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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:679
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

9

El calor de esa tarde de verano había vuelto insoportable el taller entero, con los ventiladores del techo apenas moviendo el aire caliente de un lado a otro sin refrescar realmente nada. Paulo llevaba horas cargando rollos de tela de un lado a otro del almacén, con la camisa ya pegada a la espalda de sudor, cuando se agachó a recoger uno de los rollos que se le había caído al piso y el cuello de la camisa, ya suelto por el calor y el trabajo, se le corrió lo suficiente hacia un lado como para dejar a la vista, por apenas un par de segundos, la marca que llevaba en la base del cuello, una cicatriz pequeña, ya curada del todo pero todavía visible, con esa forma particular que cualquiera familiarizado reconocería de inmediato.

Jhony, que en ese momento le alcanzaba otro rollo de tela desde la estantería, se quedó paralizado un segundo entero, con los ojos fijos en ese punto exacto del cuello de Paulo antes de que la camisa volviera a acomodarse en su lugar.

—¿Pasa algo? —preguntó Paulo, notando el silencio repentino, ya de pie con el rollo entre los brazos.

—No, nada. —Jhony parpadeó, recomponiéndose con una rapidez que casi logró disimular del todo lo que acababa de sentir—. Se me cayó algo, nada más.

No se le había caído nada.

Terminaron de acomodar los rollos en silencio, con Jhony más callado de lo habitual, respondiendo a los comentarios de Paulo con monosílabos que no eran nada parecidos a su charla constante de costumbre. Paulo lo notó, aunque lo atribuyó al calor sofocante del almacén, sin sospechar que la verdadera causa tenía mucho menos que ver con la temperatura y mucho más con la certeza fría que acababa de instalársele en el pecho.

...***************...

Encontró a su abuelo esa misma tarde, ya casi de noche, en la pequeña oficina del piso superior donde Octavio solía quedarse hasta tarde revisando cuentas que ya nadie más se molestaba en revisar con él. Se sentó frente al escritorio sin decir nada al principio, con las manos entrelazadas entre las rodillas, mirando un punto indefinido de la pared.

—¿Qué tienes? —preguntó Octavio, sin levantar la vista todavía de los papeles.

—Nada.

—Jhony.

—Vi la marca. —Lo dijo de golpe, sin ningún preámbulo, con la voz más apagada de lo que Octavio le había escuchado en mucho tiempo—. La de Paulo. En el cuello.

Octavio dejó la pluma a un lado, quitándose los anteojos con ese gesto lento que usaba cuando necesitaba pensar bien una respuesta antes de darla.

—Ya sabías que estaba casado, Jhony. No es ninguna noticia nueva.

—Lo sé. Pero es distinto verlo. —Se pasó una mano por el cabello rubio, revolviéndolo todavía más de lo habitual—. Casado se puede deshacer, en teoría. Marcado es distinto. Marcado es para siempre, ¿no? Eso es lo que se supone que significa.

—Generalmente sí.

Jhony se quedó callado un momento largo, con los ojos verdes fijos en algún punto del escritorio, luchando visiblemente con algo que no terminaba de encontrar la forma correcta de decir. Cuando finalmente habló, la voz le salió quebrada de una forma que Octavio no le escuchaba desde que era mucho más chico.

—Me gusta, abuelo. Desde hace meses. Más de lo que debería, considerando que es la persona equivocada de todas las personas posibles que podrían gustarme.

Octavio no pareció sorprendido, algo que Jhony, en medio de su propio desahogo, tampoco llegó a notar del todo.

—Lo sospechaba, la verdad. Se te nota, cuando hablas de él.

—¿Tan obvio soy?

—Bastante, sí. —Se levantó de su silla, rodeando el escritorio para sentarse en el borde, más cerca de su nieto—. ¿Y qué piensas hacer con eso?

—No sé. No hay nada que hacer, ¿no? Está felizmente casado, marcado, enamorado de su esposo desde que tienen memoria. No hay ningún espacio ahí para mí, ni lo va a haber nunca.

—Entonces, ¿qué necesitas?

Jhony se quedó pensando la respuesta un momento largo, antes de decirla, como si recién en ese instante terminara de encontrarle forma a una idea que llevaba rondándole la cabeza sin admitirla del todo.

—Necesito alejarme, necesito poner distancia real, antes de que esto se vuelva algo que no pueda manejar bien quedándome tan cerca todos los días.

Octavio asintió despacio, con esa sabiduría cansada de quien ha visto pasar suficientes corazones rotos como para reconocer cuándo alguien necesita, de verdad, alejarse un tiempo antes de poder sanar cerca.

—Hay un programa de intercambio con una universidad en el extranjero. Podría conseguirte un lugar, si de verdad estás decidido.

—¿Así de fácil?

—Nada de esto va a ser fácil, Jhony. —Le puso una mano en el hombro, con un peso cálido que Jhony agradeció sin decirlo—. Pero al menos la parte logística puedo resolvértela yo. El resto, lo que sientes, eso te va a tomar más tiempo del que cualquier boleto de avión puede arreglar.

—Lo sé.

—¿Y qué le vas a decir a Paulo?

Jhony se quedó callado, mirando sus propias manos, ya imaginando la mentira que tendría que sostener frente a alguien que confiaba en él sin ninguna reserva.

—La verdad no. No puedo decirle la verdad.

—Vas a tener que mentirle, entonces.

—Sí y no, solo diré lo necesario. —La palabra le salió pequeña, cargada de una culpa que ya empezaba a instalársele encima antes siquiera de decir la primera mentira en voz alta—. Prefiero eso a que sepa lo que en realidad siento y que todo se vuelva raro entre nosotros. Prefiero que me recuerde como el hermanito molesto que se fue a estudiar, no como el amigo que se enamoró de la persona equivocada.

Octavio no dijo nada más, solo lo abrazó, dejando que su nieto se apoyara contra él un momento, con esa clase de consuelo silencioso que no necesitaba palabras adicionales para transmitir todo lo que sentía.

...***************...

Se lo dijo a Paulo dos semanas después, con una naturalidad tan bien actuada que Paulo no tuvo ninguna razón para sospechar que detrás de esa calma había algo mucho más pesado escondido.

—Me voy a estudiar afuera. Conseguí una beca, medio milagrosa, para una universidad en el extranjero.

Paulo dejó lo que hacia a un lado, con una sorpresa genuina cruzándole la cara.

—¿En serio? ¿Cuándo te enteraste?

—Hace unas semanas. No quería decir nada hasta estar seguro.

—Jhony, eso es increíble. —Se levantó para abrazarlo, con un orgullo tan real que a Jhony le costó sostenerlo sin que se le quebrara algo en el pecho—. ¿Cuándo te vas?

—En un mes.

—¿Tan pronto?

—El programa empieza pronto, no hay mucho margen. —Jhony le devolvió el abrazo, cerrando los ojos un segundo, grabándose ese momento con más atención de la que jamás había prestado a nada—. Voy a extrañar esto.

—Te vamos a extrañar por aquí. —Paulo se separó, todavía sonriendo, sin ninguna idea de la despedida real que se estaba dando bajo la superficie de esa conversación—. Pero vas a volver de visita, ¿verdad? No es que te vayas para siempre.

—Obvio que voy a volver. —La mentira le salió suave, casi sin esfuerzo, con esa misma facilidad que había perfeccionado durante meses enteros de esconder cosas más grandes detrás de sonrisas fáciles—. Nadie se libra de mí tan fácil.

Jhony se permitió, disfrutar de la calidez que le transmitía Paulo una última vez, sin decirle cuánto le costaba sonreír de verdad mientras contaba los días que le quedaban antes de tener que irse de la única vida que, en el fondo, hubiera preferido quedarse a vivir para siempre.

...***************...

El día de la partida, Paulo insistió en acompañarlo hasta el aeropuerto, a pesar de las protestas de Jhony de que no hacía falta, que era una tontería perder toda una mañana de trabajo por una despedida que de todas formas no iba a ser definitiva. Fueron los tres, con Octavio esperándolos ya en la terminal, vestido con un traje demasiado formal para un simple aeropuerto, secándose los ojos con un pañuelo que ya llevaba usado varias veces antes de que Jhony siquiera llegara.

—No llores, abuelo, todavía no me subo al avión.

—No estoy llorando, tengo algo en el ojo.

Jhony se rió, abrazándolo fuerte, con una despedida cargada de un cariño que no necesitaba palabras adicionales entre los dos, mientras Paulo esperaba a un lado, dándoles el espacio que la escena merecía. Cuando finalmente le tocó el turno a Paulo, Jhony se quedó parado frente a él un momento largo, con las maletas ya facturadas y el vuelo anunciándose en los parlantes del fondo, sin encontrar de inmediato las palabras que llevaba días ensayando en su cabeza.

—Bueno. Supongo que esto es todo.

—No es "todo", es un "hasta pronto". —Paulo lo abrazó, apretándolo fuerte, con esa calidez fraternal que Jhony había aprendido a atesorar incluso sabiendo todo lo que escondía detrás—. Vas a escribirme, ¿verdad? No me dejes sin noticias como si te hubiera tragado la tierra.

—Te voy a escribir. Lo prometo.

Se separaron, y Jhony se permitió, en ese último segundo antes de que la distancia formal se reinstalara entre los dos, mirarlo de una forma que ya no intentó disimular del todo: memorizando la cara, la sonrisa, esos ojos color miel que probablemente iba a extrañar más que cualquier otra cosa de la vida que dejaba atrás.

—Cuídate mucho, Paulo. En serio.

—Tú también. Y no repruebes ningún curso allá también, y dale una oportunidad a los números.

Jhony se rió, con una risa genuina que le alivianó un poco el peso del pecho. Caminó hacia el control de seguridad sin voltear a mirar atrás, porque sabía, con una certeza absoluta, que si volteaba y veía a Paulo ahí parado despidiéndolo con la mano, no iba a encontrar el valor de seguir caminando.

Desde lejos, Paulo lo vio desaparecer entre la fila de pasajeros, agitando la mano aunque Jhony ya no pudiera verlo, con una tristeza genuina instalándosele en el pecho por la ausencia que se avecinaba, sin ninguna idea de que esa tristeza, comparada con lo que Jhony cargaba consigo en ese avión, era apenas una fracción pequeña de todo lo que realmente se estaba quedando atrás esa mañana.

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