Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La furia del sol: el Olimpo arde
El palacio de Apolo no se quedó en silencio tras su partida. Se llenó de un silencio pesado, cargado de electricidad, como si el propio aire supiera que algo se había roto para siempre. Apolo salió al exterior, al atrio de mármol blanco donde solía recibir a los mortales, y alzó la vista hacia el cielo que él mismo iluminaba cada día. Y entonces, gritó. No un grito de dolor, ni de tristeza. Fue un rugido de furia pura, desgarrador, que sacudió los cimientos del Olimpo entero.
—¡MENTIRA! —bramó, y su voz resonó en cada rincón, haciendo temblar las estatuas y vibrar las columnas—. ¡TODO FUE MENTIRA!
Alzó las manos hacia el sol, y la luz que él gobernaba respondió a su ira. El astro rey, que siempre brillaba con calma dorada, se encendió de golpe con una intensidad cegadora, un resplandor blanco y furioso que quemó el cielo. Rayos de luz pura, ardiente y destructiva, cayeron sobre el palacio, no al azar, sino con propósito: derribaron las estatuas de Afrodita que adornaban los jardines, derritieron las fuentes que ella había regalado, quemaron cada flor que ella había tocado. El fuego sagrado del sol, aquel que debía ser luz y vida, se convirtió en llamas de juicio, consumiendo todo rastro de ella.
Los dioses salieron de sus aposentos, alarmados, asustados, viendo cómo el palacio del sol ardía bajo el fuego de su propio dueño. Nada se acercaba a él. Nadie se atrevía a interponerse en su camino. Porque cuando un dios pierde todo lo que ama, su furia es más terrible que cualquier tormenta, más destructiva que cualquier cataclismo. Y Apolo lo había perdido todo: su fe, su amor, su cordura, y la única persona que lo habría salvado de sí mismo.
—¡CÓMO PUDISTE! —gritó al cielo, como si ella pudiera escucharlo—. ¡ME HICISTE ODIARLA! ¡ME HICISTE SER SU ENEMIGO! ¡Y ELLA… ELLA ME AMÓ AUN ASÍ!
Cerró los puños, y una ola de calor abrasador se expandió por toda la montaña sagrada. Las puertas del palacio principal se derritieron. Los árboles centenarios se secaron en un instante, convertidos en cenizas. El Olimpo, el reino de la luz y la perfección, empezó a arder. No con fuego mortal, sino con la furia de un dios traicionado, de un hombre que había descubierto que toda su vida no había sido más que una farsa bien actuada.
Dentro de la sala, Afrodita, aún sostenida por Zeus y Deméter, escuchó cada palabra, cada rugido, cada estruendo de la destrucción que él estaba causando. Y sintió miedo. Un miedo profundo, primitivo, porque comprendió que el hombre que ella había creído suyo, suave y moldeable, había desaparecido para siempre. Y en su lugar quedaba algo terrible: un dios sin cadenas, sin amor, sin nada que perder.
—Se está destruyendo a sí mismo —murmuró Zeus, con la frente arrugada, mirando por la ventana cómo las llamas doradas devoraban los jardines—. Y nos destruirá a todos si no lo detenemos.
—Déjalo —dijo Deméter, con voz extraña, baja y pesada—. Lo que siente… es justo. Tardó demasiado en ver la verdad. No le quites el derecho a gritarla.
—¿Justo? —repitió Zeus, mirándola con severidad—. ¿Que destruya el Olimpo por un desamor?
—No es un desamor —corrigió ella, bajando la mirada hacia Afrodita, que sollozaba con la espalda destrozada—. Es el arrepentimiento de quien se dio cuenta demasiado tarde de que la tenía todo y lo tiró por la ventana por una mentira. Y la culpa, Zeus… la culpa quema más fuerte que su fuego.
Afrodita se apartó de ellos con dificultad, cojeando, cada movimiento un dolor agudo que le recordaba cada latigazo, cada palabra de desprecio. Pero el dolor físico no era lo que más le dolía. Era la certeza de que lo había perdido. Para siempre. Que las mentiras que la habían puesto en su trono ahora la habían derribado de él. Y mientras escuchaba los gritos de él, el sonido de su mundo desmoronándose, algo oscuro y venenoso creció en su pecho, igual de fuerte que la furia de Apolo, pero frío, calculador, mortal.
—No… —susurró, apretando los dientes, las lágrimas mezcladas con la sangre de sus labios rotos—. No me vencerás así. No dejaré que ella gane. Si yo no puedo tenerte… si tú la prefieres a ella… entonces ella tampoco tendrá nada. Ni tú, ni tu luz, ni su felicidad… nada.
Se giró hacia la salida, ignorando el dolor, ignorando a Zeus y Deméter, con los ojos brillando de un odio frío y letal.
—Esto no termina aquí —prometió, más para sí misma que para nadie—. Guerra. Habrá guerra. Y veremos quién ríe al final.
Fuera, el fuego empezó a bajar lentamente, como si él mismo se hubiera consumido con su propia ira. Apolo quedó de pie en medio de lo que antes era su paraíso, ahora cenizas y humo, con las manos caídas a los costados, sin fuerza, sin rabia ya, solo un vacío inmenso y helado. Miró hacia el horizonte, hacia la tierra, hacia el Inframundo, donde ella estaba. Donde estaba a salvo. Donde era amada de verdad. Y supo que nunca podría volver a mirarla a los ojos. Que nunca podría pedirle perdón lo suficiente. Que lo que rompió… no tenía reparación.
—Perséfone… —susurró al viento, con la voz rota—. Si pudiera volver atrás… cambiaría cada segundo. Te elegiría a ti. Siempre a ti. Antes que el sol, antes que el Olimpo, antes que todo. Perdóname. Por favor… perdóname.
Pero el viento no le devolvió respuesta. Solo el silencio de quien ya no le debía nada. Y el sol, su sol, siguió brillando sobre el mundo, pero ya no con la misma calidez. Algo se había apagado dentro de él para siempre. Y el Olimpo, aquel día, entendió que la luz más brillante… cuando se rompe, se convierte en la oscuridad más absoluta.