Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Accidente.
Paso algún tiempo y la flor que dejaba Alelí, se estaba convirtiendo en una amenaza más que en un símbolo.
Durante meses había aparecido junto a cuerpos de hombres intocables: traficantes, abusadores, intermediarios protegidos por dinero y poder. Al principio, las mafias afectadas lo tomaron como ajustes internos, traiciones silenciosas o venganzas aisladas.
Pero ya eran demasiados.
Demasiado precisos.
Demasiado limpios.
Y Raúl Zurita no era un hombre que creyera en coincidencias.
En su despacho privado, iluminado apenas por una lámpara antigua, Raúl observaba fotografías extendidas sobre el escritorio. Hombres muertos. Escenarios distintos. Barrios distintos. Familias distintas.
Pero la misma flor.
—No es un sicario común —dijo uno de sus hombres de confianza—. No deja huellas. No repite patrón visible.
Raúl apoyó los dedos sobre la imagen ampliada de un pétalo.
—Sí repite patrón —respondió con frialdad—. es un símbolo.
Le acercaron un informe nuevo.
Uno de los hombres asesinados semanas atrás había estado vinculado a una red que años antes trabajó indirectamente con los Zurita. No era del círculo principal, pero sí había participado en operaciones compartidas.
Raúl frunció el ceño.
—Esto ya no es casualidad.
—¿Cree que es contra nosotros?
Raúl negó levemente.
—Es contra todos.
Se reclinó en su silla.
—Alguien está limpiando el tablero.
Y entonces recordó algo, era una conversación, era la mirada y la forma en que Alelí observaba, siempre era demasiado atenta, demasiado silenciosa.
—Quiero todo lo que haya sobre ella —ordenó—. Familia. Origen. Antecedentes.
El hombre dudó.
—Ya investigamos antes. No había nada.
Raúl lo miró con dureza.
—Entonces busca mejor.
No era el único.
En otra parte de la ciudad, representantes de dos mafias afectadas se reunían en secreto. Hombres que rara vez compartían mesa si no era para negociar territorio.
—Nos están cazando —dijo uno.
—Y no es un grupo —respondió otro—. Es una sola persona. O alguien muy organizado.
La flor estaba proyectada en una pantalla.
—Esto es personal —añadió el más viejo—. Esto huele a venganza.
Y cuando las mafias huelen venganza… responden con guerra.
Mientras tanto, Andrés —uno de los hombres de confianza dentro de la estructura Zurita, encargado de inteligencia y rutas secundarias— revisaba información paralela por cuenta propia.
Andrés no era impulsivo. Era observador.
Había estado presente la noche de la gala benéfica. Había visto cómo Alelí hablaba con Alex sin perder el control. Había visto cómo se movía en la mansión semanas atrás.
Y había visto los informes de la flor, entonces una idea comenzó a tomar forma en su mente, se puso a comparar fechas, también ubicaciones y algo lo inquietó.
Varias muertes coincidían con noches en las que Alelí había estado “ocupada” o ausente de reuniones.
No era una prueba, pero si era una línea hacia la verdad.
—Interesante… —murmuró.
No dijo nada aún.
Pero empezó a seguir el rastro.
Alex Calderón, por su parte, ya no fingía indiferencia.
Lo que comenzó como un intento de irritar a Maykol se había convertido en algo más complejo.
Alelí no reaccionaba como esperaba. Ella no era como las mujeres comunes, no coqueteaba de vuelta, tampoco lo miraba con miedo, más bien lo enfrentaba y eso era lo que más le gustaba de ella.
Alex investigo los lugares que frecuentaba Alelí, y comenzó a aparecer casualmente en los mismos lugares.
Una tarde en la clínica jurídica, dejó flores en recepción.
No rosas, sino lirios blancos y junto a ellos una nota:
“Las mujeres inteligentes son las más peligrosas. Me gustan así.”
Alelí no mostró reacción frente al personal, pero al cerrar la puerta de su oficina, sus ojos se endurecieron.
—Estás jugando con fuego, Alex —susurró.
La tensión estalló tres noches después.
Anita salía del hospital tras un turno largo. Luis aún estaba en cirugía. La noche era tranquila, aparentemente. Cuando de pronto un vehículo salió de la nada, Anita no lo vio, hasta que estuvo demasiado cerca.
Un golpe seco, el cuerpo de la joven voló alto y cayó en el pavimento ensangrentada, mientras el conductor huía.
Luis recibió la llamada minutos después.
Salió y miryo a Anita en la camilla de urgencias, con la frente ensangrentada y la pierna en una posición antinatural, algo dentro de él se rompió.
—¿Qué fue lo que pasó, alguien vio algo? —preguntó, con voz contenida.
El paramédico dudó.
—El auto aceleró después del impacto. dijo un testigo, estoy seguro que eso, no fue un accidente.
La noticia llegó rápido.
Maykol estaba en la mansión, junto con Alelí, revisaban unos proyectos juntos, cuando recibió el mensaje.
—Anita está en el hospital.
Alelí sintió que el aire desaparecía.
Llegaron en minutos.
Luis estaba cubierto de sangre que no era suya, sosteniendo la mano de Anita mientras los médicos trabajaban.
—Está estable —dijo uno de ellos finalmente—. Fractura en la pierna. Conmoción. Mucha suerte.
Alelí se acercó a la cama y tomó la mano de su amiga, la culpa le perforó el pecho, por los testigos que vieron el supuesto accidente, sabía que se trataba de una advertencia.
Las mafias estaban reaccionando a todo lo que la flor había desatado, Alelí había llegado muy lejos.
Mientras pasaba toda esa confusión Maykol observaba la escena en silencio, notando algo inquietante, pues la expresión de Alelí no era solo dolor, era de culpa, era de que ella sabía algo más.
—¿Sabes algo que yo no? —preguntó en voz baja.
Ella lo miró un poco confundida
—No.
Pero sus ojos dijeron otra cosa.
Esa misma noche, Raúl recibió otro informe, se trataba de un antiguo caso cerrado años atrás, en el informe se veía el caso de un hombre asesinado en circunstancias similares.
Padre de una niña, aquella niña quedó huérfana, el nombre no coincidía, pero el apellido si.
Raúl sintió un escalofrío que no experimentaba desde hacía décadas.
—No puede ser… Debe tratarse de un error.
Se puso a revisar bien, miró fechas, edades, nombres.
Y se dió cuenta que aquella niña ahora tendría la edad exacta de Alelí.
El silencio en el despacho fue absoluto.
—Si esto es lo que creo que es… —murmuró.
La flor no era una amenaza externa, sino el pasado regresando.
En otro lugar, Andrés seguía investigando, estaba, cerrando una carpeta, había conseguido, fechas, coincidencias y un nombre.
Alelí.
todavía no sabía que se trataba de la.noboa de Maykol, pues ella se llamaba Melisa, pero estaba por descubrirlo.
Mientras tanto Alex, al enterarse del “accidente”, sonrió levemente.
No lo había ordenado él, pero sabía para quién era el mensaje.
Las mafias ya estaban reaccionando y eso hacía que el terreno se reduzca y que la situación fuera más interesante.
Tomó su teléfono.
—Quiero verla mañana.
—¿Para qué? —preguntó su hombre.
Alex miró por la ventana.
—Porque cuando el mundo empieza a arder… es cuando las verdaderas alianzas se forman.
En la habitación del hospital, Alelí sostuvo la mano de Anita, mientras le decía.
—Lo siento… — todo fue mi culpa amiga.
Anita, débil, intentó sonreír.
—No fue culpa tuya Melisa .
Pero ambas sabían que no era cierto.
La guerra había comenzado.
Y esta vez….no pararía.