Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 15
Al salir de la oficina, Valeria se detuvo bajo el alero, mirando cómo la lluvia caía con desgano sobre la avenida.
Entonces vio una figura conocida al otro lado de la calle: Héctor, apoyado en su coche, manos en los bolsillos, empapado hasta el cuello y con esa sonrisa que parecía decir te advertí que no prometieras nada.
Valeria rodó los ojos, pero no pudo evitar reír.
Algo le dijo que esa noche iba a ser larga.
Y que, con él, los días lluviosos siempre tendrían sentido.
Héctor la esperaba junto a su auto, apoyado en la puerta, con las manos en los bolsillos. La lluvia apenas caía en gotas finas, de esas que solo sirven para despeinar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, cruzándose los brazos.
—Esperarte —dijo él, como si fuera lo más lógico del mundo.
—¿No sabes que la gente habla?
—Sí. Pero no tienen nada nuevo que decir.
Ella levantó una ceja.
—Tú siempre tan diplomático.
—No me pagan por eso —replicó, abriéndole la puerta del copiloto. —Sé que no trajiste tu auto, tu tobillo te permite caminar, pero tienes miedo que te falle en algún cambio.
Durante el trayecto, el silencio se les pegó al aire. Valeria miraba por la ventana; Héctor tamborileaba el volante. Al final, fue ella quien habló.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta?
—¿Que hablen?
—No. Que me importe.
Él la miró un instante, y luego se rió despacio.
—A mí me importas tú, no ellos.
Valeria giró la cabeza, y por primera vez no encontró evasivas en su mirada.
—¿Qué estamos haciendo, Héctor?
—Intentando no complicarlo.
—Ya está complicado.
—Entonces digámoslo bien. — Hector frenó frente a su edificio y se volvió hacia ella—. Me gustas. En serio. No solo para cenas, ni para esconderme en tu puerta con pizza.
Ella lo miró con una mezcla de nervios y ternura.
—¿Me estás pidiendo que seamos novios?
—No me odies por usar la palabra, pero… sí.
Valeria sonrió apenas, como quien intenta disimular la felicidad.
—Eres un descarado.
—Y tú una pésima actriz.
El silencio se llenó de una tensión tibia, cómoda.
—Entonces… sí —dijo ella al fin.
—¿Sí, sí?
—Sí. Pero si mañana me haces enojar, retiro el contrato.
Él se echó a reír.
—Firmado con café y sarcasmo.
Se inclinaron, y el beso fue breve, pero lleno de algo que ya no podían disimular. Cuando ella bajó del auto, Héctor le gritó desde la ventanilla:
—¡Y esta vez no limpies el horno para distraerte! Porque quiero quedarme ahí.
Valeria rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír todo el camino al ascensor. Y aunque no lo admitiría en voz alta, el corazón se le sentía liviano. Fue cuestión de minutos en que él estuviera nuevamente en su puerta, "ya conseguí donde dejar el auto", ella solo sonrió.
Al día siguiente, Valeria llegó a la oficina diez minutos tarde y con el pelo todavía húmedo.
Carolina la vio entrar y alzó una ceja, como quien huele escándalo.
—Buenos días, jefa. Veo que el horno sigue limpio.
—Y funcional —respondió Valeria, sin pestañear.
Héctor apareció detrás de ella con dos cafés.
—Para ti y para la diplomacia —dijo, entregándole uno.
Carolina los observó, entre curiosa y divertida.
—¿Debería preocuparme por una posible fusión interdepartamental?
—Solo si empieza a salir humo —respondió Valeria.
Él rió. Ella también.
Y mientras todos retomaban el trabajo, Valeria pensó que tal vez, por primera vez en mucho tiempo, su vida estaba desordenándose de la mejor manera posible.