Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Despedida
La noche estaba fresca cuando Leilani llegó al camino de grava donde esperaban los carruajes.
Las luces del jardín quedaban atrás, difusas, acompañadas por música lejana y risas.
Estaba buscando con la mirada el carruaje que la habia llevado… cuando una figura se interpuso con firmeza respetuosa.
El capitán Johnson.
Lo reconoció de inmediato.
El mismo hombre que había estado en el bosque.
El mismo que había llamado “mi señor” al hombre que la besó sin permiso.
El militar inclinó ligeramente la cabeza.
—Lady Baston… acompáñeme, por favor.
Leilani frunció el ceño.
—No, gracias.
Intentó rodearlo.
Pero antes de dar dos pasos, notó movimiento a ambos lados.
Dos soldados más.
No agresivos.
Pero claramente bloqueando el camino.
Su corazón se aceleró.
—Por favor.. Acompáñeme.
Leilani alzó la barbilla.
—No quiero ir. Y no puede obligarme. No he hecho nada malo para que la guardia del duque me lleve.
La tensión se tensó como cuerda a punto de romperse.
Y entonces… Una voz grave, inconfundible, atravesó el aire nocturno.
—Muñeca… ¿te vas sin despedirte?
El sonido recorrió su espalda como una chispa.
Leilani giró la cabeza lentamente.
Jack Sterling caminaba hacia ella.
Sin prisa.
Sin escolta inmediata.
Las manos detrás de la espalda.
Los ojos fijos en ella.
—Adiós..
Intentó girarse nuevamente hacia la salida.
Pero él llegó antes.
Se adelantó y, con absoluta naturalidad, abrió la puerta de un carruaje elegante estacionado a pocos pasos.
—Sube.
Leilani lo miró incrédula.
—Yo vine en uno.
Él sonrió.
—El carruaje rentado ya se marchó.
Ella levantó la vista de inmediato hacia el lugar donde recordaba haberlo visto.
El espacio estaba vacío.
Ni rastro del cochero.
Ni rastro del vehículo.
—¿Qué…?
Jack no respondió directamente.
Solo la miró con paciencia fingida.
Leilani exhaló por la nariz.
—Bien. No está lejos. Puedo caminar.
Dio un paso decidido hacia el camino.
No alcanzó a dar el segundo.
Con un movimiento rápido, firme y absolutamente inesperado, el duque la levantó.
Literalmente.
La cargó sobre su hombro como si no pesara nada.
—¡¿Qué hace?! —exclamó ella, golpeando suavemente su espalda con indignación.
—Ahorrando tiempo..
Los soldados evitaron cualquier expresión visible.
El capitán Johnson miró al frente, como si aquello fuera una escena completamente normal.
—¡Bájeme ahora mismo!
—Estás llamando la atención.. Y supongo que no quieres eso.
Antes de que pudiera reunir otro argumento, la colocó dentro del carruaje con firmeza controlada.
Ella cayó sobre el asiento acolchado, respirando rápido.
Él entró después.
La puerta se cerró.
El sonido del seguro fue suave… pero definitivo.
El carruaje comenzó a moverse lentamente.
Leilani se sentó derecha de inmediato.
—Esto es secuestro.
Jack la observaba como si estuviera viendo una escena entretenida.
—Es acompañamiento.
—No pedí compañía.
—Pero la necesitas.
—No.
Él inclinó la cabeza levemente.
—Yo sí.
Ella apretó los puños.
—Su excelencia…
—Jack.
—No.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca.
—Entonces Sterling.
El carruaje avanzaba con ritmo constante.
Jack la miraba sin ocultarlo.
Ya no con la frialdad del noble. Sino con esa intensidad privada.
—Te escapaste —dijo finalmente.
—Me fui a casa.
—Sin despedirte.
—Estaba ocupado, su excelencia
Él se inclinó ligeramente hacia ella.
—No para ti..
Leilani sostuvo su mirada.
El corazón traicionero latía fuerte otra vez.
—No le debo despedidas.
—Quizá no.
El carruaje siguió avanzando.
Y la distancia entre ellos… parecía más pequeña que el espacio real que los separaba.
Aun asi, Leilani intentó regular su respiración.
El carruaje avanzaba con un traqueteo suave, pero constante.
Algo no estaba bien.
Se inclinó hacia la ventana y corrió apenas la cortina.
Las calles no eran las del centro del pueblo.
No reconocía las tiendas cerradas ni las esquinas iluminadas por faroles bajos.
El camino era más amplio.
Más silencioso.
Más oscuro.
Su estómago se tensó.
Se giró lentamente hacia él.
—¿A dónde vamos?
El duque no apartó la mirada de ella.
—A casa.
Ella frunció el ceño.
—Yo vivo en el centro del pueblo.
Él sonrió apenas. Esa sonrisa que siempre parecía saber algo que ella no.
—A mi casa.
El corazón le dio un golpe fuerte en el pecho.
—No.
Su voz salió más firme de lo que se sentía.
—No quiero ir a su casa.
Él no respondió de inmediato.
Solo la observó.
Leilani enderezó la espalda.
—No quiero lastimarlo… pero si no me deja ir, lo atacaré.
Era una advertencia real.
No una amenaza vacía.
Sus manos estaban tensas sobre su falda.
Sus ojos brillaban con determinación.
El duque la miró unos segundos más.
Y entonces…
Sonrió.
Ladino.
Peligroso.
En un movimiento rápido y preciso, tomó su cintura y la atrajo hacia él.
Leilani apenas alcanzó a soltar un pequeño jadeo cuando fue desplazada.
Su equilibrio se rompió.
Y de pronto…
Estaba sobre él.
A horcajadas.
Sentada sobre sus piernas.
El vestido azul se abrió suavemente alrededor de ambos.
El corset plateado se tensó con su respiración agitada.
El cuerpo de él estaba firme.
Caliente.
Sólido bajo ella.
Demasiado cercano.
Sus manos quedaron apoyadas instintivamente sobre sus hombros.
Podía sentir el calor que atravesaba la tela.
La firmeza de sus muslos bajo los suyos.
La fuerza contenida.
Un estremecimiento le recorrió la espalda.
No de miedo.
Y eso la alarmó más.
Intentó mantener el rostro impasible.
Intentó que su respiración no cambiara.
Intentó que su cuerpo no reaccionara.
Pero el duque lo notó.
Lo notó todo.
Sus manos permanecían en su cintura.
No la apretaban con violencia.
La sostenían.
Como si supiera que ella podría intentar levantarse.
O como si simplemente no quisiera que se apartara.
Sus ojos oscuros descendieron lentamente por su rostro.
Luego a sus labios.
Luego a su cuello.
Volvieron a sus ojos.
—¿Atacarme?
—Sí.
Pero su voz no sonó igual de firme que antes.
Él inclinó apenas el rostro hacia ella.
No la besó.
No aún.
Solo lo suficiente para que ella sintiera su aliento tibio.
—Muñeca… si quisieras atacarme, ya lo habrías hecho.
El silencio dentro del carruaje se volvió denso.
Intenso.
Leilani podía escuchar su propio pulso.
Podía sentir cómo su cuerpo traicionero reaccionaba al contacto.
Al calor.
A la proximidad.
Intentó moverse hacia atrás.
Pero él la sostuvo con firmeza controlada.
No brusca.
Pero imposible de ignorar.
—Suélteme.
—Mírame.
Ella dudó.
Pero lo hizo.
Y fue un error.
Porque en sus ojos no había burla ahora.
Ni juego.
Había deseo.
Claro.
Directo.
Sin disfraz.
Y eso hizo que su cuerpo temblara ligeramente.
El duque lo notó.
Su sonrisa se volvió apenas más lenta.
Más consciente.
—Ves… no solo yo siento esto.
El carruaje seguía avanzando hacia la oscuridad.
Hacia su casa.
Y Leilani, sentada sobre él, comprendió con inquietante claridad que el verdadero peligro no era estar en su carruaje.
Era que, pese a todo… Una parte de ella no quería apartarse.