A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 16
Capítulo 16: El oficial
Mateo Reyes no se parecía a ningún hombre que Valentina hubiera conocido.
Se quedó en la habitación del hospital durante cuatro horas. No habló más de lo necesario. No intentó consolarla con frases vacías ni preguntarle sobre los Montero ni explicarle quién era él como si su apellido importara. Cuando Valentina tuvo hambre, bajó a la cafetería y le trajo un sándwich de jamón y un jugo de naranja. Cuando Santiago se despertó y pidió agua, Mateo se la sirvió sin hacer preguntas. Cuando una enfermera entró a cambiar las gasas, Mateo salió al pasillo y esperó con las manos detrás de la espalda y la vista en la pared como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Siempre eres así? —le preguntó Valentina cuando volvió a entrar.
—¿Así cómo?
—Tan... tranquilo.
Mateo se sentó y cruzó los tobillos.
—Soy militar. Nos entrenan para esperar. La mitad de mi trabajo es estar sentado en un lugar caliente esperando órdenes que nunca llegan.
—¿Y la otra mitad?
—Correr cuando las órdenes llegan.
Santiago, desde la cama, los observaba con los ojos entrecerrados. No había dicho nada desde que Mateo entró. Su silencio era calculado —Valentina ya conocía sus silencios— pero esta vez tenía un matiz distinto. No era el silencio del estratega que evalúa. Era el silencio del hombre que ve llegar a otro hombre y mide la distancia.
Alejandro llegó al mediodía. Saludó a Mateo con un abrazo breve —la clase de abrazo que se dan un padre y un hijo que se quieren pero no saben demostrarlo— y se sentó junto a la cama de Santiago.
—¿Cómo estás? —le preguntó a Santiago.
—Vivo. Decepcionado de estar vivo, pero vivo.
Alejandro no sonrió. Se giró hacia Valentina.
—Necesito hablar contigo. A solas.
Salieron al pasillo. Las luces fluorescentes zumbaban sobre sus cabezas. Alejandro se quitó los lentes, los limpió con el pañuelo y los volvió a poner —el ritual que Valentina ya reconocía como su forma de prepararse para decir algo importante.
—La protesta de ayer salió en todos los noticieros —dijo—. "Hija adoptiva de los Montero herida en disturbios." La prensa quiere una declaración. He organizado una rueda de prensa en el vestíbulo del hospital para esta tarde.
—¿Quieres que hable frente a las cámaras?
—Quiero que la gente vea que estás bien. Y quiero que vean que la Familia Montero no tiene miedo.
Valentina apretó los labios.
—La Familia Montero fue la que me puso en peligro.
Alejandro la miró por encima de los lentes. No preguntó qué quería decir. No la contradijo. Solo asintió con un movimiento lento, como un hombre que confirma algo que ya sospechaba.
—Hay otro asunto —dijo—. Mateo.
Valentina esperó.
—Cuando Sebastian propuso la alianza con mi familia, una de las condiciones era un matrimonio. Tú y Mateo. —Alejandro mantuvo su voz neutra, factual—. No es algo que yo apoye ni que te voy a obligar a aceptar. Pero necesitas saber que existe. Y necesitas decidir cómo quieres manejarlo.
Valentina miró hacia la puerta de la habitación donde Mateo seguía sentado junto a Santiago, con la misma calma de siempre.
—¿Él lo sabe?
—Sí. Se lo dije antes de mandarlo aquí.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que vendría a conocerte. No a reclamarte.
Valentina cerró los ojos un momento. Luego los abrió.
—No soy una mercancía —dijo—. No me voy a casar con alguien porque dos familias lo decidieron en una sala de juntas.
—Lo sé.
—¿Mateo también lo sabe?
—Pregúntale tú.
Valentina volvió a la habitación. Santiago fingía dormir. Mateo estaba leyendo una revista del hospital —una publicación de salud con un artículo sobre diabetes en la portada— con la atención de alguien que de verdad está leyendo.
—Mateo.
Levantó la vista.
—Sé lo de la boda —dijo Valentina—. Y la respuesta es no.
Mateo cerró la revista. No se sorprendió. No se ofendió. No cambió de postura ni de expresión. Solo la miró con esos ojos marrones claros que parecían incapaces de mentir.
—Está bien —dijo—. Si alguna vez cambias de opinión, estaré aquí. Y si no la cambias, también estaré aquí. Solo que de otra forma.
Valentina no supo qué responder a eso. En su experiencia, los hombres que recibían un rechazo reaccionaban con ira, con manipulación o con un silencio envenenado. Mateo Reyes reaccionó con respeto.
Era tan inusual que casi le pareció sospechoso. Pero cuando buscó el cálculo detrás de sus palabras —el ángulo, la trampa, el precio escondido— no encontró nada. Solo un hombre de veintiséis años con uniforme militar que había dicho "estaré aquí" como si fuera lo más sencillo del mundo.
En la cama, Santiago abrió los ojos. Los clavó en Mateo con una intensidad que Valentina reconoció: era la mirada que le dedicaba a Sebastian cuando quería marcar territorio. Mateo no la notó, o fingió no notarla. Santiago cerró los ojos de nuevo.
La rueda de prensa fue a las cinco de la tarde. Alejandro la acompañó al vestíbulo del hospital, donde una docena de micrófonos y cámaras esperaban frente a un podio improvisado. Valentina llevaba la misma camiseta gris manchada de sangre —Alejandro le había ofrecido ropa limpia y ella se había negado: "Que vean lo que pasó."
Los periodistas dispararon preguntas:
—¿Cómo se encuentra? ¿Fueron el blanco del ataque? ¿La Familia Montero tiene un comunicado?
Alejandro respondió las primeras tres preguntas con la fluidez de un político que ha dado mil entrevistas. Luego le cedió el micrófono a Valentina.
Valentina miró las cámaras. Las luces le calentaban la cara. Los micrófonos apuntaban hacia ella como armas amigables. Detrás de los periodistas, Mateo estaba recargado contra la pared con los brazos cruzados, observando con la misma calma paciente de siempre.
—Estoy bien —dijo Valentina. Su voz sonó firme en los monitores—. Gracias a Santiago Montero, que me protegió con su cuerpo. Y gracias al senador Reyes, que organizó la evacuación.
Pausa. Los flashes parpadearon.
—Pero quiero decir algo más.
Alejandro le lanzó una mirada de advertencia. Valentina la ignoró.
—Mi hermano mayor —dijo, y las palabras le salieron con la misma frialdad que había aprendido escuchando a Sebastian durante ocho años— es un desgraciado.
El silencio duró dos segundos. Luego los periodistas estallaron en preguntas simultáneas. Los flashes se dispararon como fuegos artificiales. Alejandro cerró los ojos un instante.
Valentina se bajó del podio y caminó hacia la salida sin responder nada más. Julia la esperaba en la puerta con el Volkswagen blanco y la curita de Hello Kitty todavía en la frente.
—Acabo de ver eso en vivo —dijo Julia—. Estás loca. Súbete.
En la Hacienda Montero, Sebastian estaba sentado en su estudio frente al televisor. La imagen de Valentina en la pantalla —la camiseta manchada de sangre, los ojos directos a la cámara, las dos palabras que ahora se repetían en cada canal— se congeló cuando presionó pausa.
Mi hermano mayor es un desgraciado.
Sebastian miró la pantalla durante un largo rato. Su expresión no era de furia. No era la mandíbula trabada ni los puños cerrados que Valentina ya conocía. Era algo más quieto, más profundo, como el momento antes de que un volcán decide si hace erupción o se traga su propia lava.
Levantó el teléfono.
—Tráela aquí —dijo—. Ahora.