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Latidos Bajo La Bata

Latidos Bajo La Bata

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor a primera vista / Divorcio / Amor prohibido / Romance / Superpoder / Completas
Popularitas:22.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?

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Capítulo 19: salitre y piel

El rugido del motor del yate de Ricardo, el Valmont II, era el único sonido que competía con el grito de las gaviotas. Habíamos dejado atrás el muelle privado de la ciudad al amanecer, huyendo de los reporteros que aún husmeaban tras el escándalo del compromiso roto. El destino era una cala virgen en la costa norte, un lugar donde el azul del Caribe se fundía con el turquesa de los sueños.

Junto a nosotros viajaban los únicos dos amigos en los que Ricardo confiaba: Julián, un arquitecto de mirada sagaz que había diseñado la mitad de los edificios de la empresa, y Marcos, un abogado de tiburones que conocía los secretos más oscuros de la familia Videla. Con ellos venía Elena, la esposa de Julián, una mujer de una elegancia bohemia que me recibió con una sonrisa que no juzgaba, algo que agradecí en el alma.

Durante el trayecto, observé a Ricardo. En la ciudad, él era un monumento a la sastrearía italiana y la frialdad ejecutiva. Pero aquí, bajo el sol implacable, era una fuerza de la naturaleza. Llevaba solo unos bañadores oscuros y una camisa de lino abierta que ondeaba con la brisa. Su torso, ancho y esculpido por años de disciplina y una genética privilegiada, brillaba con una fina capa de sudor y salitre. Sus hombros eran como cordilleras de músculo, y las venas de sus antebrazos se marcaban con cada movimiento que hacía al timonear.

Era un hombre duro, forjado en la adversidad de un padre que nunca le dio un abrazo. Sus rasgos, marcados por una mandíbula cuadrada y unos ojos que parecían leer el fondo del océano, intimidaban a cualquiera. Julián y Marcos lo trataban con un respeto que rayaba en la reverencia; sabían que Ricardo no era alguien con quien se pudiera jugar.

—¿Te gusta la vista, Valentina? —preguntó Elena, sentándose a mi lado en la cubierta, mientras me ofrecía una copa de champán helado.

—Es... impresionante —respondí, aunque mis ojos no estaban en el paisaje, sino en la espalda de Ricardo.

—Él es un volcán, querida —susurró Elena con complicidad—. He visto a muchas mujeres intentar escalarlo, pero solo tú pareces haber encontrado el camino al cráter sin quemarte. Ten cuidado, ese tipo de hombres no saben querer a medias.

Al llegar a la cala, el ancla cayó con un estruendo sordo. Los hombres se lanzaron al agua, compitiendo como adolescentes, pero Ricardo se quedó atrás. Me buscó entre la multitud mínima de amigos y se acercó.

Fue en ese momento cuando ocurrió la transformación que solo yo conocía. Al estar frente a mí, la dureza de su expresión se desmoronó. Aquel león que mantenía a raya al mundo entero bajó la guardia. Sus manos, grandes y callosas, rodearon mi cintura con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta. Me atrajo hacia su pecho caliente, y sentí los latidos de su corazón, potentes y rítmicos.

—¿Estás cómoda, mi Isabela? —me susurró al oído, usando ese nombre que se había convertido en nuestra clave de intimidad, nuestro refugio contra la realidad de "Valentina".

—Estoy perfecta —respondí, perdiéndome en el azul de sus ojos, que ahora no eran de hielo, sino de agua mansa.

Él me besó con una ternura que me desarmó. Ricardo podía ser un dictador en la junta directiva y un animal en la cama, pero conmigo, se convertía en un protector devoto. Me cargó en sus brazos como si no pesara nada y, ante la mirada atónita de sus amigos, saltó conmigo al agua. El impacto frío nos envolvió, pero bajo la superficie, sus labios no se separaron de los míos. Éramos solo dos cuerpos buscando oxígeno y consuelo en un mundo que quería vernos separados.

Pasamos la tarde en la arena blanca. Julián y Marcos bromeaban sobre los viejos tiempos, pero la conversación inevitablemente derivó hacia el regreso a la oficina el lunes.

—Ricardo, sabes que tu padre no se va a quedar de brazos cruzados —dijo Marcos, mientras devoraba una langosta a la brasa—. Ha empezado a mover sus acciones. Quiere forzar una junta extraordinaria para impugnar el fideicomiso de Rosa.

Ricardo, que estaba recostado con la cabeza apoyada en mi regazo mientras yo jugaba con su cabello oscuro, ni siquiera abrió los ojos.

—Que mueva lo que quiera, Marcos. Rosa tiene los documentos originales. Lo que él no sabe es que ya he iniciado el proceso para cambiar el nombre legal del holding. El lunes, cuando entre a ese edificio, ya no será el Grupo Videla. Será Valmont International.

—Es una declaración de guerra total —sentenció Julián—. Estás borrando el apellido de tu padre de la faz de la tierra.

—Él borró su derecho a ese apellido cuando intentó usar a Valentina como moneda de cambio —respondió Ricardo, sentándose y recuperando esa mirada de acero que hacía que el aire pesara más—. No hay vuelta atrás.

El domingo por la tarde, el regreso a la ciudad se sintió como entrar en una zona de combate. El yate atracó y el coche blindado nos esperaba. La piel me ardía por el sol, pero mi espíritu estaba más fuerte que nunca.

El lunes por la mañana, acompañé a Ricardo a la sede de la empresa. Yo llevaba mi traje más profesional, preparada para mis prácticas en la clínica más tarde, pero él insistió en que entrara con él. Quería que el mundo viera quién estaba a su lado.

Al llegar a la recepción, el caos era evidente. Los empleados susurraban, los teléfonos no paraban de sonar. En la pared principal, donde antes lucía un enorme logo de bronce con las letras "GV" (Grupo Videla), ahora solo quedaba una marca en la pared. Operarios estaban terminando de instalar una nueva placa, minimalista y elegante: VALMONT.

Subimos al último piso. La puerta del despacho principal se abrió y allí estaba Ernesto Videla, sentado en la silla que ya no le pertenecía, rodeado de abogados.

—Llegas tarde para tu propio funeral, Ricardo —dijo su padre, sin mirar la nueva placa.

—Al contrario, padre —respondió Ricardo, caminando hacia el escritorio con una seguridad que llenaba toda la estancia—. Llego justo a tiempo para la inauguración. Scott ya no está aquí para abrirte la puerta, y tus abogados deberían leer el anexo cuatro del contrato de propiedad del edificio. Esta estructura está a nombre de una filial de los Valmont que mi abuela protegió hace décadas.

Ricardo se colocó detrás del escritorio, de pie, como un titán reclamando su trono. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos frente a todos.

—Valentina, te presento tu nueva casa —dijo, mirando a su padre con un desprecio absoluto—. Ernesto, tienes diez minutos para recoger tus cosas. Después de eso, la seguridad te escoltará fuera. Y por cierto, la clínica de Valentina ha recibido una donación anónima para un nuevo pabellón de investigación. Parece que los Valmont creen en salvar vidas, no en destruirlas.

Ernesto se levantó, temblando de furia, pero al ver la determinación en los ojos de su hijo y la calma en los míos, supo que la era de los Videla había terminado. Salió del despacho sin decir una palabra, seguido por su séquito de sombras.

Ricardo soltó un largo suspiro y me atrajo hacia él. La fachada de hombre duro volvió a agrietarse solo para mí.

—¿Crees que fui muy duro? —preguntó, buscando aprobación en mi mirada.

—Fuiste un Valmont —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—. Y ahora, señor Valmont, creo que tiene una empresa que dirigir.

Él me sonrió y me besó con la pasión de quien ha ganado la batalla más importante de su vida. Pero fuera, en los pasillos, el eco de los De la Torre aún resonaba. Estefanía no aceptaría la derrota tan fácilmente, y el litio seguía bajo la tierra de las 22 hectáreas, esperando a ser el siguiente motivo de conflicto.

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Maria M. Rosario
mjy bonita la historia
Estefaniavv: Gracias, espera la segunda parte en una semana 🙈
total 1 replies
LIZA VELAZCO
sencillamente hermosa!!!!! felicidades que gran historia 😊
Estefaniavv: Gracias, espera la segunda parte en una semana 🙈
total 1 replies
Elina Beatriz Ravazzano
Te felicitó por tu imaginación. No entendí mucho,pero me gustó.
Estefaniavv: Viene una segunda parte que se desarrolla la historia final 🥰🥰
total 1 replies
AYA
El título de la novela cambió, al inicio no se leía fantasía y luego cambió a pura fantasía , no fue mala pero esos cambió tan drástico dañan la lectura.
AYA
Demasiado fantasía, 🙄😒
Carola Videla 😈🇦🇷
que triste vivir así, es injusto
Lirio Blanco: Cierto 😔
total 3 replies
Estefaniavv
🥰🥰🥰
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