Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 6: Donde el silencio empieza a doler La noche siguiente fue peor.
No por ataques. No por gritos.
Sino por la calma tensa que se extendió como una herida que no sangra pero arde por dentro.
El pequeño grupo se refugió en una vieja torre de vigilancia abandonada. Las paredes de piedra estaban agrietadas, cubiertas de musgo, y el techo dejaba filtrar el viento frío. Encendieron un fuego mínimo en el centro del espacio circular. Las llamas proyectaban sombras largas que se deformaban sobre la piedra, como si el lugar guardara fantasmas de antiguas batallas.
Rhydian se sentó cerca del fuego, con el costado aún dolorido. El golpe que había recibido en el enfrentamiento no era grave, pero cada respiración profunda le recordaba que el cuerpo tenía límites, por más que su orgullo los negara. Limpió su puñal en silencio, más por costumbre que por necesidad.
Severin se mantuvo de pie, como siempre, vigilando las entradas rotas de la torre. No parecía cansado. O, si lo estaba, no lo mostraba. El Enigma vivía en una contención constante, como si el agotamiento fuera otra emoción que no se permitía.
—No has comido —dijo Rhydian de pronto, rompiendo el silencio.
Severin giró apenas la cabeza.
—No lo necesito ahora.
—Eso no es una respuesta —replicó Rhydian—. Es una excusa.
Los ojos grises se posaron en él, evaluándolo.
—No me gusta perder tiempo en lo que no afecta la misión.
Rhydian soltó una risa baja, sin humor.
—Tu misión no se cae si comes un trozo de pan. Pero tu cuerpo sí.
Severin no respondió de inmediato. Se acercó al fuego y tomó un pedazo de pan duro de la bolsa de provisiones. No lo miró al comer. Lo hizo de forma mecánica, casi como si ese acto simple le resultara extraño.
Rhydian lo observó en silencio. Le sorprendía lo mucho que cada gesto mínimo del Enigma parecía… estudiado. Como si incluso el descanso fuera algo que Severin tuviera que decidir racionalmente.
—No tienes que demostrar que no te afectan las cosas —dijo Rhydian con voz más baja—. No a mí.
Severin alzó la vista.
—No demuestro nada —respondió—. Simplemente no permito que interfiera.
—Eso también es una forma de huir —murmuró Rhydian.
La frase quedó flotando entre ambos, peligrosa.
Por un instante, Severin pareció tensarse. No de ira. De algo más interno. Algo que no encontraba salida fácil.
—Huir no siempre implica moverse —dijo finalmente—. A veces implica quedarse quieto para que nada te alcance.
Rhydian entendió demasiado bien esa frase. Él mismo había pasado años huyendo de la idea de pertenecer, quedándose siempre a medio camino de los vínculos.
—No todo lo que te alcanza te quiere romper —dijo, sin mirarlo directamente.
El fuego crepitó. Afuera, el viento golpeó la torre con un silbido largo.
Uno de los soldados tosió en sueños. Otro se movió, inquieto. La frontera no dormía en paz.
Severin se sentó finalmente, no junto al fuego, sino a una distancia prudente de Rhydian. Aun así, la cercanía era nueva. Inusual. El espacio entre ambos se sentía cargado de algo que no terminaban de nombrar.
—¿Por qué te importa tanto lo que pase con otros omegas? —preguntó Severin de pronto.
Rhydian tardó en responder.
—Porque nadie se preocupó cuando yo era uno más en la fila —dijo—. Y porque sobrevivir solo no te vuelve más fuerte… solo te vuelve más duro.
Severin lo observó con una atención que ya no era puramente estratégica.
—No hablas como alguien que espera que el mundo cambie —dijo.
—No espero que cambie —respondió Rhydian—. Espero poder elegir con quién sangro cuando no cambia.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Íntimo de una forma extraña para dos personas que apenas empezaban a rozar sus bordes emocionales.
Severin apartó la mirada primero.
—Mañana avanzaremos hacia el paso de rocas —dijo, volviendo al tono práctico—. Si los Helkar están moviendo gente, ahí es donde intentarán cruzar con los capturados.
Rhydian asintió.
—Entonces mañana no miro hacia otro lado.
Severin lo miró una última vez antes de volver a levantarse para tomar su turno de guardia.
—No lo haces nunca —dijo en voz baja.
Rhydian sintió que algo se le apretaba en el pecho al escuchar eso. No era una caricia. No era una confesión. Era, quizás, el principio de ser visto.
Y a veces, eso dolía más que cualquier herida.