Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Después de la tormenta
Su corazón casi se detiene.
El duque estaba apoyado contra la pared, sin chaqueta, solo con camisa blanca ligeramente abierta en el cuello.
¿Desde cuándo está ahí?
—No temo —respondió ella, cruzando los brazos—. Solo… no me agrada el ruido.
Un relámpago iluminó el pasillo.
El viento empujó una de las ventanas mal cerradas.
Raeliana se giró para cerrarla, pero el suelo pulido estaba húmedo por la lluvia que entraba.
Su pie resbaló.
—¡Ah—!
Antes de tocar el suelo, una mano firme rodeó su cintura.
Pero el impulso fue demasiado fuerte.
Ambos cayeron.
El duque amortiguó el golpe, quedando debajo.
Raeliana sobre él.
Demasiado cerca.
Demasiado.
El mundo pareció quedarse en silencio, incluso con la tormenta rugiendo afuera.
Sus rostros estaban a centímetros.
La mano de él seguía firme en su cintura.
Su respiración chocaba.
—Milady… —su voz era más baja ahora— si sigue mirándome así, comenzaré a pensar que no fue un accidente.
Raeliana sintió calor subir por su cuello.
—Su excelencia está imaginando cosas.
Pero no se movió.
Él tampoco.
Su mano subió apenas, ajustándose mejor en su cintura.
—No me desagrada que me necesite —murmuró él—. Pero prefiero que me lo diga directamente.
El corazón de Raeliana latía con fuerza.
Esto no estaba en el plan.
Él acercó su rostro.
Lento.
Dándole tiempo de apartarse.
Ella no lo hizo.
—Deberíamos levantarnos —dijo ella, intentando recuperar compostura.
—Deberíamos —respondió él, sin soltarla inmediatamente.
Sus labios apenas rozaron los de ella.
El salón del palacio era amplio y dorado.
El príncipe los observaba desde su asiento con una sonrisa curiosa.
—Así que usted es la mujer que logró que el duque se comprometiera sin que yo tuviera que obligarlo.
Raeliana hizo una reverencia perfecta.
—Es un honor conocerlo, alteza.
El príncipe la estudió.
Dicen que entiende las cuentas del ducado.
—Las entiendo.
—¿Y también entiende la política?
—Lo suficiente para no confiar en todos.
El príncipe sonrió.
—Respuesta inteligente.
Se acercó un poco más.
—¿Ama al duque?
Raeliana no dudó.
—Respeto al hombre con el que voy a casarme.
El príncipe miró al Duque Noah.
—Interesante elección de palabras.
Noé habló firme.
—No la traje para entretenerlo.
El príncipe soltó una risa baja.
—No, claramente no.
Volvió a mirar a Raeliana.
—Tiene carácter. Eso puede ser una ventaja… o un problema.
Ella respondió sin bajar la mirada:
—Depende de quién esté frente a mí.
Silencio.
El príncipe sonrió más despacio.
—Ya veo por qué la eligió.
Salieron del salón del príncipe.
El pasillo estaba vacío.
Raeliana caminaba tranquila, pero sentía la mirada de Noé sobre ella.
—Le agradó demasiado —dijo él de pronto.
Ella no fingió no entender.
—Es el príncipe. Es natural que observe.
Noah se detuvo.
Ella dio un paso más… y él la tomó del brazo con firmeza. No brusco. Pero claro.
—No me gusta cómo la miró.
Raeliana alzó la vista.
—¿Celoso, su excelencia?
Silencio.
No me gusta que otro hombre evalúe lo que es mío.
El aire cambió.
Raeliana sintió ese calor otra vez.
—Aún no soy suya oficialmente.
Error.
La mano de él subió desde su brazo hasta su cintura y la acercó.