Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 15
Después del trabajo, Lucía fue al shopping a comprar ropa de invierno para el viaje.
No tenía casi nada adecuado. Seúl iba a estar frío y ella venía de semanas viviendo entre cajas, hospitales y problemas.
En una tienda de abrigos se cruzó con Inés.
Lucía la conocía como Inés, amiga de Clara y profesora universitaria. De chica le había enseñado caligrafía durante dos veranos. Siempre había sido elegante sin esfuerzo, de esas mujeres que no levantan la voz porque no lo necesitan.
—¡Lucía! —dijo Inés, abrazándola—. Estás enorme. Y preciosa.
—Inés, qué sorpresa.
—Vine a comprarle ropa a mi hijo. Mañana viaja y, si depende de él, se lleva tres camisas negras y cara de funeral.
Lucía se rio.
—Conozco el tipo.
Pasearon juntas un buen rato. Inés le pidió opinión para suéteres, bufandas y un abrigo. Lucía eligió piezas sobrias, buenas, fáciles de combinar. Inés, a cambio, le hizo probar medio local.
—Clara siempre decía que eras friolenta.
—Mi mamá exagera.
—Las madres no exageramos. Registramos.
Se despidieron cerca de las ocho. Inés intentó invitarla a cenar, pero Lucía recordó tarde que Mateo había dicho que comería en casa.
Cuando subió al auto, vio llamadas perdidas.
Marido.
La palabra seguía pareciéndole ajena.
Llamó.
—Me colgué en el shopping. Me crucé con una conocida de mi mamá.
—¿Cuándo volvés?
—Diez minutos.
—Te espero.
Cortó y miró el celu un segundo más.
Alguien la esperaba para cenar.
Qué cosa rara.
Antes de irse compró tulipanes.
En la cochera de la casa, Mateo estaba de pie junto al auto.
—¿Desde cuándo estás acá?
—Hace un rato.
—¿Esperándome?
—Sí.
Lucía le tendió las flores.
—Son para vos.
Mateo miró el ramo con un cuidado raro.
—Gracias.
La abrazó.
Lucía se puso rígida al principio. Después apoyó las manos en su espalda.
El abrazo no fue invasivo. No la empujó a nada. Solo la sostuvo.
Eso la desordenó más que un beso.
En la cena, Mateo le contó que Bruno seguía en el sanatorio, pero que la denuncia no había dejado antecedentes porque su familia había movido contactos.
Lucía apretó los cubiertos.
—No se va a quedar quieto.
—Lo sé.
—No quiero que lo mates.
—No prometo si vuelve a tocarte.
Ella le contó entonces todo lo del auto: la cámara, Valentina, el taller del tío, el compromiso cancelado.
Mateo escuchó sin interrumpir.
—Buena jugada —dijo al final.
—¿No te parece horrible?
—Me parece limpia.
Lucía lo miró.
—Tenés estándares raros.
—Y vos puntería.
Más tarde, en el estudio, ella buscó la caja de bocetos que Simón había traído de la mudanza. Mateo la encontró en un estante y se la dio.
—No preparaste nada para Seúl.
—Tengo archivos viejos.
—¿Viejos buenos?
—Muy buenos.
Se sentó en el sofá y abrió la caja. Mateo se ubicó a su lado, demasiado cerca para que ella pudiera fingir normalidad. Lucía empezó a pasar hojas. Él tomó una.
—Este trazo...
Lucía se la sacó rápido.
—Cuando elija, te muestro.
Mateo la miró con interés.
—¿Dónde vi algo parecido?
—En tus sueños de empresario controlador.
Él sonrió apenas y volvió a su escritorio.
Lucía guardó las hojas más comprometedoras. Varias eran de La Despistada.
En el escritorio de Mateo, los tulipanes quedaron en un florero. Esa noche subió una foto a su estado:
"Bien."
Simón le escribió a Lucía:
Simón: ¿Esas flores son tuyas? El jefe las miró toda la reunión.
Lucía miró a Mateo desde la mesa. Él comía como si nada.
—Me miraste trece veces —dijo.
Lucía se atragantó.
—¿Las contaste?
—Sí.
—Tenés problemas.
—Varios.
—Sos lindo.
La frase salió sola.
Mateo dejó de masticar.
Lucía también.
Desde la cocina, Marta soltó una risa y se fue.
Mateo bajó la vista al plato.
—Gracias.
Lo dijo tan serio que Lucía tuvo que morderse la lengua.
Esa noche, al preparar la valija, Mateo revisó todo: abrigo, medias, medicación, documentos, adaptador, ropa interior. Lucía miró la lista y sintió un nudo.
—¿Qué hice? —preguntó él.
—Nada.
—Eso suele ser peor.
—Nadie me preparó una valija.
Mateo no se movió enseguida. Después le acarició el pelo.
—Ahora sí.
Al otro día, cuando bajó a desayunar, encontró a Inés en el living.
Lucía frenó.
—¿Inés?
Mateo, al lado, dijo:
—Mamá.
Lucía miró a uno y a la otra.
—No.
Inés la abrazó, feliz.
—¡Mirá vos! Tantos años diciéndole a Clara que su hija era preciosa y terminé con ella de nuera.
Lucía quiso esconderse detrás del termo.
El mundo era chico.
Demasiado chico.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕