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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 2: El extraño de la ciudad

La noche cayó sobre el valle como un manto oscuro y silencioso. Lucía permanecía despierta en su cama, mirando el techo de adobe mientras las sombras bailaban a la luz tenue de una vela. No podía dejar de pensar en él. En sus ojos grises, en su sonrisa burlona, en la forma en que su nombre había sonado en sus labios como si lo hubiera dicho toda la vida. Se dio la vuelta, apretando la almohada contra su pecho, y por primera vez sintió que el campo, ese lugar que siempre había llamado hogar, se le quedaba pequeño.

—¿Qué me está pasando? —susurró en la oscuridad.

Afuera, el canto de los grillos acompañaba sus pensamientos. Recordó el momento en que Sebastián había entrado a su casa, cómo su padre lo había recibido con desconfianza, cómo él había mantenido la compostura mientras ofrecía dinero por las tierras del norte. Don Justo se había negado rotundamente, como era de esperarse. Pero Sebastián no se había inmutado. Había sonreído con esa calma que lo caracterizaba y había dicho que volvería al día siguiente.

—No pienso vender ni una sola hectárea a un hombre de ciudad —había sentenciado su padre, cruzando los brazos—. Estas tierras son de mi familia y morirán conmigo.

Sebastián se había levantado, se había ajustado el traje y, antes de salir, había dirigido una mirada a Lucía que heló la sangre de don Justo. Esa mirada decía más que mil palabras. Decía que él no había ido solo por la tierra, sino también por la flor que crecía en ella.

Al día siguiente, Lucía madrugó más de lo habitual. Se levantó antes del canto de los gallos y se puso su vestido más bonito, aquel que guardaba para ocasiones especiales. Su padre aún dormía cuando ella salió al patio a regar las flores, pero sus ojos no miraban las plantas; miraban el camino, esperando ver una nube de polvo que anunciara su regreso.

Y el polvo llegó.

El coche negro apareció en la curva, tan imponente como el día anterior. Lucía sintió que el corazón se le salía del pecho. Sebastián bajó del vehículo con la misma elegancia, pero esta vez no llevaba traje. Vestía una camisa blanca de manga larga, los primeros botones desabrochados dejando ver su cuello bronceado. Llevaba pantalones oscuros y botas de cuero, y su cabello castaño estaba ligeramente despeinado por el viento. Lucía pensó que, incluso vestido de forma más informal, era el hombre más hermoso que había visto en su vida.

—Buenos días, Lucía —dijo él, acercándose con pasos seguros—. ¿Dormiste bien?

Ella tragó saliva y asintió, sin poder articular palabra.

—Supongo que tu padre no quiere verme —continuó, sonriendo—. Pero yo no he venido a verlo a él.

Lucía sintió que las mejillas le ardían.

—¿Entonces a qué ha venido, señor Sebastián?

Él dio un paso más, reduciendo la distancia entre ellos. Lucía pudo oler su perfume, una mezcla de madera y limón que la embriagó.

—He venido a conocerte a ti —dijo con voz baja—. A entender por qué anoche no pude dormir pensando en tus ojos.

Lucía dio un paso atrás, pero no por miedo, sino porque sentía que si no lo hacía, caería rendida ante él. Era todo tan rápido, tan intenso. Apenas se habían visto dos veces y ya él hablaba de sueños y miradas.

—Mi padre no permitirá que nos hablemos —respondió ella, con la voz temblorosa.

—Lo sé —dijo Sebastián, sin perder la sonrisa—. Pero tu padre no puede estar todo el día mirándote. Siempre hay momentos en los que él no mira, ¿verdad?

Lucía mordió su labio inferior. Sabía que su padre no tardaría en despertar, que los regaños caerían como lluvia si lo veía junto a aquel hombre. Pero también sabía que algo dentro de ella, algo que nunca había sentido antes, la empujaba a quedarse.

—Tienes que irte —dijo, mirando hacia la puerta de la casa—. Si papá te ve...

—Dame una oportunidad, Lucía —interrumpió él, tocándole suavemente la mano—. Solo una oportunidad. Permíteme mostrarte que no soy el monstruo que tu padre cree que soy.

Ella sintió el calor de sus dedos contra su piel, un calor que recorrió todo su cuerpo. Nunca un hombre la había tocado con tanta suavidad. Nunca una mirada la había hecho sentir tan especial.

—No sé —murmuró, bajando la cabeza—. No sé nada de ti, Sebastián. Podrías ser cualquiera.

—Tienes razón —admitió él, retirando la mano—. Y por eso quiero que me conozcas. Poco a poco, sin prisas. Pero con la certeza de que no soy un extraño, sino alguien que quiere estar en tu vida.

En ese momento, la puerta de la casa se abrió de golpe. Don Justo apareció con el rostro encendido por la ira, sosteniendo una escoba como si fuera un arma.

—¡Alejarse de mi hija, maldito forastero! —gritó—. ¿No le dije anoche que no quería verlo por aquí?

Sebastián alzó las manos en señal de paz.

—Señor Justo, solo quiero hablar con usted. Vengo con buenas intenciones, se lo juro.

—¿Buenas intenciones? —escupió el viejo—. He visto a muchos hombres como usted, llegando con sus trajes y sus coches a querer comprarlo todo. Y sé muy bien lo que buscan cuando miran así a mi hija. Pues le digo una cosa: esta niña no es para usted. No es para ningún hombre de ciudad. Aquí se queda, en el campo, donde no hay engaños ni maldades.

Lucía sintió que el mundo se le derrumbaba. Su padre hablaba de ella como si no estuviera presente, como si su opinión no valiera nada.

—Papá, por favor —intervino—, no es necesario que grite.

—Tú cállate —le espetó don Justo—. Entra a la casa ahora mismo.

Ella obedeció, pero antes de cruzar la puerta, se volvió a mirar a Sebastián. Él no parecía ofendido ni enojado. Solo la miró con una calma que le dio esperanza, y movió los labios diciendo en silencio: "Volveré".

Esa fue la promesa que la sostuvo durante los días siguientes. Sebastián cumplió su palabra. No regresó a la casa, pero empezó a aparecer en el pueblo, en la tienda de abarrotes, en la iglesia, en los caminos. Y en cada lugar, por casualidad o no, se encontraba con ella.

—Toma —le dijo un día, entregándole un pañuelo de seda blanca—. Es un regalo para que no me olvides.

—No necesito un pañuelo para recordarte —respondió ella, sonrojada.

Y él sonrió, porque supo que ya había ganado la batalla más importante: el corazón de Lucía.

Don Justo, por su parte, empezó a notar los cambios en su hija. La veía distraída, soñadora, con una luz en los ojos que no había visto desde que su madre murió. Y aunque sabía que esa luz era peligrosa, también entendió que no podría apagarla con regaños. Porque el amor, una vez que florece, no se arranca con violencia.

Así, entre miradas robadas y encuentros furtivos, Lucía y Sebastián fueron tejiendo un vínculo que desafiaba la voluntad de su padre. Pero el campo es pequeño, y los secretos siempre terminan por salir a la luz. Y cuando don Justo descubrió que su hija se veía a escondidas con el forastero, su paciencia se agotó.

—Vas a destruir su vida —le dijo a Sebastián la siguiente vez que lo vio—. No eres para ella, y ella no es para ti. Pero si insistes en quedarte, tendrás que hacerlo a mi manera.

Sebastián inclinó la cabeza, dispuesto a escuchar cualquier condición. Porque él también había perdido el sueño, y sabía que Lucía era la única mujer que podría hacerlo feliz.

—¿Qué debo hacer, señor Justo?

Don Justo lo miró a los ojos y, por primera vez, su dureza se resquebrajó.

—Si quieres a mi hija —dijo con voz grave—, tendrás que vivir aquí, en el campo. Aprender a trabajar la tierra. Dejar atrás tus lujos y tus comodidades. Solo así sabré que tu amor es verdadero.

Sebastián tragó saliva. La idea de dejar la ciudad, los negocios, su vida cómoda y privilegiada, era aterradora. Pero en su mente solo aparecía la imagen de Lucía, con sus ojos miel y su sonrisa tímida.

—Acepto —respondió sin dudar—. Viviré aquí el tiempo que sea necesario para demostrarle que mi amor por ella es sincero.

Don Justo no dijo nada más. Dio media vuelta y entró a la casa, dejando a Sebastián en el patio, mirando al horizonte. Sabía que lo que había pedido era casi imposible. Un hombre acostumbrado a las comodidades de la ciudad, a los negocios y a los lujos, no duraría más de una semana en el campo.

Pero Sebastián estaba decidido. Y esa decisión cambiaría su vida para siempre.

Lucía, desde la ventana de su habitación, había escuchado todo. Las lágrimas corrían por sus mejillas cuando entendió que Sebastián estaba dispuesto a sacrificarlo todo por ella.

—Te quiero —susurró en la noche, como si él pudiera oírla—. Te quiero más de lo que imaginé posible.

Y en algún lugar del valle, Sebastián sintió que el viento le traía ese susurro, y sonrió.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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