Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 15: La tormenta pública
La mañana llegó no con luz suave, sino con el zumbido incesante de notificaciones. Cuando abrí los ojos, el celular vibraba sobre la mesa de noche, una y otra vez, sin detenerse. Lo tomé con manos aún somnolientas y vi lo que ya sabía que iba a pasar: la información se había esparcido como un incendio forestal. El sitio web del periódico local, las redes sociales, los foros escolares, todo estaba inundado con los documentos, las transferencias, los registros bancarios y el testimonio de Mara. Los comentarios se contaban por miles, creciendo cada segundo, y el titular principal lo decía todo en letras grandes y negras: ¿FRAUDE EN EL REINADO DE WESTFORD? LAS PRUEBAS QUE NADIE QUERÍA VER.
Me levanté de un salto, con el corazón acelerado. No había vuelta atrás. Lo habíamos lanzado al mundo, y ahora el mundo respondía. Salí al pasillo y vi a mi madre con el celular en la mano, mirándome con los ojos muy abiertos.
—Emma… todo esto que está saliendo en las noticias… ¿tú sabes algo?
Respiré hondo y asentí, sin intentar ocultarlo.
—Sí, mamá. Son pruebas reales. Y hay mucho más que todavía no se ha dicho. Tengo que irme.
—¿Es peligroso? —preguntó, poniéndose de pie—. Si ellos… si la gente de la que hablas se entera de que fuiste tú…
—Ya lo saben —dije, tomando mi mochila—. Pero no puedo esconderme. Si me escondo, ellos ganan. Y hay demasiada gente que necesita saber la verdad. Te prometo que tendré cuidado.
Llegué a la escuela y el ambiente era distinto a cualquier otro día. No había risas ni conversaciones normales. Todos caminaban mirando sus teléfonos, susurraban, señalaban. Al pasar por el pasillo principal, vi el cartel de Westford en la pared, con la foto de Lila y el entrenador Márquez, y sentí cómo la gente miraba de ese cartel a mí, de vuelta y vuelta. Sabían. Quizás no podían probarlo, pero lo sabían.
Me reuní con Zoe, Lucas y Mara en el rincón más alejado de la cafetería. Estaban igual de alterados que yo, con las tazas de café sin tocar frente a ellos.
—Está explotando todo —dijo Lucas, bajando la voz—. El consejo deportivo anunció hace diez minutos que abren una investigación oficial. Y varios patrocinadores ya dijeron que retiran su apoyo a Westford. Se están derrumbando, Emma. Justo como queríamos.
—Pero no se rinden —añadió Mara, con el rostro tenso—. Lila publicó una declaración hace un momento. Dice que todo es información robada y manipulada, que ustedes la crearon para vengarse porque ella no las dejó entrar a Westford. Dice que yo fui obligada a mentir bajo amenaza.
Me pasé una mano por el cabello, pensando rápido. Era exactamente lo que esperaba que hiciera. Negarlo todo, culparnos a nosotras, presentarse como víctima.
—Claro que lo va a decir —respondí—. Es su única defensa. Pero mientras más mienta, más se nota que oculta algo. La gente no es tonta. Las pruebas están ahí, escritas con sus propios números, sus propias firmas. No se pueden borrar.
—El entrenador Márquez no vino hoy —dijo Zoe—. Dicen que está en reuniones con abogados todo el día. Y Lila… la vi entrar hace un rato. No parecía la misma. No llevaba el uniforme impecable de siempre. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado toda la noche. Pero no de arrepentimiento. De rabia pura.
En ese momento, vi a Lila al otro lado de la cafetería. Estaba de pie, sola, con todos mirándola, murmurando a su alrededor. Nos miró a los cuatro, y su mirada era de fuego, de un odio tan intenso que dolía recibirlo. No se acercó. No gritó. Solo se quedó ahí, clavándome los ojos, y luego salió de la cafetería con paso rápido, como si no pudiera soportar estar en el mismo espacio que nosotras.
—Me da miedo —confesó Mara, bajando la voz—. No sé qué es capaz de hacer ahora que todo se le cae encima. En la otra vida… ¿hizo algo así?
—En la otra vida, nunca llegamos a este punto —le recordé—. Yo nunca descubrí lo suficiente como para que se viera obligada a defenderse. Esta vez, la empujamos hasta la pared. Y una persona acorralada es la más peligrosa de todas. Tenemos que estar alerta. No vayan solos a ningún lado. Cambiemos las rutas a casa. Y si ven algo raro, me avisan de inmediato.
Las horas siguientes fueron una mezcla de vértigo y satisfacción. Las noticias se actualizaban constantemente: nuevos documentos aparecían, testigos que antes callaban empezaron a hablar, periodistas investigadores pedían entrevistas. El imperio que habían construido sobre mentiras y miedo se desmoronaba a una velocidad impresionante. Pero con cada noticia nueva, con cada comentario que los condenaba, sentía también cómo la tensión crecía dentro de mí. Sabía que mientras más cerca estuviéramos de la victoria final, más cerca estaríamos del peligro más grande.
Al final de las clases, la directora me llamó a su oficina. Cuando entré, me indicó que me sentara, y me miró con una expresión seria pero no hostil.
—Emma, lo que está pasando es muy grave —empezó—. Hay acusaciones muy serias de ambos lados. El entrenador Márquez y su hija han presentado una denuncia por difamación contra ustedes tres y contra Mara. Afirman que toda la información fue falsificada por ustedes con el fin de destruir su reputación y ganar la competición estatal por despecho.
—No es cierto —dije con calma—. Las pruebas son reales. Y tenemos más. Si necesitan ver los originales, si necesitan hablar con testigos, con personas que trabajaron con ellos y vieron lo que hacían, podemos ayudar. Pero no vamos a callarnos solo porque ellos mienten.
—Lo sé —asintió ella—. Y por eso la investigación está en marcha. Pero también debo advertirles: ellos no van a dejar esto así como así. Tienen recursos, abogados, gente que los protege. Mientras dure la investigación, les recomiendo mantenerse alejados de Westford, de Lila y del entrenador. No quiero que nadie salga herido. Física ni emocionalmente.
Salí de la oficina con la mente girando a mil revoluciones. Una denuncia por difamación. Era su movimiento desesperado, intentando usar el sistema legal para silenciarnos. Pero no nos iban a asustar. Teníamos la verdad de nuestro lado, y la verdad, aunque fuera lenta, siempre gana.
Caminé hacia la salida, esperando a Zoe, Lucas y Mara, cuando vi una figura parada junto a mi auto. Era Lila. Se había quedado esperándome. No llevaba puestas las gafas de sol ni la máscara de capitana perfecta. Estaba pálida, con el cabello desordenado y los ojos rojos.
—¿Estás contenta? —me preguntó, con voz quebrada—. ¿Lo has conseguido? Todos nos odian. Todo lo que construimos se está cayendo en pedazos. ¿Es esto lo que querías?
—Quería justicia, Lila —respondí, sin acercarme demasiado—. Quería que dejaran de hacer daño a la gente. Tú y tu padre decidieron construir todo sobre mentiras y robo. No es mi culpa que se derrumbe.
—Podríamos haber sido invencibles —susurró, y por un instante creí que iba a llorar—. Si te hubieras quedado, si hubieras aceptado estar de mi lado… nada de esto habría pasado. Éramos mejores juntas.
—No —le dije con firmeza—. Éramos tú mandando y yo callando. Eso no es ser mejores juntas. Eso es ser esclava de tu ambición. Y esta vez, no voy a callar.
Ella me miró, y vi cómo la tristeza se transformaba de nuevo en furia, en esa misma frialdad que conocía tan bien.
—Entonces que así sea —dijo, dando un paso atrás—. Pero recuerda esto, Emma: tú empezaste la guerra. Y yo no sé rendirme. No sé cómo hacerlo. Así que prepárate. Porque lo que viene ahora… no te va a gustar nada.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome con un frío que me caló los huesos. Sus palabras no eran una amenaza vacía. Era una promesa. Y sabía que iba a cumplirla. Llegaron los demás, y nos fuimos juntos, en silencio, conscientes de que la tormenta no había terminado. Apenas estaba empezando. Y la parte más oscura, la más peligrosa, todavía estaba por llegar.