Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Plan neutralizado
Punto de vista de Alix
Julián era un hombre tan predecible que su aparición en el club no me tomó por sorpresa. Sus tácticas de seducción barata y su necesidad de marcar territorio eran movimientos que ya no tenían efecto en mí; eran los manotazos de ahogado de un hombre que siente cómo el agua le llega al cuello. La verdad, no tenía el más mínimo deseo de desperdiciar mi oxígeno hablando con un ser tan despreciable, así que, tras dejarlo saboreando su propia frustración en el estacionamiento, conduje directamente hacia la empresa para retomar el control de la auditoría.
Al llegar al edificio, Ana, la recepcionista —quien ya sabía que su verdadera lealtad le pertenecía a la chequera de los Valenzuela y no a las apariencias—, me abordó con una mirada cargada de urgencia. Me advirtió de inmediato sobre la presencia de la piltrafa de Sofía en la oficina de mi esposo.
Esa mujer era una descarada de la peor clase. No le bastaba con haberme robado mi antigua vida; ahora pretendía infiltrarse en la nueva, movida por una mezcla de celos y desesperación. Pero le iba a dar una lección que jamás olvidaría. Ella creía que estaba sembrando cizaña, sin entender que en este juego, yo era la dueña de la tierra y del veneno.
—Gracias por el aviso, Ana. Me encargaré de esto personalmente —dije, dándole una palmadita en el hombro—. Ya después te premiaré por tu eficiencia. La lealtad es un bien escaso en esta ciudad y yo sé recompensarla.
Caminé hacia el ascensor privado con el corazón latiendo con una calma aterradora. Me urgía saber qué clase de mentiras estaba intentando venderle esa hiena a Adrián. Sofía pensaba que conocía a los hombres, pero no tenía idea de la clase de oscuridad que habitaba en mi esposo, ni de la profundidad del pacto que nos unía.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el último piso, el silencio del pasillo me dio la bienvenida. Me detuve un segundo frente a la puerta de caoba, ajusté mi saco y dibujé una sonrisa gélida en mi rostro. No iba a entrar como una esposa ofendida; iba a entrar como la dueña de la situación.
Abrí la puerta abruptamente, justo a tiempo para ver a Sofía con su teléfono en la mano y a Adrián con esa expresión indescifrable que suele preceder a una ejecución simbólica. Noté cómo ella intentaba ocultar una sonrisa triunfal, una mueca de satisfacción que logró controlar apenas antes de delatarse frente a mi esposo.
Adrián caminó hacia mí con pasos firmes, trayendo consigo el teléfono de la serpiente venenosa de Sofía. Su presencia llenaba el espacio, cargada de una autoridad que hacía que el aire en la oficina se sintiera más pesado.
—La señora Ferrara vino a mostrarme unas fotos muy reveladoras, Alix —dijo Adrián, clavando en mí una mirada indescifrable para cualquier extraño, pero que para mí gritaba que el juego estaba a nuestro favor.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué se tratan esas fotos exactamente? —pregunté, sosteniéndole la mirada a Sofía, quien parecía estar saboreando su momento de gloria.
—Son unas fotos donde se ve a Julián Ferrara acosándote en un estacionamiento —explicó Adrián, volviéndose hacia Sofía con una frialdad cortante—. Estábamos comentando que, con estas pruebas tan oportunas que ha traído la señora, podemos levantar una denuncia formal por acoso y hostigamiento de inmediato. Es un material procesal invaluable.
Sofía palideció de forma instantánea. Sus ojos se abrieron con horror mientras la realidad la golpeaba: había venido con la intención de sembrar la duda y destruir mi matrimonio, pero no tenía la menor idea de la clase de alianza de hierro que nos unía. Ella esperaba gritos y celos; en su lugar, encontró una estrategia legal.
—Así es, amor mío —añadí, caminando hacia Adrián para colocar una mano posesiva sobre su hombro, disfrutando de cómo el rostro de Sofía se desmoronaba—. Ese hombre me abordó de forma agresiva en el gimnasio y empezó a soltar insinuaciones asquerosas. Estaba pensando cómo proceder, y ahora, gracias a la admirable "honestidad" de su propia esposa, tenemos la evidencia perfecta para hundirlo.
Sofía, presa del pánico al darse cuenta de que acababa de entregarle a Adrián el arma para destruir a su marido, arrebató rápidamente el teléfono de las manos de Adrián.
—¡No! No... yo no quise decir que fuera acoso —balbuceó, retrocediendo hacia la puerta con los dedos apretados sobre el dispositivo—. Yo solo pensé que... que debías saber que ella no es tan santa como parece, Adrián. Julián no se acercaría así si ella no le diera entrada.
—¿Me está sugiriendo que mi esposa provocó a un hombre que tiene un historial de "accidentes" y divorcios fraudulentos? —la voz de Adrián bajó un octavo, volviéndose letal—. Tenga cuidado, señora Ferrara. Ha entrado a mi oficina a insultar a la mujer que lleva mi apellido.
—Yo... yo me voy —soltó Sofía, con la voz quebrada por el miedo. Ya no era la mujer fatal de la gala; era una hiena acorralada—. Olviden las fotos. Olviden que vine.
—Oh, no lo olvidaremos —sentencié, dándole una sonrisa que no llegó a mis ojos—. De hecho, gracias por confirmarnos que Julián está perdiendo la cabeza. Dile que espero con ansias nuestra próxima reunión... en el juzgado.
Sofía salió de la oficina casi corriendo, el sonido de sus tacones desapareciendo en el pasillo como un eco de su derrota. En cuanto la puerta se cerró, el silencio regresó, pero esta vez cargado de una electricidad distinta.
Adrián se giró hacia mí, soltando un suspiro que era mitad gruñido y mitad risa cínica.
—Es más estúpida de lo que pensaba —dijo, rodeándome la cintura con un brazo—. Vino a entregar la cabeza de su marido en una bandeja de plata creyendo que estaba salvando la suya.
—Julián se rodea de gente como él: traidores por naturaleza —respondí, apoyando mi cabeza en su pecho—. Pero esto nos sirve. Ahora sabe que estamos vigilándolos. ¿Qué vamos a hacer con la información del acoso?
Adrián me levantó el mentón, obligándome a mirarlo.
—Vamos a dejar que Julián siga creyendo que tiene una oportunidad contigo. Que se obsesione, que gaste lo poco que le queda intentando conquistarte. Y cuando esté lo suficientemente cerca... cerraremos la trampa. Pero antes, necesito que te encargues de la auditoría de las tierras. Quiero que para el viernes, Julián Ferrara no sea dueño ni del aire que respira.
—Cuenta con eso —susurré, antes de que su boca reclamara la mía, sellando una vez más nuestro pacto de venganza y fuego.