Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Estrategias de Guerra y Delicias del Inframundo
Eleanor Bianchi
La atmósfera en la sala principal de la mansión Bianchi era eléctrica, cargada de una tensión que casi podía palparse. El aire olía a la cera de las velas que se consumían y al aroma metálico de la magia de Gio, que llenaba los rincones como una niebla invisible. Estábamos los cinco reunidos: Gio, con su arrogancia real; Azrael, elegante y letal; Perseo, el guardián recuperado; y Paipper, que aunque pequeño, mantenía una mirada de determinación que nunca antes le había visto.
Sobre la mesa de roble oscuro, un mapa del inframundo se extendía mostrando las rutas comerciales y las fortalezas de los grandes ducados. Era el momento de dejar de ser presa y convertirnos en cazadores.
— Bien —comencé, apoyando las manos sobre la madera—. Sabemos que Odette y Roberta tienen todo en marcha. El golpe de estado es inminente y la reina está en el punto de mira. Si no actuamos ahora, este mundo se sumirá en un caos que no podré controlar, y mucho menos sobrevivir.
Comenzamos a debatir cada opción posible. Propuse fortificar la mansión, pero Gio descartó la idea de inmediato alegando que sería como encerrarnos en nuestra propia tumba. Azrael sugirió un ataque preventivo a las tierras del palacio de Ismorth, pero no teníamos pruebas suficientes para que la guardia real no se volviera contra nosotros.
— Todo esto son suposiciones —interrumpió Perseo, adelantándose con el ceño fruncido—. ¿Cómo sabremos en qué momento actuar si no tenemos idea de lo que nos espera realmente? Estamos ciegos. Necesitamos ojos dentro de su círculo íntimo.
Miré a Perseo y luego desvié la vista hacia Azrael. Una idea, arriesgada pero brillante, empezó a tomar forma en mi mente de escritora.
— Es por eso que tengo una idea —dije, captando la atención de todos—. Azrael, quiero que te transformes en ese demonio cuervo de Odette. El que Gio molió a golpes.
Azrael dio un paso atrás, con una mueca de absoluto asco que hizo que sus colmillos de vampiro asomaran ligeramente.
— ¿Por todo el infierno? —exclamó con desagrado—. ¿Quieres que me convierta en esa aberración emplumada de clasificación A? Mi dignidad tiene un límite, Ama.
— Sé que no te gusta, ya que yo te obligaba a transformarte en el... —le dije, acercándome y poniendo una mano en su brazo—, pero es importante. Eres el único que puede cambiar de forma con tal precisión. Mientras tanto, Gio irá a capturar al verdadero demonio y lo inmovilizará en su santuario para que no surja ningún problema de duplicidad. Tu misión será infiltrarte con Odette, reunir toda la información necesaria: con quién trabaja, cuántos soldados tienen y, sobre todo, el momento exacto del ataque.
Azrael suspiró, mirando hacia el techo como si buscara paciencia divina en un lugar donde no la había. Finalmente, asintió.
— Está bien, lo haré. Intentaré dar lo mejor de mí, aunque pasar tiempo cerca de tu hermana será el verdadero sacrificio, no la transformación.
— Con eso —proseguí, sintiendo que el plan tomaba fuerza—, yo me pondré en marcha al palacio real. Hace unos días recibí una invitación por parte de la reina para tomar el té. Según mis memorias, Eleanor y ella mantenían una amistad bastante buena, o al menos una cordialidad que puedo explotar.
Miré a los otros dos.
— Perseo, Paipper, ustedes me acompañarán como mi escolta personal. Hasta que Azrael no consiga la información necesaria y tengamos pruebas físicas, no diremos nada a la reina. No podemos arriesgarnos a que nos tome por paranoicos o, peor aún, por cómplices que intentan desviar la atención.
Gio me observaba con una ceja levantada, una media sonrisa jugando en sus labios.
— Tienes madera de estratega, "Amelia". Me gusta —murmuró.
Con el plan listo y la tensión de la guerra momentáneamente contenida en un esquema lógico, sentí que la adrenalina del entrenamiento con el Kraptos y la cercanía de estos hombres empezaba a transformarse en algo más. La mansión estaba en silencio, protegida por las sombras de Gio, y por primera vez en días, no había una urgencia inmediata de sangre.
Me enderecé, mirando a los cuatro hombres que me rodeaban. Eran magníficos a su manera: la belleza fría de Azrael, la fuerza bruta y protectora de Perseo, la lealtad dulce de Paipper y el poder abrumador y cínico de Gio.
— Bueno, ahora que el plan está listo... hay algo que quiero probar con todos —dije, dejando que una sonrisa divertida y algo traviesa cruzara mi rostro—. ¿Alguna vez han estado en un trío? ¿O en algo más concurrido?
El silencio que siguió fue absoluto. Los cuatro me observaron con caras de total confusión. Gio parpadeó, Azrael ladeó la cabeza, Perseo se puso rojo hasta las orejas y Paipper simplemente abrió mucho los ojos, como si no entendiera el idioma que estaba hablando.
— ¿Un qué? —preguntó Perseo, rascándose la nuca.
— Vamos, muchachos —dije, caminando lentamente alrededor de ellos—. Es frustrante estar rodeada de super hombres, sexys, letales y... bueno, no poder tocarlos. Mañana podríamos estar en una guerra, o yo podría ser descubierta y ejecutada. Si este es el inframundo, creo que es hora de que disfrutemos de los pecados que se supone que debemos cometer aquí. ¿Qué tal si jugamos un poco?
No esperé a que respondieran con palabras. Me di la vuelta y comencé a caminar hacia las escaleras que llevaban a mi habitación.
— Síganme.
Escuché el sonido de varias respiraciones contenidas y, tras un segundo de vacilación, el eco de pasos firmes sobre la alfombra. Uno a uno, me siguieron.
Al entrar en mi habitación, la luz de la luna llena del inframundo entraba por el ventanal, tiñendo todo de un azul plateado. Cerré la puerta tras el último en entrar y me giré. La tensión política había desaparecido, reemplazada por una tensión carnal tan densa que se podía cortar con una daga.
Lo que siguió fue un borrón de sensaciones. Comenzamos a jugar, a explorar esos límites que la jerarquía de "ama y sirviente" o "reina y aliado" nos habían impuesto. Por primera vez desde que llegué a este mundo, dejé de pensar en tramas, en traiciones y en el miedo a morir.
Sentir la piel fría y suave de Azrael contra mi cuello mientras sus labios rozaban mi pulso; la fuerza de las manos de Perseo sujetándome con una delicadeza que contrastaba con su naturaleza de bestia; la devoción casi religiosa de Paipper, que redescubría su propia valía a través de mis caricias; y, por supuesto, Gio. Gio no jugaba como los demás; él reclamaba, él dirigía, su toque cargado de una electricidad que hacía que mi alma de escritora encontrara finalmente las palabras que nunca pudo plasmar en papel.
En medio del caos de sábanas de seda y respiraciones agitadas, supe lo que era estar en el paraíso, aunque la ubicación geográfica fuera el centro del inframundo. No había rangos, no había clasificaciones A o D, no había secretos de mundos paralelos. Solo éramos cinco seres buscando un momento de conexión pura antes de que el mundo decidiera estallar en llamas.
Horas más tarde, tumbada en medio de ellos, mirando el techo con una sonrisa de absoluta satisfacción, sentí que Amelia Hart finalmente había muerto para dar paso a algo nuevo. Una mujer que no solo escribiría su destino, sino que lo viviría con cada fibra de su ser.
— Si esto es el infierno —susurré contra el pecho de Gio—, que no me devuelvan nunca a la Tierra.
— No pensaba dejarte ir de todas formas, me debes mucho Amelia —respondió él, envolviéndome en sus brazos mientras los demás descansaban a nuestro alrededor, formando un escudo de carne y lealtad que ninguna hermana envidiosa podría romper jamás.
El plan estaba trazado, la lealtad sellada en la piel, y la guerra... la guerra podía esperar hasta el amanecer.