NovelToon NovelToon
Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21: El Pañuelo Perdido

Valentina no buscó el pañuelo de inmediato.

Ese fue su primer acierto.

Una mujer culpable se toca las mangas con desesperación. Una mujer asustada revisa el escote, la cintura, los pliegues, como si pudiera encontrar inocencia escondida entre la tela. En un salón lleno de Lunas entrenadas para leer gestos mínimos, el miedo era casi una confesión.

Así que Valentina dejó la mano quieta.

Miró a Sofía.

—¿Cuándo?

Sofía respiró como pudo.

—Cuando salió al observatorio. Revisé su capa porque la tela se había doblado. Ya no estaba.

—¿Quién se acercó a mi asiento?

—Una sirvienta de Catalina. Después una Luna joven de Manada del Valle. Yo pensé que solo buscaban sitio para pasar.

Valentina no miró a Catalina.

Todavía no.

Primero miró el salón.

El Palacio del Gran Alfa no era una casa donde una acusación pudiera esconderse en pasillos. Cada gesto tenía testigos. Cada testigo tenía intereses. Si Catalina había elegido ese lugar, no buscaba robar un pañuelo.

Buscaba que todos lo vieran caer.

—Quédate cerca —dijo Valentina.

—Mi señora...

—Cerca. No delante.

Sofía apretó los labios y obedeció.

La música cambió a una pieza más lenta. Las parejas se movieron. Las conversaciones se reordenaron. Valentina volvió a su lugar con el rostro sereno, aunque su loba ya estaba de pie dentro de ella, silenciosa y alerta.

Entonces ocurrió.

Una joven Luna se acercó con una copa en la mano. Sonreía demasiado. Al pasar junto a Valentina, tropezó de una manera perfecta: ni tan torpe como para parecer falsa, ni tan leve como para no producir efecto. Su codo rozó la manga de Valentina.

Algo cayó al suelo.

Lino blanco.

Un pañuelo.

La tela se abrió sobre las baldosas pulidas.

El silencio no llegó de golpe.

Se extendió.

Primero una mujer dejó de hablar. Luego otra. Un Alfa miró hacia abajo y frunció el ceño. La Luna Hernández, que antes había hablado con Valentina sobre hierbas, palideció con una mezcla de sorpresa y disgusto.

El pañuelo no era el suyo.

Valentina lo supo antes de ver el bordado completo.

En una esquina había dos lobos entrelazados bajo una luna llena, no en postura de ceremonia, sino de invitación íntima. En el centro, bordadas con hilo rojo, aparecían iniciales que no correspondían a ninguna familia reconocida. Era una pieza diseñada para parecer secreta, vulgar en su insinuación y elegante en su veneno.

En la etiqueta muda de las manadas, un pañuelo así en la manga de una Luna casada no era adorno.

Era declaración.

La joven que había tropezado se cubrió la boca.

—Diosa Luna... perdón, yo no...

Actuaba mal.

Pero el salón quería creer en algo.

Varios ojos pasaron del pañuelo a Valentina.

Luego a Sebastián.

Sebastián estaba al otro lado de la sala. Al ver la tela, su rostro se endureció de una forma que Valentina conocía: no era dolor. Era cálculo social. Miró al Gran Alfa. Miró a Don Fernando del Valle. Miró a Catalina.

Y después dio medio paso atrás.

Medio.

Suficiente.

Suficiente para que toda la sala entendiera que el Alfa Reyes se separaba de la mancha antes de saber si era verdad.

Valentina sintió que algo se volvía claro dentro de ella.

No fue tristeza.

Qué alivio tan extraño, descubrir que ya no quedaba nada que romper.

Caminó hacia Sebastián.

Las conversaciones murieron.

Él abrió la boca.

—Valentina...

La bofetada sonó como madera partida.

Su rostro giró hacia un lado.

Nadie respiró.

Valentina bajó la mano despacio. Le dolía la palma vendada. Se alegró del dolor. Le recordó que estaba viva.

—Tres años —dijo.

Su voz no fue alta.

No necesitó serlo.

—Tres años sostuvo mi sangre su lobo. Tres años preparé sus medicinas, cubrí sus fiebres, guardé sus secretos y sonreí cuando su familia me redujo a una herramienta de curación.

Sebastián seguía inmóvil.

—Hoy, delante del Consejo de Manadas, cae al suelo una tela que no es mía y usted ni siquiera pregunta. Solo se aparta.

Valentina dio un paso más.

—Alfa Reyes, no ha sabido protegerme ni una sola vez. Pero hoy aprendió algo más grave: tampoco sabe permanecer de pie.

Una exclamación recorrió el salón.

Doña Milagros se puso blanca.

Catalina dejó de sonreír.

En la tarima, Don Alejandro no intervino.

Todavía.

Al fondo del salón, Damián Montero no se movió, pero Emilio Lara ya había desaparecido.

Tres minutos antes, cuando el pañuelo tocó el suelo, Damián no miró la tela primero.

Miró a Catalina.

Vio la satisfacción mínima.

Vio la sirvienta que retrocedía hacia una columna.

Vio a la joven Luna falsa bajar los ojos antes de tiempo.

—Emilio —dijo.

El Comandante Beta no necesitó más.

Marco Ávila recibió la orden en el corredor lateral con un gesto casi imperceptible. En menos de un minuto, un servidor del Palacio tropezó con la sirvienta de Catalina cerca de la puerta de servicio. En menos de dos, Marco le había cerrado el paso en una estancia de almacenamiento sin levantar la voz.

—El pañuelo verdadero —dijo.

La sirvienta intentó llorar.

Marco esperó.

—No tengo toda la noche.

Ella lloró mejor.

Marco sonrió apenas.

—Eso tampoco es respuesta.

Cuando Emilio llegó, la mujer ya había señalado el jarrón de cerámica azul en la sala de descanso de las damas.

El pañuelo de Valentina estaba doblado detrás de las flores secas.

Marco lo recogió con un paño limpio. Olía a laurel plateado, lino, el perfume leve de Valentina.

Y, después de pasar un segundo por la mano de Damián, a pino y luna.

Damián debió soltarlo de inmediato.

Lo supo.

No lo hizo con suficiente rapidez.

—Mi Rey Alfa —dijo Emilio, demasiado bajo para que nadie más oyera—. El plan.

Damián entregó el pañuelo.

—Hazlo aparecer lejos de mí.

—Con mucho gusto.

La verdad regresó al salón por manos ajenas.

Una Luna mayor de Manada Robles, respetada por su edad y por no pertenecer a ninguna facción visible, entró desde la sala lateral con el ceño fruncido.

—Gran Alfa.

Don Alejandro levantó la mano. La música se detuvo por completo.

—Habla.

La mujer sostuvo un pañuelo entre los dedos.

—Encontré esto en la sala de descanso. Tiene el bordado Solano y la marca personal de Luna Valentina. También encontré a una sirvienta intentando abandonar el Palacio con hilo rojo en las manos y aceite de perfume del Valle en la muñeca.

Catalina se levantó.

—Eso no prueba nada.

Demasiado rápido.

Don Alejandro la miró.

—Nadie te había nombrado, Catalina del Valle.

El color abandonó su rostro.

Don Fernando del Valle, sentado entre los Alfas mayores, apretó los dedos sobre el bastón ceremonial. No dijo nada. Aún.

La Luna Robles entregó el pañuelo verdadero a Doña Gabriela. La Gran Luna lo examinó.

—El bordado es coherente con lo que Luna Valentina llevaba al llegar. Plata Solano. Laurel. Una luna pequeña en la esquina.

La joven que fingió tropezar empezó a temblar.

Marco apareció junto a ella con la discreción de una sombra que decide tener forma.

—La dama desea corregir su declaración —dijo.

La joven se puso de rodillas.

—Me pagaron. No sabía que causaría tanto daño. Solo debía hacer caer la tela.

Don Alejandro no apartó la mirada de Catalina.

—¿Quién?

La joven lloró.

—Una sirvienta de la señorita Catalina.

El título señorita sonó pequeño en el Gran Salón.

Catalina miró a Sebastián.

Por una vez, él no fue hacia ella.

Tal vez por la bofetada.

Tal vez por los ojos de todos.

Tal vez porque, al fin, hasta su cobardía necesitó tomar aire.

Valentina no se movió.

Doña Gabriela bajó de la tarima con el pañuelo verdadero. Se acercó a Valentina y se lo ofreció frente a todos.

—Esto le pertenece.

Valentina lo recibió con una inclinación de cabeza.

—Gracias, La Gran Luna.

Doña Gabriela sostuvo su mirada.

En sus ojos había algo difícil de leer. No ternura. No alianza. Pero sí una forma de reconocimiento, fría y real.

Don Alejandro se puso de pie.

Todo el salón inclinó la cabeza.

—Catalina del Valle —dijo—. En mi Palacio, durante un banquete del Consejo de Manadas, intentaste fabricar una acusación de impureza contra una Luna reconocida.

Catalina abrió la boca.

—Su Majestad, yo...

—Silencio.

La palabra cayó como garra.

Incluso los Alfas más orgullosos bajaron la mirada.

—No solo atacaste a una mujer. Usaste mi salón como escenario para una mentira. Eso convierte tu ofensa en insulto al Consejo y a la autoridad de la Gran Manada.

Don Fernando se levantó despacio.

—Gran Alfa, mi hija es joven. Fue manipulada por sirvientes ambiciosos. Del Valle hará una compensación adecuada.

—Del Valle compensará —dijo Don Alejandro—. Pero no comprará silencio.

El bastón ceremonial golpeó el suelo una vez.

—Desde esta noche, Catalina del Valle pierde el reconocimiento de Hija del Alfa del Valle en todo acto del Consejo. Será registrada como miembro común de su manada hasta nueva revisión. Sus invitaciones palaciegas quedan suspendidas.

Catalina hizo un sonido pequeño.

No fue llanto.

Fue caída.

Doña Milagros cerró los ojos, como si el golpe también le hubiera quitado rango a ella.

Sebastián seguía con la marca roja de la bofetada en la mejilla.

Valentina lo miró una vez.

Solo una.

Luego guardó su pañuelo verdadero en la manga.

El banquete no terminó de inmediato, porque los palacios tienen horror al vacío. La música volvió, más baja. Las conversaciones regresaron, más filosas. Pero nada volvió a ser igual.

Cuando Valentina pasó junto a Sebastián para salir del salón, él intentó hablar.

—Valentina.

Ella no se detuvo.

—Después de esta noche, Alfa Reyes, cualquier conversación entre nosotros debe incluir testigos.

Esa frase lo dejó más solo que la bofetada.

En un corredor lateral, Damián permaneció entre sombras con una hebra de hilo rojo entre los dedos. Era del pañuelo falso. La prueba menor, inútil ya, porque la mayor había estallado ante todos.

No sabía por qué la conservaba.

Quizá porque odiaba dejar piezas sueltas.

Quizá porque esa noche había entendido que podía matar hombres sin temblar, pero no podía ver a Valentina sola en un salón lleno de lobos sin que su propio lobo quisiera romper la puerta.

Marco se acercó.

—La señorita Catalina está llorando.

—Eso no es informe. Es decoración.

—También Don Fernando quiere los nombres de quienes hablaron.

—Que los quiera.

Emilio apareció por el otro lado.

—El pañuelo fue devuelto.

Damián miró su propia mano.

Durante un segundo, recordó la tela entre sus dedos.

—Bien.

Emilio lo observó.

—¿Todo bien?

—No hagas preguntas inútiles.

—Entonces haré una útil. ¿Sabe que dejó su olor en él?

Damián se quedó inmóvil.

Marco encontró de pronto el techo muy interesante.

—¿Cuánto?

—Poco —dijo Emilio—. Para humanos, nada. Para una loba que ya reaccionó a usted...

Damián cerró los ojos.

Una expresión breve, casi imperceptible, cruzó su rostro.

No era miedo.

Era molestia consigo mismo.

—Retírate.

—Sí, Mi Rey Alfa.

Emilio se fue con la serenidad de quien había ganado algo sin mover una espada.

Valentina volvió a la residencia asignada a Manada Reyes con Sofía a su lado y escolta del Palacio detrás. La habitación olía a cera nueva y flores ajenas. Cerró la puerta. Solo entonces sacó el pañuelo.

El bordado era suyo.

La tela era suya.

Pero había algo más.

Muy leve.

Tan tenue que quizá otra loba no lo habría notado.

Pino.

Luna.

La misma nota fría de la flor en el alféizar.

La misma del lobo bajo las bugambilias.

La misma que la había atravesado cuando Damián Montero entró al Gran Salón.

Su mano tembló.

No por vergüenza.

Su loba, en la oscuridad interior, emitió un sonido bajo.

No fue gemido.

No fue gruñido.

Fue un ronroneo profundo, satisfecho, imposible.

Valentina cerró los dedos sobre el pañuelo.

—Este hombre... —susurró.

No terminó la frase.

Porque todavía no sabía qué pregunta hacer.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play