A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 15
Capítulo 15
Aguja contra aguja
—¿Matías? —repetí.
Matías Rivas seguía pareciendo el estudiante perfecto que alguna vez Lucía había mirado desde lejos, solo que el uniforme imaginario se había convertido en un traje gris de corte impecable. Tenía el cabello ordenado, lentes finos y una serenidad que no necesitaba levantar la voz para imponerse.
Incluso en medio del escándalo, mi corazón de espectadora sintió una punzada absurda de emoción.
Lucía, en cambio, parecía a punto de deshacerse.
La tomé del brazo y la separé con cuidado de él.
—¿Estás bien?
Ella no respondió. Sus ojos se llenaron de lágrimas con una rapidez que me asustó.
Matías soltó la muñeca de Camila.
—Señorita Duarte —dijo—, no vuelva a intentar golpear a nadie.
La voz fue correcta, casi amable. Precisamente por eso dolió más.
Camila se frotó la muñeca, humillada. Diego intentó llevársela.
—Vámonos.
Demasiado tarde.
La escena ya había atraído a medio salón. Y entonces llegó Lorena Del Río, la madre de Lucía, como una tormenta envuelta en seda.
—¿Qué pasó? —exigió—. ¿Quién hizo llorar a mi hija?
Su mirada cayó primero en Lucía, luego en mí, luego en Camila y Diego. No necesitó más.
—¿Ustedes?
Matías frunció apenas el ceño.
—Hubo un intento de agresión.
Lorena se irguió.
—¿A mi hija?
—A la señorita Salcedo —aclaró él—. La señorita Andrade intentó intervenir.
La palabra Andrade, dicha frente a tantos oídos, tensó el aire.
Lorena sonrió sin alegría.
—Mi hija es la única heredera de Arturo Andrade. Vino a esta recepción por cortesía. ¿Y en casa ajena la hacen llorar?
Lucía cerró los ojos, como si cada sílaba de su apellido le pesara. Para Lorena, decir Andrade era levantar una bandera. Para Lucía, era abrir una herida. Yo lo vi claro en la forma en que bajó los hombros.
Matías también lo notó. Su mirada pasó de Lorena a Lucía con una atención distinta. Tal vez por fin entendía que la joven temblando frente a él no era una desconocida cualquiera. Tal vez solo era cortesía profesional. Con Lucía, yo sabía que cualquier posibilidad podía doler.
Diego apretó los labios.
—Fue un malentendido.
—Los malentendidos no levantan la mano.
En ese momento apareció Teresa, del brazo de Roberto Alcázar. Roberto tenía el porte de un hombre acostumbrado a que lo obedecieran incluso cuando ya no tenía el control real de nada. En sus facciones podía verse algo de Santiago: la estructura de la cara, la frialdad de los ojos. Pero en Roberto esa frialdad no era elegancia, sino orgullo viejo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Teresa, con su voz aguda.
Al verme, su expresión se endureció.
Por supuesto. Yo era, a sus ojos, la culpable universal.
Lorena la miró de arriba abajo. Entre mujeres como ellas había una guerra antigua: ambas sabían lo que significaba existir cerca del dinero masculino sin tener siempre la silla principal. Pero Lorena tenía una ventaja que Teresa no podía presumir: su hija era heredera de los Andrade.
—Su hijo y su futura nuera hicieron llorar a mi hija —dijo Lorena.
Teresa soltó una risa.
—Ay, por favor. Son jóvenes. Se empujan, se gritan. ¿Ahora todo es tragedia?
—Cuando se trata de mi hija, sí.
—Mi hijo también es Alcázar.
Lorena ladeó la cabeza.
—Qué pena que el trono ya tenga dueño.
El golpe fue elegante y brutal.
Teresa abrió la boca, pero Lorena ya la había dejado atrás y miraba a Roberto.
—Don Roberto, usted invitó a mi familia. Nosotros le dimos la cara trayendo a Lucía. Si en su fiesta su hijo permite que una mujer golpee a una invitada, espero una disculpa. Si no, hablaré con Arturo y con el consejo Andrade. No creo que a nadie le guste que se diga que los Alcázar humillan a la única heredera de una familia que les mostró respeto.
El rostro de Roberto se oscureció.
Su recepción ya era un fracaso. Santiago no había asistido. Las familias verdaderamente poderosas habían mandado representantes. El salón estaba lleno de amantes, hijos laterales y curiosos. Y ahora, delante de todos, Diego quedaba como un hombre incapaz de controlar siquiera a su pareja.
—Teresa, cállate —ordenó Roberto cuando ella intentó responder.
Teresa se quedó rígida.
—Roberto...
—Dije que te calles.
El silencio que siguió fue delicioso.
Roberto dio un paso hacia Diego.
—Discúlpate.
Diego se puso rojo.
—Papá...
—Ahora.
La palabra papá sonó extraña en su boca, como traje prestado.
Camila se escondió un poco detrás de él, pero ya era tarde. Varias personas la habían reconocido.
—¿Esa no es Camila Duarte? —susurró alguien.
—La que sacaron de El Encanto.
—Dicen que consiguió papeles acostándose con medio mundo.
Los murmullos crecieron.
Camila bajó la cabeza. Diego la miró apenas, y en ese segundo entendí que él no iba a protegerla si protegerla le costaba su nueva posición.
Ese gesto mínimo me revolvió el estómago. Diego no empujó a Camila, no la insultó, no la abandonó con palabras. Solo dejó de mirarla como prioridad. A veces la traición no tiene escándalo; a veces basta con medir el costo de defender a alguien y decidir que sale demasiado caro.
Camila también lo entendió.
Su mano buscó la manga de Diego, pero él no la tomó.
Teresa también lo entendió.
Y decidió salvar a su hijo sacrificando a la mujer que días antes llamaba nuera.
—Diego ni siquiera la conoce bien —dijo, con una sonrisa apretada—. Si alguien causó esto, fue Camila. Ella siempre se mete donde no debe.
Camila levantó la cabeza.
El odio en sus ojos fue tan puro que hasta yo sentí frío.
—¿Perdón?
Teresa sostuvo la mirada sin pestañear.
—Quiero decir que una mujer con tu historial debería aprender a no hacer escenas en lugares donde todos tienen memoria.
El golpe fue bajo, público y calculado.
Camila abrió la boca, pero no le salió nada. Toda su rabia de hacía unos minutos, toda esa fuerza con la que me había acusado, se quebró frente a la mujer que supuestamente debía protegerla. El salón olía a perfume caro y humillación fresca.
Roberto apretó la mandíbula.
—Suficiente.
Pero ya no era suficiente. Ya nada podía volver a entrar en su lugar. La recepción que debía presentar a Diego como hijo de familia lo estaba mostrando como lo que era: un hombre sostenido por mujeres a las que no dudaba en soltar.
Camila no oyó a Roberto, o decidió no obedecerlo. Sus ojos seguían clavados en Teresa, como si necesitara que la humillación fuera explícita para terminar de creerla.
El murmullo del salón bajó hasta volverse un zumbido. Nadie quería perderse el siguiente golpe. En esas familias, la moral se defendía en misa y el escándalo se disfrutaba en vivo.
Lorena aprovechó el silencio para acercar a Lucía a su costado. No lo hizo con ternura; lo hizo con posesión. Aun así, por primera vez en la noche, Lucía dejó de temblar un poco. Yo no sabía si porque se sentía protegida o porque estaba demasiado cansada para seguir reaccionando.
Matías dio un paso, como si quisiera decir algo, pero se contuvo. Quizá su formación de abogado le ordenó no meterse más en una escena familiar ajena. Quizá la lágrima de Lucía le había movido una memoria que todavía no lograba nombrar.
Roberto miró a Diego con una decepción dura. Teresa miró a Roberto con miedo. Diego miró al piso. Y Camila, sola en medio de todos, entendió que ya no tenía lugar ni siquiera entre los culpables.
Yo había querido verla caer. No voy a mentir. Después de todo lo que me hizo, una parte de mí quería que sintiera vergüenza, que entendiera el sabor de estar rodeada de ojos ajenos. Pero verla ahí, convertida en moneda gastada por la misma familia que la había empujado al centro del escándalo, me dejó una sensación amarga.
Eso no la volvía inocente.
Solo demostraba que en esa familia nadie era leal cuando la conveniencia cambiaba de lado.
Diego apretó los puños, pero no habló. Si defendía a Camila, perdía puntos con Roberto. Si no la defendía, perdía lo poco que quedaba de ella. Eligió callar. Fue la decisión más cobarde y más fiel a su carácter que podía tomar.
Teresa, en cambio, levantó la barbilla. Prefería quedar como mujer dura antes que como madre de un hijo débil. En su mundo, una amante podía sacrificarse; un hijo varón, jamás.
El detalle más cruel fue que nadie defendió a Camila por principios. Quienes murmuraban lo hacían para entretenerse; quienes callaban lo hacían para no comprometerse. Esa era la justicia de salón: todos podían condenar a una mujer caída, pero nadie quería ensuciarse las manos sosteniéndola.
Yo apreté el brazo de Lucía. Ella no me miró, pero sus dedos rozaron los míos. Las dos entendimos, cada una desde su herida, que aquella noche no trataba solo de Camila.
Trataba de quién podía ser reconocido y quién debía pagar el precio de ese reconocimiento.
En ese salón, los apellidos pesaban más que la verdad y las mujeres cargaban con las facturas morales de los hombres.
Camila dio un paso hacia Teresa.
—¿Qué quiere decir?