¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 8
Dante se levantó y caminó hacia ella, arrodillándose a su lado. Le tomó las manos con una firmeza que era su único ancla en medio de la tormenta.
—Lía, escúchame. Tú no eres tu padre. Y no eres la mierda que Julián ha intentado hacer de tu vida. Lo que ellos hicieron es pasado, pero lo que hagamos ahora es lo que importa.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella con voz quebrada.
—Vamos a hacer lo que Julián más teme —intervino Victoria—. Vamos a hacer pública la investigación de los fondos y la extorsión. Pero antes, necesitamos recuperar el documento original de la concesión minera que Julián tiene escondido. Es su seguro de vida. Si se lo quitamos, no tendrá nada con qué negociar.
—Sé dónde está —dijo Lía de repente, limpiándose las lágrimas. Una chispa de fuego, el mismo fuego que Dante veía en sus sueños, se encendió en sus ojos—. Julián tiene una caja fuerte en la oficina de la casa. Siempre me dijo que eran documentos del seguro médico, pero nunca me dio la clave. Pensaba que yo era demasiado tonta o demasiado "rígida" para interesarme.
—Es demasiado peligroso que vayas sola —advirtió Dante inmediatamente.
—No iré sola. Iré con una orden judicial de inventario —dijo Victoria—. Pero tenemos que actuar rápido. Julián y Sara están perdiendo el control y cuando una rata se siente acorralada, muerde.
...
Esa tarde, el ambiente en la antigua casa de Lía era gélido. Ella entró escoltada por Victoria y dos oficiales judiciales. El olor de la casa, una mezcla de flores frescas y el perfume de Sara, le revolvió el estómago.
Julián salió al recibidor, con la camisa desaliñada y una copa de whisky en la mano. Se veía demacrado, el estrés de los últimos días pasándole factura. Detrás de él, Sara observaba desde la escalera con los brazos cruzados y una expresión de odio puro.
—¿Qué es esto, Lía? —ladró Julián—. ¿Ahora vienes con la policía a tu propia casa?
—Ya no es mi casa, Julián. Es una escena del crimen —respondió Lía con una frialdad que la sorprendió—. Traemos una orden para revisar la caja fuerte de la oficina.
Julián palideció. Su mano tembló, haciendo que el hielo golpeara contra el cristal del vaso.
—Ahí no hay nada más que papeles personales. No tienes derecho.
—La orden dice que sí tengo —intervino Victoria, mostrando el documento—. Así que, o nos das la combinación, o los oficiales llamarán a un cerrajero forense. Tú decides.
Sara bajó las escaleras, acercándose a Lía con paso felino.
—¿De verdad vas a llegar tan lejos? ¿Vas a destruir el apellido Montero solo por un despecho? Papá se retorcería en su tumba si viera que le estás entregando sus secretos a ese abogado muerto de hambre que te estás tirando.
Lía se enfrentó a su hermana, quedando a escasos centímetros de su rostro.
—Papá destruyó vidas para construir este imperio, Sara. Y tú lo estás ayudando a mantener la mentira. Yo no soy como ustedes. Prefiero ser la última de los Montero que vivir de la sangre de los demás.
Julián, viendo que no tenía escapatoria, caminó hacia la oficina con los hombros caídos. El poder que creía tener se estaba evaporando segundo a segundo. Introdujo la clave con dedos torpes. La puerta de acero se abrió con un clic metálico que sonó como una sentencia.
Lía se acercó y, entre carpetas de acciones y testamentos, encontró un sobre negro sellado. Lo abrió. Allí estaba: el contrato original de la concesión minera del lago, firmado por su padre y con las notas de extorsión manuscritas de Julián en los márgenes, detallando cuánto dinero pensaba extraer cada mes a cambio de su silencio.
—Se acabó, Julián —dijo Lía, sosteniendo el sobre—. Esto no solo te quita el dinero. Esto te manda a prisión por extorsión y fraude.
—¡Tú no me harás eso! —gritó Julián, abalanzándose hacia ella.
Pero antes de que pudiera tocarla, una mano poderosa lo frenó en seco. Dante había entrado en la habitación, moviéndose con la velocidad de un depredador. Agarró a Julián por la solapa y lo estampó contra la pared. La furia en el rostro de Dante era algo que Lía nunca había visto fuera de sus sueños más intensos. Era el niño del lago defendiendo lo que amaba, pero con la fuerza de un hombre que ya no tenía miedo.
—Toca a Lía una vez más y te juro que el juicio será el menor de tus problemas —siseó Dante al oído de Julián—. Ahora, fuera de aquí. Tienes una hora para recoger tus cosas antes de que los oficiales sellen el lugar.
Julián y Sara salieron de la casa bajo la lluvia, derrotados y humillados. Lía se quedó en el centro de la oficina, rodeada de los escombros de su pasado. Dante se acercó a ella y la envolvió en un abrazo que la hizo temblar.
—Lo tenemos —susurró ella, aferrándose a su pecho—. Pero a qué precio, Dante. Mi familia era una mentira.
—Tu familia no eran ellos, Lía. Tu familia es lo que tú decidas construir a partir de ahora —él la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo—. Y yo quiero estar en cada plano de esa construcción.
Esa noche, de regreso en el ático, la pasión fue diferente. No fue una huida, sino una celebración de la verdad. Se amaron con una intensidad que traspasaba lo físico, como si sus almas estuvieran finalmente libres de los secretos del lago. En la oscuridad, mientras Lía descansaba sobre el pecho de Dante, se dio cuenta de que sus sueños húmedos habían sido la forma en que su corazón la mantenía conectada a la única verdad pura de su vida.
Sin embargo, en el silencio de la noche, Julián Montero estaba sentado en su coche, frente al edificio de Dante. En su mano derecha sostenía un pequeño dispositivo. Si iba a caer, no lo haría solo. Estaba dispuesto a usar el último recurso que le quedaba para asegurarse de que el "final feliz" de Lía fuera una tragedia.