Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 15: Noventa días de hielo y fuego
El primer día de los tres meses de prueba amaneció con un cielo gris plomizo sobre la ciudad, un reflejo exacto del ambiente que se respiraba en el piso cuarenta de Blackwood Technologies.
Alana se sentó frente a su escritorio con una postura impecable. Había tomado una decisión radical: si Ethan quería verla en el mundo real, tendría que ganárselo soportando a la secretaria más eficiente, fría y distante que jamás hubiera existido. Dejó su teléfono móvil boca abajo en la esquina de la mesa. Ya no había aplicación, no había Eros, no había un refugio nocturno. Ahora todo era real.
A las diez de la mañana, la puerta del despacho presidencial se abrió. Ethan salió sosteniendo una serie de carpetas. Alana levantó la vista, manteniendo los ojos fijos en los de él, desprovistos de la timidez de antes.
—Señorita Vega, necesito que programe una cena con los directores de logística para este jueves a las ocho de la noche —dijo Ethan. Su voz era sumamente profesional, pero sus ojos grises la recorrieron con una lentitud que delataba el hambre que contenía por dentro. Estaba cumpliendo la regla número uno al pie de la letra, pero mantener la distancia le estaba costando un esfuerzo sobrehumano.
—Por supuesto, señor Blackwood. ¿Prefiere el restaurante habitual o desea que busque una nueva opción? —respondió ella, con un tono tan protocolario que pareció cortarle el aire a Ethan.
—El habitual está bien. Y... Vega —Ethan se apoyó levemente en el borde del escritorio de ella, rompiendo la distancia de seguridad por unos centímetros. Su aroma a sándalo inundó el espacio de Alana—. Reserve una mesa adicional para dos personas el viernes a la misma hora. A nombre personal, no de la empresa.
Alana no parpadeó. Sabía perfectamente lo que significaba esa reserva. Era la primera jugada de Ethan fuera de la oficina. La primera cita oficial del pacto.
—Entendido, señor. Quedará agendado —asintió ella, tecleando en la computadora sin volver a mirarlo.
Ethan apretó la mandíbula, frustrado por la falta de reacción de Alana, y regresó a su despacho cerrando la puerta tras de sí. Alana exhaló un suspiro contenido. El corazón le latía con fuerza. El juego del gato y el ratón había comenzado, pero esta vez, ella tenía las garras afuera.
El resto de la semana fue una tortura silenciosa para ambos. En la oficina, eran dos extraños profesionales. Se pasaban documentos evitando que sus dedos se rozaran, se hablaban con un respeto sepulcral y mantenían las distancias. Sin embargo, la tensión acumulada en el aire era tan densa que los demás empleados del piso caminaban de puntillas, presintiendo que en cualquier momento estallaría una tormenta entre el CEO y su asistente.
Llegó el viernes por la noche.
Alana se preparó en su apartamento con total parsimonia. No eligió el vestido negro de la provocación, ni tampoco la lencería roja que Ethan ya conocía a través de las fotos. Esta vez optó por un vestido de seda color esmeralda, elegante, con una caída libre que no revelaba demasiado, pero que la hacía lucir imponente. Quería que Ethan entendiera que el conocimiento que tenía de su cuerpo a través de la pantalla ya no le servía de nada; hoy empezaba desde cero.
A las ocho en punto, el timbre de su apartamento sonó. Alana abrió la puerta y se encontró a Ethan. No llevaba coche de la empresa, ni guardaespaldas. Estaba allí solo, vestido con un traje oscuro sin corbata, con el primer botón de la camisa abierto. Al verla, sus ojos destellaron con una mezcla de alivio y deseo puro.
—Estás hermosa, Alana —dijo él, con una voz que finalmente abandonaba la rigidez corporativa. Intentó dar un paso hacia el interior del apartamento, pero Alana se interpuso sutilmente en el umbral, tomando su bolso.
—Gracias, señor Blackwood... o debería decir Ethan, ya que estamos fuera de la oficina —dijo ella con una sonrisa calmada pero distante—. Vamos. No me gusta llegar tarde a las reservas.
Durante la cena en el exclusivo restaurante de la planta alta de la ciudad, la dinámica cambió. Ethan intentó en varias ocasiones sacar a relucir la intimidad que habían compartido en sus noches de chat, buscando reconectar con la Alana vulnerable que él tanto extrañaba.
—Extraño escuchar tu voz por las noches, Alana. Extraño saber qué piensas antes de dormir —confesó él, mirándola fijamente a través de la mesa a la luz de las velas, extendiendo su mano sobre el mantel con la esperanza de que ella la tomara.
Alana miró la mano de Ethan y luego lo miró a él, manteniendo su copa de vino entre los dedos.
—Esa Alana existía porque creía que hablaba con alguien que no la juzgaba, Ethan. La mujer que tienes enfrente hoy es la que descubrió que fuiste un cobarde que usó una máscara para meterse en su mente. Si quieres esa intimidad de regreso, vas a tener que construirla aquí, en el mundo real, con citas normales, conversaciones reales y ganándote mi confianza día a día. No me vas a convencer con nostalgia de un engaño.
Ethan retiró la mano lentamente, asimilando el golpe. La firmeza de Alana lo descolocaba, pero al mismo tiempo, lo fascinaba de una manera destructiva. Ella ya no era la secretaria sumisa; era una mujer que lo estaba obligando a bajarse de su pedestal tecnológico para cortejarla como cualquier hombre común, y él estaba dispuesto a pasar por ese fuego con tal de no perderla.
Al terminar la cena, Ethan la llevó de regreso a su edificio. El coche se detuvo frente a la entrada principal. Mateo, el guardia de seguridad, estaba en la recepción y los miró a través del cristal. Ethan sintió una punzada instantánea de celos y posesividad en el pecho, y sus dedos se apretaron contra el volante, pero recordó la regla número tres: ella sigue siendo libre.
Alana notó la tensión en la mandíbula de su jefe y sonrió para sus adentros. El control ahora era suyo.
—Fue una buena cena, Ethan. Gracias —dijo ella, desabrochándose el cinturón de seguridad.
Ethan se giró hacia ella, acercándose sutilmente, con los labios entreabiertos, buscando un beso de despedida que sellara el primer avance del mes. Pero Alana colocó una mano firme sobre su pecho, deteniéndolo a centímetros de su rostro.
—Paso a paso, Blackwood. Apenas es la primera semana —susurró ella, con una mirada cargada de una promesa futura pero manteniendo la distancia—. Nos vemos el lunes en la oficina. No olvides revisar los informes de Boston antes de la reunión de las nueve.
Alana bajó del coche con una elegancia felina, entró al edificio saludando amablemente a Mateo con una sonrisa, y se perdió en el ascensor. Ethan se quedó en el auto, mirando la entrada vacía, con la respiración acelerada y el cuerpo tenso de frustración y deseo. El primer mes de prueba había comenzado, y Alana le estaba demostrando que el precio de su perdón iba a ser el juego más difícil de su vida.
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¿Qué te pareció este inicio del pacto? Alana lo tiene sufriendo en su propio terreno.