Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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16. Te querían muerta
Lucio no estaba revisando los informes por paranoia, sino porque había visto el fuego con sus propios ojos.
Las fotografías no eran necesarias para recordarlo, él recordaba el vehículo envuelto en llamas, el chasis abierto, el olor metálico de la sangre mezclado con gasolina.
El auto no cayó al fondo del barranco porque un pino viejo, torcido por los años, lo sostuvo lo suficiente como para que él pudiera alcanzarlo. Si ese árbol no hubiera estado ahí, Estrella estaría muerta.
El sonido de los pasos de Estrella lo sacó del recuerdo antes de que la imagen lo ahogara. Lucio no levantó la vista de inmediato. Dejó que el eco de esos pasos llenara el espacio entre ellos, solo cuando el perfume de Estrella le rozó las fosas nasales, permitió que sus párpados se alzasen.
Ella estaba en el umbral del estudio, iluminada por la luz ámbar de la lámpara de escritorio. La camisa que llevaba puesta, su camisa, le llegaba hasta mitad de los muslos, el tejido fino pegado a sus curvas como una segunda piel. Los botones superiores estaban desabrochados, su cabello, normalmente recogido en un moño impecable, caía suelto sobre los hombros, oscuro y desordenado, como si acabara de pasar los dedos.
- “No ibas a dormir”, dijo ella, y su voz era baja, casi un susurro.
Lucio no se molestó en negarlo. Cerró la carpeta de cuero negro con un golpe seco. Las fotografías del vehículo destrozado quedaron expuestas sobre la mesa.
- “No puedo”, admitió Lucio, y el peso de esas dos palabras era más honesto que cualquier explicación.
Estrella no preguntó por qué. No era el tipo de mujer que perdía el tiempo con preguntas cuya respuesta ya conocía. Entró en la habitación con la gracia silenciosa de un depredador, los pies descalzos apenas haciendo contacto con el suelo.
Se sentó frente a él, al otro lado de la mesa. No era el movimiento de alguien que busca consuelo, sino el de una estratega tomando posición. La luz de la lámpara dibujó sombras bajo sus pómulos, acentuando el ángulo de su mandíbula, el modo en que sus labios se apretaban en una línea delgada.
La fotografía superior mostraba el esqueleto carbonizado del vehículo, el metal retorcido como huesos rotos. La parte trasera estaba destrozada, el lugar donde el tanque de gasolina había estallado en una segunda explosión, lanzando el auto hacia el vacío. El impacto contra el pino había dejado una abolladura profunda en el maletero, como si algo hubiera intentado arrastrarlo al infierno.
Estrella no tocó la imagen. Solo la observó, y en sus ojos Lucio vio el mismo proceso que él había hecho horas atrás, desmenuzar el caos en patrones, en datos, en algo que pudiera entenderse.
- “No fue solo un choque”, murmuró Estrella, y su voz era tan fría como el análisis que estaba haciendo.
- “No. Hubo una detonación”, confirmó Lucio, sin apartar la mirada de ella.
Ella tragó saliva, pero no apartó la vista del desastre capturado en papel brillante. Sus dedos, largos y pálidos, se posaron sobre el borde de la mesa.
- “¿En movimiento o al impactar?”, preguntó Estrella.
La pregunta lo tomó por sorpresa. No era lo que él esperaba que preguntara. No era "¿estoy a salvo?" ni "¿quién hizo esto?". Era técnica y precisa.
- “Todo indica que fue en movimiento”, respondió Lucio, y vio cómo algo en sus ojos se encendía, como una chispa en la oscuridad.
Ese detalle hizo que su postura cambiara. Estrella se enderezó ligeramente, los hombros tensándose bajo la tela de la camisa prestada.
- “Entonces fue programado, no improvisado”, susurró Estrella, más para sí misma que para él.
Se levantó con una fluidez que contradijo la tensión en su voz. Caminó alrededor de la mesa, los dedos rozando el borde como si estuviera trazando un mapa invisible. La camisa se movía con ella, revelando el contorno de sus muslos cada vez que el tejido se pegaba a su piel, pero su cuerpo ya no era el centro de la escena para Lucio, era su mente que dominaba el espacio, ágil y despiadada, algo que él amaba.
- “Si explota en movimiento, el conductor pierde el control”, explicó Estrella, y su voz había perdido cualquier rastro de vulnerabilidad. “Si luego impacta, el segundo estallido asegura la destrucción total”, añadió.
Sus uñas golpearon levemente el escritorio, mientras su mente trabajaba a toda velocidad, como siempre.
- “Eso no es intimidación, Lucio. Es ejecución”, dijo Estrella.
El nombre en sus labios sonó como una sentencia. Lucio apretó la mandíbula hasta dolerle.
- “Te querían muerta”, expresó Lucio, y las palabras le quemaron la garganta.
Ella asintió, lenta, como si estuviera aceptando un hecho matemático.
“Y lo lograron con casi todos”, agregó Lucio.
La lista de su equipo yacía sobre la mesa, entre las fotografías. Nombres escritos con tinta negra sobre papel blanco, cada uno de ellos una vida extinguida. Hombres y mujeres que habían trabajado a su lado durante años, leales hasta el final. Estrella apoyó los dedos sobre el borde del papel, como si pudiera sentir el peso de esas ausencias a través del tacto.
- “No lo recuerdo”, admitió Estrella, y hubo un temblor en su voz.
Lucio sí recordaba. Recordaba el fuego devorando el metal como si fuera papel. Recordaba trepar por el terreno inestable, las piedras cortándole las palmas, el sudor mezclándose con la tierra mientras el auto crujía sobre las ramas del pino.