"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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La marca del territorio
El ambiente en la Fundación se volvió gélido en cuanto las puertas de cristal se abrieron para dejar pasar a Alessia Van Doren. No era la mujer desaliñada por el viaje que Lucía recordaba de Milán; era una versión letal de la perfección neoyorquina, envuelta en un abrigo de cachemira blanco que parecía una armadura de estatus.
Lucía estaba de pie tras su escritorio, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Ver a Alessia entrar en su oficina fue como ver a un depredador entrar en un jardín. La prometida de Dante no perdió tiempo; ignoró el saludo cordial de la secretaria y caminó directamente hacia el espacio de Lucía, dejando su bolso de diseño sobre la mesa con un golpe seco.
—Vaya, así que esto es lo que Dante llama "protección" —dijo Alessia, recorriendo la oficina con una mirada de desprecio—. Un despacho con luz natural en la Fundación de su hermana. Es casi conmovedor lo mucho que se esfuerza por mantenerte cerca, Lucía.
—Señorita Van Doren, estoy aquí para trabajar en los proyectos de arte de Isabella —respondió Lucía, manteniendo su voz lo más estable posible—. Si ha venido por la gala benéfica, la señora Moretti la espera en la sala de juntas.
Alessia soltó una risa seca y se acercó al escritorio, inclinándose sobre él. El aroma de su perfume, caro y sofocante, llenó el aire.
—No seas ingenua. Sé exactamente por qué estás aquí. Dante siempre ha tenido debilidad por los casos de caridad, y tú eres su proyecto favorito del mes. Pero te daré un consejo de mujer a mujer: no confundas su lujuria con un futuro.
Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco. Las palabras de Alessia eran veneno puro, diseñadas para recordar la posición de cada una en el tablero.
—Anoche elegí mi vestido de novia —continuó Alessia, clavando sus ojos en los de Lucía con una malicia evidente—. Dante me llamó más tarde... me dijo que estaba cansado por el trabajo, pero que no veía la hora de que todo este proceso terminara para que pudiéramos estar finalmente juntos. Es curioso cómo los hombres dicen lo que una quiere oír cuando tienen una culpa que ocultar, ¿no crees?
Lucía sintió un nudo en la garganta. La mentira de Alessia —o la posibilidad de que fuera verdad— la golpeó con fuerza. Dante le había jurado amor esa misma madrugada, pero la realidad era que él seguía atendiendo las llamadas de su prometida.
—Si tiene tanta seguridad en su relación, no entiendo qué hace aquí intentando intimidar a una asistente —replicó Lucía, sacando una fuerza que no sabía que tenía.
Alessia se tensó. Su máscara de elegancia se agrietó por un segundo.
—Estoy aquí para recordarte que Nueva York es muy pequeña para las dos. Disfruta de tu "puesto" mientras dure, porque cuando yo sea la señora Moretti, esta Fundación y todo lo que toques será mío. Y tú serás solo un error que Dante borrará de su memoria.
Alessia se giró sobre sus tacones y salió de la oficina, dejando tras de sí un silencio sepulcral que Lucía sintió que la asfixiaba.
Mientras tanto, en el piso 50 de la Torre Moretti, Dante estaba viviendo su propio infierno. No podía concentrarse. La imagen de Lucía recogiéndose la ropa y dándole la espalda en el ático lo perseguía. Se sentía enceguecido por un sentimiento que nunca había experimentado: la impotencia.
Su puerta se abrió de golpe. No era su secretaria. Era su padre, Arthur Moretti.
El viejo Moretti caminaba con un bastón de mando, aunque no lo necesitaba. Su sola presencia era un recordatorio de décadas de disciplina y falta de afecto.
—He oído que has estado moviendo fichas, Dante —dijo Arthur, sentándose frente a su hijo sin invitación—. Has enviado a la chica a la Fundación de tu hermana. Un movimiento predecible. Muy poco brillante para alguien que yo entrené.
—Lucía Bennet es una empleada valiosa, padre. Su seguridad es mi responsabilidad —respondió Dante, su voz volviéndose de acero.
—Tu responsabilidad es la fusión con los Van Doren. Alessia me llamó esta mañana muy preocupada por tu "distracción" —Arthur golpeó el suelo con su bastón—. Escúchame bien: no voy a permitir que una asistente de Connecticut arruine un imperio que me tomó cuarenta años construir. Despídela. Ahora mismo. O me encargaré yo de que su salida sea mucho más traumática.
Dante se puso de pie, apoyando las manos sobre el escritorio. La sombra del niño asustado que Isabella le había descrito a Lucía había desaparecido. En su lugar, había un hombre dispuesto a quemar el mundo.
—Si le tocas un solo cabello, padre, te juro que desmantelaré esta empresa pieza por pieza antes de que puedas decir una palabra —amenazó Dante, con una calma aterradora—. Ya no soy el niño que golpeabas para que no llorara. Si quieres guerra, la tendrás. Pero Lucía no se va a ninguna parte.
Arthur lo miró con una mezcla de sorpresa y asco.
—Estás enceguecido, Dante. El amor es una enfermedad que los hombres como nosotros no pueden permitirse. Veremos cuánto dura tu lealtad cuando veas lo que los Van Doren pueden hacerle a la reputación de esa chica.
Cuando su padre salió, Dante se dejó caer en su silla, tapándose la cara con las manos. Estaba entre la espada y la pared. Amaba a Lucía, pero al protegerla, la estaba poniendo en el centro de una guerra de titanes. Dante sabía que el tiempo se agotaba y que debía actuar antes de que su padre o Alessia hicieran el primer movimiento letal.