Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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EL EQUIPO UNO Y CINCO
La tensión en el aire de Grand Village se podía cortar con un cuchillo. Tras la exhaustiva corrección del presidente del consejo de la academia, el destino de cientos de aspirantes pendía de un hilo. Para Leónidas, Deila y Blake, el momento de la verdad había llegado. El sol de la mañana caía sobre las calles empedradas cuando una figura familiar apareció corriendo, con la respiración entrecortada y el rostro encendido.
—Ah... menos mal que te encontré... —logró articular Deila, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento.
Leónidas la observó con una mezcla de curiosidad y preocupación. Su amiga, siempre tan compuesta, parecía haber corrido un maratón.
—¿Dey? Luces un poco agitada —comentó él, arqueando una ceja.
—¿En serio? No me digas... —respondió ella con un sarcasmo teñido de cansancio.
—¿Pasó algo? —preguntó Leónidas, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
Deila se irguió, tratando de recuperar su dignidad.
—Es la hora —sentenció con voz firme—. Los resultados ya están en el tablero.
El corazón de Leónidas dio un vuelco. Era el momento que habían estado esperando durante meses.
—Entiendo —asintió con seriedad—. Busquemos a Blake.
La búsqueda no fue sencilla. Recorrieron las inmediaciones de la plaza central, preguntando y escudriñando cada rincón, hasta que, de repente, una sombra emergió de un lugar inesperado. De un callejón estrecho y oscuro, salió Blake sacudiéndose el polvo de la ropa.
—¿Blake? —exclamó Leónidas, sorprendido de encontrarlo allí.
—Ah, son ustedes... —respondió Blake con una indiferencia que rozaba lo irritante.
Deila, cuya paciencia ya estaba al límite por los nervios del examen, no pudo evitar explotar de forma cómica.
—¡¿Qué clase de reacción es esa?! —gritó, agitando los puños en el aire—. ¡Llevamos buscándote siglos!.
—¿Qué hacías en ese callejón? —intervino Leónidas, tratando de calmar las aguas.
—Solo tomé un atajo —dijo Blake con naturalidad, como si caminar por callejones lúgubres fuera la forma estándar de desplazarse.
Leónidas suspiró, acostumbrado a las excentricidades de su compañero.
—Ya veo... En fin, no importa. Los resultados de la prueba ya están. Vamos.
La plaza de la academia estaba abarrotada. Decenas de equipos se agolpaban frente al enorme tablero de madera donde se habían clavado las listas oficiales. El ambiente era una mezcla caótica de gritos de júbilo, sollozos de decepción y murmullos tensos.
—No todos lo lograron... —susurró Deila, observando a un grupo de jóvenes alejarse con la cabeza baja.
De repente, la multitud se abrió para dejar paso a un grupo que irradiaba una arrogancia casi tangible. A la cabeza iba Dylon, cuya mirada destilaba desprecio por cualquiera que considerara inferior.
—A un lado, perdedores —espetó Dylon, empujando a los que estorbaban en su camino.
Detrás de él, Fey caminaba en silencio, con una expresión gélida que no revelaba emoción alguna.
—Son ellos... —murmuró Deila, reconociendo al Equipo Cinco.
—Así es —respondió Leónidas, manteniendo la vista fija en Dylon.
Dylon llegó frente al tablero con la confianza de quien ya conoce el resultado antes de leerlo. Sus ojos recorrieron la lista rápidamente.
—Veamos... Equipo Cinco... Ajá... "Aprobados".
Se dio la vuelta hacia sus compañeros con una sonrisa de suficiencia.
—Era obvio. Somos los mejores.
El Equipo Ocho: La Sorpresa de la Niña
Mientras el Equipo Cinco celebraba su éxito con arrogancia, Leónidas se acercó al tablero para buscar su propia suerte. Sus dedos temblaban ligeramente mientras buscaba el número de su grupo.
—Veamos si nosotros también... Equipo Ocho...
Sus ojos se detuvieron en una línea específica. El mundo pareció detenerse por un segundo antes de que una sonrisa genuina iluminara su rostro.
—Aprobamos —anunció en voz alta, casi sin poder creérselo.
—¡Sí! —exclamó Deila, dejando escapar toda la tensión acumulada en un grito de alegría.
Sin embargo, la celebración fue interrumpida por una presencia inusual. Una niña pequeña y de aspecto frágil, llamada Gin, se acercó tímidamente al grupo.
—Disculpen... yo también quiero mirar el tablero... —susurró.
Leónidas la miró desconcertado. ¿Qué hacía una niña tan pequeña en un lugar destinado a guerreros y estudiantes de élite?
—¿Quién es esta niña? No parece muy fuerte... —pensó para sí mismo, aunque su pensamiento fue interrumpido por la crueldad de Dylon.
—¿Eh? Quítate, niña. Vuelve con tu mamá, ja, ja, ja —se mofó Dylon, intentando apartarla de un empujón.
Fey, sorprendentemente, intervino con voz neutra.
—Dylon, es solo una niña. No puedes abusar de alguien más débil que tú.
—¡¿Y?! —replicó él, aunque finalmente cedió con un chasquido de lengua—. Tss.
La pequeña Gin no pareció amedrentarse. Miró a Leónidas con ojos suplicantes.
—El tablero está muy alto... oye tú, ¿puedes buscar a mi equipo, por favor?.
—Mm, claro —respondió Leónidas, suavizando el tono—. Solo dime qué número es.
—El uno... —contestó la niña con naturalidad.
El silencio que siguió fue absoluto. Leónidas se quedó petrificado. Deila y Blake intercambiaron miradas de puro shock. Incluso Dylon se detuvo en seco.
—¡¿Qué?! —exclamó Leónidas—.
—¿Acaso dijo el uno? —preguntó Dylon, incrédulo.
—Esta niña... —murmuró Tokata, otro de los presentes, visiblemente inquieto.
El Equipo Uno era legendario, el puesto de honor reservado para los aspirantes con el potencial más alto de toda la academia.
—¿Tú eres su líder? —preguntó Leónidas, con una nueva chispa de respeto y temor.
—Claro que no —respondió Gin, restándole importancia—. Ese tonto se quedó dormido de nuevo en la tienda de su familia.
Leónidas no sabía qué era más impresionante: que una niña fuera parte del equipo más fuerte, o que el líder de dicho equipo fuera un irresponsable que prefería dormir a ver sus resultados.
—Ya veo... —dijo Leónidas finalmente, volviendo a mirar el tablero—. Ah, sí, déjame ver... Sí, aquí están. Aprobados.
—Que suerte... —comentó Gin con una sencillez aplastante.
Antes de que la multitud pudiera dispersarse, Ying, uno de los instructores superiores, se hizo presente para dar el anuncio oficial.
—Felicidades a los diez equipos que aprobaron. Sé que la prueba fue dura, pero han demostrado valentía y trabajo en equipo.
Ying continuó explicando la estructura de las clases, dejando caer una noticia que no agradó a todos.
—A partir de mañana comenzarán sus clases. El consejo les ayudará si tienen algún inconveniente. Los equipos uno, dos, tres, cuatro y cinco compartirán una misma aula; es decir, ahora serán compañeros.
Dylon hizo una mueca de asco.
—Espera un segundo... ¿o sea que tengo que ver a esta niña todo el año?.
—Así es —sentenció Ying sin dar lugar a réplicas.
Por su parte, Deila suspiró aliviada al notar que su equipo, el número ocho, estaría en el segundo bloque.
—Por lo menos no nos tocó con esos dos... —susurró refiriéndose a Dylon y Fey.
Tras el discurso de clausura del presidente, la plaza comenzó a vaciarse. Algunos se marchaban felices, otros con el peso del fracaso en los hombros.
—Bien pues, nos vemos mañana —se despidió Leónidas de sus amigos.
—Sí —asintió Blake antes de desaparecer de nuevo hacia algún callejón.
Deila, sin embargo, se quedó un momento más, con una expresión de duda.
—Le-Leónidas... ¿Dónde dormirás? —preguntó con timidez.
—¿? —Leónidas la miró extrañado por la pregunta.
—Pasa que me enteré de que tus padres vinieron buscando trabajo y pensé que no tenías donde quedarte... —explicó ella.
Leónidas le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Tranquila, alquilaré una habitación cerca de la academia. Después de todo, tengo una beca.
—Ah, cierto —respondió ella, un poco avergonzada—. Entonces nos vemos.
—Claro.
Mientras la veía alejarse, Leónidas no pudo evitar pensar que su amiga era un poco rara, pero agradecía su preocupación.
Esa noche, Leónidas llegó a su nueva y modesta habitación. Se dejó caer en la cama, sintiendo cómo el cansancio de los últimos días finalmente le pasaba factura.
—Parece que mañana, por fin, comenzaré —murmuró para sí mismo, mirando el techo oscuro—. Seré el mejor de mi clase, sin duda....
Con ese pensamiento de ambición y esperanza, el protagonista se quedó dormido. El día de mañana traería nuevos desafíos, rivales y la incógnita de si podrá adaptarse a su vida de estudiante para volverse el más fuerte de Grand Village.