sé que quieres algo de mí —respondió Fabiola, inclinándose ligeramente hacia él, desafiando el peligro en lugar de huir—. Pero te advierto una cosa, Santamaría: si pretendes jugar a los cazadores y a las presas conmigo, te vas a equivocar de rol. Yo no soy una víctima. Y si intentas hundirme, me aseguraré de arrastrarte al fondo conmigo.
Alejandro la miró a los ojos y, por un instante, el líder criminal implacable que dominaba la mafia de Italia sintió una punzada de auténtica fascinación. No estaba tratando con una niña mimada; estaba tratando con una villana en potencia, una mujer hermosa, ambiciosa y completamente destilada de moralidad.
—Me encantan las amenazas elegantes, Fabiola —sonrió Alejandro, rozando con el dorso de sus dedos el borde de la mesa, muy cerca de la mano de ella—. Nos vemos en la prueba de pista del lunes. Veamos qué tan bien conduce cuando la velocidad no permite errores.
—No cometo errores —sentenció ella.
Alejandro dio media vuelta y salió de la sala de juntas.
En el pasillo lo esperaba Dominic, vistiendo su impecable traje oscuro y sosteniendo el teléfono encriptado.
—¿Cómo fue la reunión, señor? —preguntó Dominic en voz baja mientras caminaban hacia el ascensor.
Alejandro se acomodó la corbata, con una expresión seria y los ojos encendidos.
—Cambia el plan de abordaje, Dominic. La chica descubrió algo. Sabe más de lo que aparenta y no tiene ningún miedo.
Dominic frunció el ceño.
—¿Sabe lo de su padre? ¿Sabe quién es usted en el crimen organizado?
—No creo que sepa lo de la red criminal —respondió Alejandro, subiendo al ascensor—, pero sabe que su padre era un ladrón y no le importa en absoluto. Es tan fría como un témpano de hielo. No va a ceder por culpa ni por chantaje moral.
—¿Qué hacemos entonces? —inquirió Dominic con frialdad—. Puedo hacer que la policía fiscal bloquee las cuentas de la empresa este mismo fin de semana.
Alejandro miró su reflejo en las puertas doradas del ascensor y dibujó una sonrisa peligrosa, oscura y llena de una pasión retorcida.