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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1 – Punto cero. El despertar

La noche era fría. No una frialdad suave, sino una que mordía.

El cielo estaba cubierto por nubes densas, de un gris opaco que parecía aplastar cualquier rastro de luz. Ni una estrella. Ni una promesa.

Caminaba sin rumbo.

No sentía el frío.

Sentía la traición.

Lo había visto. No había dudas. Las manos de él en otra mujer. Años entregados a una vida que ahora comprendía que no era suya. Estudios abandonados. Sueños postergados. Amistades olvidadas. Se había reducido a ser suficiente para alguien que no la eligió.

La lluvia empapaba su ropa. El pavimento brillaba bajo las luces distantes. Sus piernas temblaron.

No por el clima.

Por el derrumbe.

 

El pavimento mojado cedió bajo sus pasos.

Sus rodillas golpearon el asfalto. El agua fría se filtró en su piel, pero no reaccionó.

Entonces lo escuchó.

Un motor.

Rápido.

Demasiado cerca.

Alzó la cabeza.

Dos luces blancas atravesaron la oscuridad y la cegaron. El mundo se redujo a ese resplandor.

Intentó incorporarse.

Sus músculos no respondieron.

El sonido de los frenos rasgó la noche.

Un segundo suspendido en el aire.

Después, el impacto.

No fue inmediato. Primero la sensación imposible de flotar, como si el cuerpo dejara de pesar. Luego el golpe seco contra el pavimento. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo roto.

Un sabor metálico le inundó la boca.

El dolor llegó tarde. Brutal.

Quiso respirar. No pudo.

El miedo apareció entonces. No por ella.

Por ellos.

Los rostros de sus pequeños hijos cruzaron su mente como un destello cálido en medio del caos.

Y luego todo se apagó.

 

Un sonido la arrastró desde la oscuridad.

Un pitido.

Agudo. Constante.

Intentó respirar. El aire raspó su garganta como si hubiera olvidado cómo hacerlo. Su boca estaba seca. La lengua, pesada.

Forzó los párpados.

Luz.

Demasiada.

Parpadeó varias veces hasta que la claridad dejó de quemarle los ojos.

Un techo blanco.

Liso. Sin grietas. Sin manchas.

Intentó mover las manos.

Nada.

Intentó girar la cabeza.

Nada.

El pánico no llegó de golpe. Se deslizó lentamente por su pecho, frío y preciso.

¿Dónde estaba?

La puerta chirrió.

El sonido la atravesó.

Una silueta femenina entró empujando un carrito metálico. Las ruedas produjeron un traqueteo suave que rompía el silencio clínico del lugar.

—¿Estás despierta?

Quiso responder.

Solo un murmullo áspero escapó de sus labios.

La mujer se acercó. Movimientos medidos. Controlados. Observó sus pupilas con una pequeña linterna. Anotó algo sin hacer preguntas.

Sin decir su nombre.

Sin presentarse.

Un frío recorrió su brazo.

El pinchazo llegó un segundo después.

La oscuridad volvió a cerrarse sobre ella.

 

Despertó otra vez.

El mismo pitido.

La misma luz blanca.

El mismo techo sin historia.

Pero algo era distinto.

Esta vez, el cuerpo respondió.

Un hormigueo leve bajo la piel. Luego punzadas. Como si los nervios estuvieran recordando su función.

Intentó mover un dedo.

Dolor.

Insistió.

Un espasmo mínimo recorrió su mano.

Lo logró.

El esfuerzo le arrancó una respiración temblorosa. Cada músculo parecía protestar contra el simple hecho de existir.

Cerró los ojos.

Intentó recordar.

Su nombre.

Silencio.

Buscó un rostro.

Vacío.

Forzó su mente hasta el límite, como quien empuja una puerta cerrada desde el otro lado.

Nada.

No era solo confusión.

Era ausencia.

La puerta se abrió de nuevo.

El olor a desinfectante anunció la llegada de la mujer antes de que pudiera verla.

—Eso es bueno —dijo al notar el leve movimiento de su mano.

Bueno.

La palabra sonó distante.

—Has estado dormida mucho tiempo.

¿Cuánto?

La pregunta ardió en su mente, pero su garganta apenas produjo un sonido quebrado.

La mujer humedeció sus labios con una esponja. El contacto fue frío. Real.

Demasiado real para un sueño.

La observaba con atención clínica.

No con preocupación.

No con afecto.

Como si esperara una reacción específica.

Como si evaluara resultados.

Cuando la mujer se inclinó para ajustar uno de los cables conectados a su pecho, alcanzó a ver el monitor por primera vez.

Líneas verdes. Ritmo constante.

Y en una esquina, un número fijo.

 

Parpadeó.

El número seguía allí.

 

No había nombre.

No había iniciales.

Solo ese número.

Sintió que algo se rompía por dentro.

Antes de poder sostener el pensamiento, el pinchazo volvió.

La oscuridad la reclamó una vez más.

Pero esta vez no cayó vacía.

Cayó con una certeza.

Los números no identifican.

Clasifican.

 

Despertó con el cuerpo aún tembloroso.

El pitido seguía allí, constante, marcando un tiempo que no comprendía. La luz ya no quemaba tanto, pero seguía siendo hostil.

Esta vez logró abrir los ojos por más tiempo.

La mujer estaba allí.

De pie, junto a la cama, revisando el contenido del carrito metálico. Su rostro mostraba un cansancio antiguo, como si aquel lugar no conociera descansos reales.

—¿Puedes oírme? —preguntó sin levantar la vista.

Parpadeó una vez.

La mujer asintió, como si eso fuera suficiente respuesta.

—Bien.

Ajustó uno de los cables conectados a su pecho. El contacto fue frío.

—No intentes hablar todavía —añadió—. Es normal.

Normal.

La palabra volvió a caer como una losa.

 

La mujer tomó una pequeña esponja, la humedeció y rozó sus labios. El agua alivió la sequedad, pero la sensación fue extraña, casi invasiva.

—Has estado dormida mucho tiempo —dijo.

Quiso preguntar cuánto.

Quiso saber por qué.

Quiso saber quién era.

Nada salió.

—Iremos despacio —continuó la mujer—. El cuerpo necesita recordar.

Recordar.

La palabra quedó flotando.

¿Recordar qué?

La mujer observó el monitor unos segundos más de lo necesario.

—Descansa —dijo al final.

No sonó como una sugerencia.

Sonó como una instrucción.

El pinchazo llegó de nuevo.

 

Despertó sin saber cuánto tiempo había pasado.

El pitido seguía allí. Inmutable. Como si el mundo entero dependiera de ese ritmo.

No abrió los ojos de inmediato.

Había aprendido algo.

Si permanecía quieta, escuchaba más.

La puerta no estaba cerrada del todo. Una línea delgada de luz cruzaba el suelo.

Pasos.

No uno.

Dos.

Se detuvieron frente a la habitación.

—¿Nivel de respuesta? —preguntó una voz masculina.

—Estable —respondió la mujer—. Dentro de los parámetros.

Parámetros.

No dijeron “ella”.

No dijeron nada que sonara humano.

—¿Reacción al estímulo visual?

—Limitada.

—¿Memoria?

Silencio.

—No hay indicios.

El pulso comenzó a acelerarse. El pitido cambió de ritmo.

Un segundo de pausa.

—Incremento en frecuencia cardíaca —dijo la mujer.

Los pasos se acercaron a la puerta.

Ella cerró los ojos con lentitud. Forzó su respiración a hacerse pesada, irregular.

Sintió la presencia entrar en la habitación.

El aire cambió.

Más frío.

 

Alguien se acercó al monitor. Un leve toque en la pantalla.

—Interesante —murmuró la voz masculina.

Silencio.

Luego, algo que no estaba dirigido a ella, pero que la atravesó igual:

—Pasamos al siguiente.

El mundo pareció contraerse.

Siguiente.

¿Siguiente qué?

Sintió el pinchazo antes de poder procesarlo.

La oscuridad descendió con rapidez.

Pero esta vez no cayó vacía.

Cayó con una certeza.

Los números no identifican.

Clasifican.

Y si había un siguiente…

Entonces ella no era un caso.

Era una serie.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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