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El Contrato Del Despecho

El Contrato Del Despecho

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Venganza / Amor prohibido / Completas
Popularitas:6.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Margo siempre fue la mujer de los planes perfectos, hasta que su prometido la abandonó en el altar por su mejor amiga. Humillada y con la prensa social acechando, Margo decide que no será la víctima de esta historia. En un arrebato de orgullo y dolor, recurre a la única persona que odia tanto como a su ex: Lucas, el rival empresarial de su familia y el hombre que ha intentado hundir sus negocios por años.
​Lucas acepta la propuesta de un matrimonio por contrato, pero no por caridad. Él ve la oportunidad de finalmente entrar en el círculo de poder de los de Margo. Lo que comienza como una alianza gélida y transaccional, pronto se convierte en un campo de batalla emocional donde el odio se confunde con una atracción eléctrica. En un juego de apariencias, Margo y Lucas deberán decidir si su unión es la mejor venganza o la peor de sus derrotas.

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Capitulo 1

El aire en la Catedral de San Judas no olía a incienso ni a flores frescas; olía a juicio.

​ Margo sentía el peso de la seda Mikado sobre sus hombros como si fuera una armadura de plomo. Había algo obsceno en la perfección del momento: la luz de la tarde filtrándose por los vitrales en tonos amatista, el murmullo de quinientas personas que habían pagado fortunas en atuendos para verla triunfar, y el vacío absoluto que se extendía a su derecha.

​ Margo no miraba a la multitud. Mantenía la vista fija en una pequeña grieta en el mármol del altar. Si se concentraba lo suficiente en esa imperfección, el resto del mundo —las orquídeas blancas que costaron más que un salario anual, el calor sofocante de las velas, el sudor frío de su propio cuello— dejaría de existir.

​—Va tarde —susurró su padre a su lado, con una voz que pretendía ser reconfortante pero que goteaba ansiedad.

​Margo no respondió. No podía. Si abría la boca, temía que lo que saliera no fuera una palabra, sino un grito negro y espeso. El silencio de la iglesia comenzó a mutar. Ya no era el silencio respetuoso de una ceremonia sacra; era un silencio depredador. El "Ruido del Silencio" era, en realidad, el sonido de quinientas respiraciones contenidas y el roce de las telas cuando la gente se inclinaba para chismear al oído del vecino.

​Entonces, el movimiento ocurrió.

​ No fue un estallido, sino un goteo. Su dama de honor, Elena, no estaba en su posición. Tampoco estaba Julián, el mejor amigo de su prometido. El espacio vacío detrás de ella era una herida abierta.

​ Vio a su suegra, una mujer cuya elegancia era tan afilada como un bisturí, palidecer mientras miraba la pantalla de un teléfono. El aparato resbaló de sus manos enguantadas. El golpe del plástico contra la alfombra roja sonó como un disparo.

​ No hubo una gran escena cinematográfica. Fue un simple papel, doblado con una pulcritud insultante, que el sacristán le entregó a su padre. Margo vio cómo los ojos de su progenitor recorrían las líneas. Vio cómo su mandíbula se tensaba y cómo el color abandonaba su rostro hasta dejarlo gris.

​—Margo… vámonos de aquí —dijo él, intentando tomarla del brazo.

​ Ella se zafó con una fuerza que no sabía que poseía. Le arrebató la nota.

​"No puedo fingir que soy el hombre que mereces cuando ella es la mujer que necesito. Perdónanos. Nos hemos ido."

​ La caligrafía de Mateo. La mención implícita a Sofía, su mejor amiga, la mujer que esa mañana le había ayudado a ajustarse el corsé con dedos temblorosos. No era miedo lo que Sofía sentía, comprendió Margo ahora; era la adrenalina del robo.

​ Lo lógico habría sido el colapso. El guion social dictaba lágrimas, un desmayo, el rostro oculto entre las manos. Pero Margo experimentó algo mucho más aterrador: la disociación.

​ Se vio a sí misma desde el techo de la catedral. Una pequeña figura blanca rodeada de buitres vestidos de etiqueta. El dolor era tan inmenso que su cerebro, en un acto de misericordia brutal, simplemente se desconectó de sus nervios. No sentía frío, ni calor, ni vergüenza.

​Margo dio un paso hacia el centro del presbiterio. El murmullo de la iglesia se apagó de golpe. Cientos de cabezas se inclinaron hacia adelante, esperando el espectáculo del dolor.

​ Se llevó las manos a la cabeza. Con movimientos lentos, casi coreografiados, desprendió la peineta de diamantes que sujetaba el velo. Sus dedos no temblaron. Sintió la textura del tul mientras lo arrastraba hacia adelante. Lo sostuvo un momento frente a ella, observando la delicadeza del encaje, y luego lo dejó caer al suelo.

​ Fue un acto de excomunión personal.

​—La boda ha terminado —dijo. Su voz no era alta, pero cortó el aire como una cuchilla—. Pueden retirarse a la recepción. La comida está pagada y sería una lástima que el champán se calentara mientras celebran mi desgracia.

​ El cinismo en su tono provocó un jadeo colectivo. Margo miró a su suegra, que ahora lloraba de forma histriónica. La miró con unos ojos tan vacíos que la mujer retrocedió. Ya no había una novia allí; había una extraña.

​ Lo que bullía bajo esa superficie de hielo no era tristeza. La tristeza es pasiva. Lo que Margo sentía era una arquitectura de odio perfectamente diseñada. Cada pétalo de rosa, cada mirada de lástima de sus tías, cada segundo de este ridículo despliegue de lujo se transformaba en combustible.

​¿Pobre abandonada? No.

​Margo se recogió la falda con una mano, revelando los zapatos de tacón que habían sido diseñados para un camino hacia la felicidad y que ahora serían sus botas de guerra.

​—Margo, por Dios, deja que te llevemos por la puerta trasera —suplicó su madre, apareciendo de la nada con un pañuelo—. Hay fotógrafos afuera, la prensa…

​—Que saquen fotos —respondió Margo, fijando la vista en la puerta principal, donde la luz del sol golpeaba el pavimento—. Que vean exactamente qué cara tiene alguien que acaba de perderlo todo y no tiene miedo de lo que queda.

​Margo comenzó a caminar por el pasillo central. Estaba sola. Su padre intentó seguirla, pero ella le lanzó una mirada que lo detuvo en seco. Era la mirada de quien ha cruzado un umbral del cual no se regresa.

​ El sonido de sus tacones contra el mármol era el único ritmo en la catedral. Tac. Tac. Tac. Un metrónomo de una vida que se acababa de romper para reconstruirse en algo distinto.

​ Al pasar junto a los bancos, veía los rostros.

Algunos mostraban una compasión genuina que la asqueaba; otros, una chispa de excitación por el escándalo. A todos los envolvió en el mismo desprecio. No necesitaba su lástima. La lástima es para las víctimas, y Margo, en ese momento de claridad absoluta, decidió que ella sería el verdugo de su propia historia.

​ Llegó a las grandes puertas de madera. El calor de la tarde la golpeó, junto con el destello de los flashes de los paparazzi que esperaban la salida triunfal de los recién casados.

​ Vio los titulares en sus ojos antes de que se escribieran: "La novia plantada", "Traición en la alta sociedad".

​ Margo no bajó la cabeza. No usó el ramo de calas para cubrirse el rostro. De hecho, al ver a un niño que la miraba con curiosidad cerca de la escalinata, le entregó las flores con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​—Ten —le dijo—. Para que se las des a alguien que aún crea en las promesas.

​Bajó los escalones de la catedral con una elegancia que resultaba insultante dadas las circunstancias. Un coche negro, enviado por su familia, se detuvo frente a ella. El chofer bajó apresurado para abrir la puerta.

​Margo se detuvo. Miró la ciudad, el horizonte donde Mateo y Sofía seguramente estarían huyendo, y sintió el primer latido real de su nueva existencia. No era un latido de corazón, sino un golpe de tambor de guerra. El despecho no la estaba hundiendo; la estaba elevando sobre las cenizas de su antigua vida.

​—No —le dijo al chofer—. Hoy voy a caminar.

​ Y así, con el vestido de novia arrastrando por el pavimento, manchándose de la mugre de la calle y de los restos de un sueño muerto, Margo se alejó de la iglesia. No miró atrás. La Alianza de Cenizas acababa de firmarse, y el silencio que antes la asfixiaba ahora era su aliado más fiel.

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Graciela Barragan Piedra
Me encantó! Nada de mafias, matanzas, secuestros, erotismo explícito.
Genial la novela! Gracias por compartir tu talento!
Graciela Barragan Piedra
El destino jugó a su favor! Ambos son únicos!
Daiana Martínez
muy buena novela!!
Lobe ❣️: muchas gracias ☺️
total 1 replies
Yolanda milagros Cardona
me encantó la novela
Yolanda milagros Cardona
me encantó la novela 👏
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