Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Enemigo a la sombra
El trayecto hacia el distrito financiero fue un ejercicio de contención emocional. Mientras el auto blindado se deslizaba por las avenidas, en el pecho de Miranda se instalaba una necesidad primitiva: la de ordenar al chófer que diera media vuelta, regresar a la mansión, abrazar a Lía y desaparecer del mapa. Quería olvidar el odio, la estrategia y el dolor, refugiándose en esa burbuja de amor maternal. Sin embargo, al mirar el reflejo de sus propios ojos en el cristal tintado, recordó que la caja de Pandora ya había sido abierta. No había vuelta atrás; el destino de los Lara estaba sellado y ella era la verdugo.
—Tranquila, la seguridad de la mansión ha sido duplicada —aseguró Lissandro, rompiendo el silencio al notar la palidez de su esposa—. Lía no podrá salir de la propiedad y nadie podrá entrar en ella. Está en el lugar más seguro del mundo.
—Sabes bien que nuestra hija no es como otros niños —respondió Miranda, con una sombra de miedo cruzando su mirada—. Ella buscará la manera de hacerse notar en el exterior. Su mente nunca está quieta, Lissandro.
—Lo sé. Es igual que tú —replicó él con una media sonrisa.
Lissandro tomó la mano de Miranda y depositó un suave beso en ella. Sus demostraciones de afecto eran cada vez más constantes y naturales, algo que a Miranda la desencajaba por completo. El trato original era claro: una sociedad de conveniencia, una unión de dos almas rotas con prohibición absoluta de enamorarse. Pero los gestos de Lissandro estaban empezando a derretir la coraza que ella misma había alzado con tanto esfuerzo. Cada caricia era una amenaza a su aislamiento emocional.
Finalmente, llegaron a las imponentes oficinas del Grupo Saavedra. El rascacielos de cristal y acero se alzaba como un monumento al poder. Al entrar, el murmullo de los empleados se extinguió. Los trabajadores bajaban la cabeza o desviaban la vista con una mezcla de respeto y temor; la mirada gélida de Miranda Saavedra era famosa por hacer temblar incluso al ejecutivo más experimentado.
Subieron al último piso, donde la oficina principal dominaba el horizonte de Manhattan. Aunque Lissandro era el dueño legítimo del imperio, Miranda era quien movía los hilos. En pocos años, su talento táctico había posicionado al conglomerado en el primer puesto del país, otorgándole una reputación legendaria entre los tiburones de las finanzas.
—Buenos días, señores —saludó Sandra, la secretaria personal de Miranda—. Aquí tienen el itinerario del día. Además, hay una persona que pidió hablar con ustedes con urgencia.
—¿De quién se trata? —preguntó Miranda, recuperando su tono distante y profesional.
—Dice llamarse Alexa Montiel —informó la secretaria—. Aseguró que la conocía muy bien.
El nombre golpeó a Miranda como una ráfaga de viento helado. El tiempo pareció doblarse sobre sí mismo, transportándola a una vida que parecía pertenecer a otra persona.
Hace once años
—¿Estás segura de esto, Elena? Eres muy joven, amiga... Deberías viajar, conocer a otras personas antes de atarte —dijo Alexa, con una preocupación que no podía ocultar.
—Andrés es el amor de mi vida y no tengo nada que pensar —respondió Elena con esa sumisión ciega que ahora le provocaba náuseas—. Lo amo y quiero pasar el resto de mis días a su lado. Él me cuida, él sabe lo que es mejor para mí.
—No puedo hacer que cambies de opinión —suspiró Alexa, abrazándola con fuerza—. Solo te pido que, pase lo que pase, cualquier cosa que necesites, cuentes conmigo. Siempre.
Alexa nunca había confiado en Andrés Lara. Había algo en su sonrisa calculada que le erizaba la piel, pero Elena estaba demasiado cegada por el espejismo del amor. Una semana después de ese abrazo, Elena se casó, y el infierno comenzó a devorarla lentamente.
Tiempo presente
Miranda parpadeó, regresando a la realidad de su oficina de mármol y cristales blindados.
—Puedes permitirle el paso —dijo Miranda, bajando la guardia lo suficiente como para que Lissandro lo notara.
—¿Acaso ella es la amiga de la que me hablaste una vez? —preguntó Lissandro, observando la reacción de su esposa.
—Sí, es ella. Es la primera vez que la voy a ver desde mi... desaparición —confesó Miranda.
—Entonces las dejaré solas para que hablen. No quiero interrumpir un reencuentro tan necesario.
Lissandro se despidió de Miranda dándole un beso posesivo y tierno en los labios, una escena que Alexa Montiel presenció desde el umbral de la puerta. Al entrar, Alexa se quedó petrificada. Sus ojos recorrieron a la mujer frente a ella: no veía rastro de la Elena sumisa y asustada, sino a una deidad del mundo corporativo.
—¿Elena? —susurró Alexa, con la voz quebrada por la incredulidad—. Me dijeron que estabas muerta... pasé años buscándote, exigiéndole respuestas a Andrés hasta que me prohibió la entrada a su vida.
Miranda se levantó de su asiento, rodeando el escritorio. La frialdad se evaporó por un momento, dejando ver a la mujer que había sobrevivido a lo imposible.
—Elena murió hace mucho tiempo, Alexa —dijo Miranda, extendiendo sus manos hacia su vieja amiga—. Pero Miranda Saavedra tiene muy buena memoria. Y no he olvidado que fuiste la única que intentó advertirme.
Alexa se lanzó a sus brazos, llorando de alivio. Pero tras el consuelo, el rostro de la amiga se tornó serio.
—Miranda, tienes que saber algo. He estado vigilando a Andrés todos estos años. Él no está solo. Ha estado haciendo movimientos extraños con una cuenta a nombre de una sociedad fantasma... estoy segura de que lo de tu ruina financiera era mentira, él se quedó con tu dinero y prestigio.
Miranda se tensó, ya que Alexa tenía la razón, Andrés había usado tácticas bajas para apoderarse de la fortuna de su familia.
—Lo se, aunque no tengo pruebas. Él no pudo haber actuado solo, alguien lo ayudó —. Aseguro Miranda pensativa. —¿Quién podría haberlo ayudado? Eso es lo que realmente quiero saber—preguntó Miranda, sintiendo que el peligro se cerraba sobre ella y sobre Lía.
—No lo sé —respondió Alexa—. Pero hay alguien más en esta ciudad que te odia tanto como él. Alguien que nunca aceptó que tú fueras la heredera universal de los De La Vega.
Las amigas se quedaron conversando sobre varios temas, por primera vez en años Elena había despertado.