En un mundo donde la sangre llama a la venganza y el destino teje hilos inquebrantables, ella, la Omega despreciada, se alzará para reclamar no solo un trono, sino el corazón de un Rey. Pero un amor tan puro puede ser la debilidad más letal en un reino oscuro.
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Capítulo 10
Los guardias se llevaron a Lisandra y a una Carla sollozante a rastras. Leandro, que se había quedado paralizado en la esquina, intentó escabullirse, pero una mirada de Ethan lo dejó clavado en el sitio.
—Tú —dijo Ethan a Leandro—. Tú eras el que la arrastraba como si fuera ganado, ¿verdad?
Leandro tragó saliva, su rostro volviéndose del color de la cera.
—Yo... solo seguía órdenes... ella se escapó... el bosque es peligroso...
—El único peligro en este bosque para ella eras tú —rugió Ethan. Dio un paso hacia adelante, pero Luneth puso una mano temblorosa en su brazo.
—Ethan... no —suplicó ella. No quería que hubiera sangre, no esta noche. Su mente todavía estaba procesando el hecho de que él la hubiera llamado "Reina".
El Rey se detuvo. El contacto de la mano de Luneth en su piel pareció calmar la bestia que rugía en su interior. Cubrió la mano de ella con la suya, entrelazando sus dedos. La diferencia de tamaño era asombrosa; su mano era casi el doble de la de ella, curtida por la espada y la guerra, mientras que la de ella era pequeña y frágil.
—Tienes un corazón demasiado noble para este lugar, Luneth —susurró él, volviendo a suavizar su expresión solo para ella—. Está bien. Por ahora, él vivirá. Pero sal de aquí, muchacho, antes de que cambie de opinión.
Leandro huyó escaleras arriba como si el mismísimo diablo lo persiguiera.
Ethan volvió a centrar toda su atención en Luneth. La atmósfera volvió a cargarse de esa electricidad íntima que solo el vínculo podía generar. Él se quitó su pesada capa de piel de lobo negro y la envolvió alrededor de los hombros de ella, ocultando su camisola húmeda y su túnica andrajosa. El olor de Ethan —bosque húmedo, cuero y un rastro de ámbar— la envolvió, dándole una sensación de seguridad que nunca había conocido.
—Tienes frío —dijo él, ajustando la capa—. Y estás temblando.
—Es... es demasiado —admitió ella, bajando la vista—. Hace una hora estaba limpiando las chimeneas y esperando un castigo. Ahora... ahora usted me dice estas cosas. Siento que si despierto, estaré de nuevo en el suelo de la cocina.
Ethan tomó su barbilla y la obligó a mirarlo de nuevo.
—No vas a volver a esa cocina nunca más. Mañana, cuando el sol salga, dejarás esta mansión para siempre. Irás conmigo a la Capital de la Sombra. Allí, tendrás vestidos de seda, las mejores comidas y, lo más importante, nadie volverá a ponerte una mano encima sin morir por ello.
—¿De verdad me quiere? —preguntó ella con una vulnerabilidad que le rompió el corazón al Rey—. ¿Incluso si soy una Omega?
Ethan se inclinó y, por primera vez, unió sus labios con los de ella. No fue un beso exigente, sino una promesa. Fue un toque suave, exploratorio, que envió oleadas de calor por todo el cuerpo de Luneth. Sus labios sabían a libertad, a poder y a una pasión contenida que la hizo aferrarse a las solapas de su túnica real. El vínculo se selló en ese momento; no hubo marcas de colmillos todavía, pero sus almas se reconocieron y se entrelazaron de una manera que la muerte misma tendría dificultades para separar.
Cuando se separaron, Ethan tenía una chispa de triunfo en sus ojos dorados.
—No te quiero a pesar de ser una Omega, Luneth. Te quiero porque eres tú. Porque tu fuerza es mayor que la de cualquier Alfa que haya conocido. Ahora, escúchame. Debo ir a reunirme con mis generales y con tu tío. Hay asuntos de estado que deben cerrarse antes de que podamos partir.
—No me deje sola —susurró ella, un repentino presentimiento recorriendo su espalda.
—Nunca estarás sola —le aseguró él—. Mis guardias estarán en la puerta de tu habitación. Nadie entrará. Descansa, lávate esta suciedad y prepárate. Mañana comienza tu vida.
Él le dio un último beso en la frente y se alejó, su figura imponente llenando el pasillo mientras subía hacia los salones principales donde la nobleza lo esperaba.
Luneth se quedó allí, envuelta en la capa del Rey, sintiendo el peso del destino sobre sus hombros. Miró la máscara de hierro en el suelo, ahora un pedazo de chatarra inútil. Por un momento, se sintió invencible.
Sin embargo, lo que Luneth no sabía era que el odio de los Moonlight era más profundo que el miedo al Rey. En las sombras de la cocina, Sara y Enma, las criadas que siempre la habían envidiado, escuchaban todo. Y arriba, en el despacho privado de Ricardo, se estaba gestando un plan desesperado. Si no podían tener a la Omega como sirvienta, se asegurarían de que el Rey recibiera un cadáver en lugar de una esposa.
La noche era joven, y la "Caza Nocturna" estaba a punto de comenzar.