Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Veneno de la Corte
Rose se encerró en su antigua habitación con Bella, bloqueando la puerta con una silla, a sabiendas de que para un ser como John, eso era apenas un inconveniente. Necesitaba pensar. Necesitaba procesar que su hija era mitad vampiro y que la mujer que acababa de ver, la supuesta "prometida", la odiaba con una intensidad que olía a sangre.
—Mami, ¿por qué esa señora tiene los ojos fríos? —preguntó Bella, sentada en la cama de seda.
—Porque no sabe lo que es el calor, cariño —respondió Rose, abrazándola—. Pero no te preocupes. Mamá va a redactar un contrato que ni siquiera un Rey podrá romper.
Mientras Rose buscaba papel y bolígrafo para empezar su estrategia de chantaje legal, en la planta baja, la tensión entre John y Edith llegaba a su punto de ebullición. John había arrastrado a Edith a su despacho privado, cerrando las puertas con tal fuerza que los cristales vibraron.
—No vuelvas a hablarle así, Edith —rugió John, su voz era un trueno que parecía salir de las profundidades de la tierra—. Rose y la niña están bajo mi protección personal. Si les ocurre algo, no me importará quién sea tu padre o qué diga el Consejo. Te arrancaré el corazón antes de que puedas pedir clemencia.
—¿Protección? —Edith no retrocedió. Su ambición era tan grande como su linaje—. Estás arriesgando el trono por una humana que te abandonó. El Consejo de Ancianos ya sabe que están aquí, John. Mi padre no aceptará que una mestiza sea tu heredera cuando yo estoy destinada a ser tu Reina por legado.
—Yo no tengo Reina —sentenció John, acercándose a ella con una agresividad que hizo que incluso Edith palideciera—. Y si alguna vez decido tener una, será la mujer que fue capaz de huir de mí durante cinco años y sobrevivir, no una niña mimada que depende de las reglas de unos viejos que se pudren en sus tumbas.
John salió del despacho, dejando a Edith consumida por una rabia negra. Ella sabía que no podía atacar a Rose directamente por ahora, pero conocía los hilos que Rose había dejado sueltos. Rose creía que se había ocultado sola, pero Edith había sido su guardiana silenciosa, borrando rastros para que John no la encontrara antes de que Edith pudiera consolidar su poder. Ahora que el encuentro se había producido por "error", Edith tenía que cambiar de táctica.
Subió a sus aposentos y llamó a su padre, Viktor, el segundo al mando de la Estirpe.
—Padre, el Rey ha traído a la humana. Y tiene una hija —dijo Edith al teléfono—. Es hora de acelerar el plan. Necesito que el Consejo exija una "Prueba de Pureza" para la niña. Sabes que no la pasará. Y cuando falle, la ley de la Estirpe exigirá su eliminación.
Edith miró por la ventana hacia el ala de Rose.
—Disfruta de tu "trato", abogada. No sabes que en esta casa, el papel no sirve de nada cuando se escribe con sangre.
Mientras tanto, Rose terminaba de escribir la primera cláusula de su nuevo contrato: "Cualquier intento de daño físico o psicológico hacia Bella Blake-Smith resultará en la ejecución automática de la difusión masiva de la ubicación de los santuarios de la Estirpe a las agencias de inteligencia globales". Rose sonrió con amargura. Si John era un Rey, ella iba a ser la mujer que liderara la revolución.