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MAS DIFICIL DE LO QUE ESPERABA
Valeria sostuvo el teléfono unos segundos antes de marcar nuevamente el número del señor Robles.
Podía sentir su propio corazón latiendo fuerte en el pecho, como si el error que acababa de cometer pesara más de lo que realmente era.
Pero para Gael Montenegro, los errores no eran algo pequeño.
Respiró profundo y marcó.
—Por favor conteste… —murmuró.
Después de varios tonos, la llamada fue respondida.
—¿Sí?
—Señor Robles, disculpe, habla Valeria Duarte, de la oficina del señor Montenegro… hubo una confusión con la reunión.
—¿Confusión?
Valeria cerró los ojos un segundo antes de hablar.
—La reunión no es hoy… es mañana a las diez.
Lamento mucho el error.
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea.
—Entiendo… —respondió el hombre—.
Está bien, nos vemos mañana entonces.
Valeria soltó el aire despacio.
—Gracias por su comprensión.
Colgó y dejó el teléfono en su lugar con cuidado.
Sentía el cuerpo tenso, como si todavía esperara que algo más saliera mal.
Miró la puerta de la oficina del CEO.
Cerrada.
Silenciosa.
Pero aun así, la presión se sentía.
Se sentó otra vez y empezó a ordenar los papeles sobre el escritorio, intentando concentrarse, aunque su mente seguía repitiendo el momento en que Gael la había mirado.
"No necesito gente que lo intente… necesito gente que lo haga bien."
Apretó los labios.
—Lo sé… —susurró—. Lo voy a hacer bien.
No podía perder ese trabajo.
No después de todo.
No después de ver la cara de su mamá esa mañana.
Estaba revisando unos documentos cuando escuchó pasos acercándose por el pasillo.
Levantó la vista.
Era Mateo Montenegro.
Como siempre, caminaba tranquilo, con una expresión relajada que contrastaba completamente con el ambiente serio del piso.
—Sigues viva —dijo con una pequeña sonrisa.
Valeria no pudo evitar reír un poco.
—Por poco no.
Mateo se apoyó en el escritorio.
—Déjame adivinar… primer regaño.
Valeria hizo una mueca.
—Se nota mucho?
—Con Gael siempre se nota.
Ella dudó un momento antes de hablar.
—Es muy… exigente.
Mateo soltó una risa baja.
—Eso es decirlo bonito.
Valeria bajó la mirada, jugando con un papel entre los dedos.
—No quiero que me despida.
Mateo la observó con más atención, notando la preocupación en su rostro.
—Oye… tranquila.
A todos nos ha gritado alguna vez.
Valeria levantó la vista.
—¿A ti también?
—Muchas veces.
Ella se sorprendió.
—Pero tú eres su familia.
Mateo sonrió.
—Precisamente por eso.
Valeria no pudo evitar sonreír un poco.
El ambiente se volvió más ligero… hasta que la puerta de la oficina se abrió de repente.
Gael salió, sosteniendo unos documentos.
Se detuvo al ver a Mateo apoyado en el escritorio.
Su expresión se volvió seria de inmediato.
—¿No tienes nada que hacer?
Mateo se enderezó, sin perder la calma.
—Solo vine a saludar.
Gael lo miró unos segundos y luego dirigió la mirada a Valeria.
Ella se puso de pie enseguida.
—Señor, ya corregí lo de la reunión.
Gael no respondió de inmediato.
La observó en silencio, como si estuviera evaluando si decir algo o no.
—Bien —dijo al final.
Solo una palabra.
Pero no sonó molesto.
Eso ya era algo.
Gael dejó los documentos sobre el escritorio.
—Ordena estos archivos y tráelos a mi oficina cuando termines.
—Sí, señor.
Él se quedó un segundo más, mirando los papeles… y luego a ella.
Fue solo un instante.
Pero Valeria sintió que esa mirada era diferente.
Menos fría.
Menos dura.
Gael se giró y volvió a entrar a su oficina.
La puerta se cerró.
Mateo sonrió de lado.
—Mira… no te gritó.
Valeria soltó el aire, sin darse cuenta de que lo estaba conteniendo.
—Eso cuenta como algo bueno, ¿no?
—Créeme… es muy bueno.
Valeria miró los documentos sobre el escritorio.
Todavía estaba nerviosa.
Todavía tenía miedo de equivocarse.
Pero también sentía algo más.
Algo extraño.
Como si, a pesar de todo…
quisiera demostrarle a Gael Montenegro
que no se había equivocado al contratarla.
Sin saber…
que él también empezaba a darse cuenta
de que esa chica no era como las demás.