Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 4 — CONFRONTACIÓN
Al entrar en el edificio, Elizabeth llevaba a Dael cómodamente entre sus brazos.
El vestíbulo era amplio y elegante. El suelo de mármol relucía bajo la luz de las enormes lámparas de cristal, mientras empleados y ejecutivos iban de un lado a otro con carpetas y maletines en las manos.
Sin embargo, apenas avanzó unos cuantos pasos, el ambiente cambió por completo.
Hombres vestidos con impecables trajes negros y gafas oscuras surgieron desde distintos puntos del vestíbulo. Se movían con rapidez y disciplina militar. En cuestión de segundos, rodearon completamente a Elizabeth.
Bajo sus chaquetas era fácil distinguir el contorno de las armas que portaban.
Los empleados que presenciaban la escena bajaron inmediatamente la cabeza.
Nadie se atrevía a mirar.
Todos sabían quién estaba a punto de aparecer.
Entonces una voz grave, fría y autoritaria rompió el silencio.
—Suelta a mi hijo.
El cuerpo de Elizabeth se estremeció.
Aquella voz...
La habría reconocido incluso después de cien años.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Una felicidad indescriptible recorrió todo su cuerpo.
Kael...
Los guardaespaldas se apartaron lentamente, formando un pasillo.
Al fondo apareció una silla de ruedas eléctrica.
Sobre ella estaba sentado un hombre de cabello negro, perfectamente peinado, y unos intensos ojos rojos que transmitían una frialdad casi absoluta. Vestía un elegante traje oscuro y, aun sentado, irradiaba una presencia que imponía respeto.
La sonrisa de Elizabeth desapareció.
Su mirada descendió lentamente hasta la silla de ruedas.
Sintió como si alguien le hubiera apretado el pecho.
Durante unos segundos fue incapaz de respirar.
¿Qué... te pasó...?
Su expresión cambió por completo.
La emoción dio paso a la preocupación.
Con voz apenas audible preguntó:
—¿Por qué... estás en una silla de ruedas?
Kael frunció el ceño.
Aquella desconocida acababa de hacer una pregunta demasiado personal.
No respondió.
Su atención permanecía fija únicamente en Dael.
El pequeño, al escuchar la voz de su padre, levantó inmediatamente la cabeza.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Papá!
Elizabeth lo bajó con cuidado al suelo.
Dael corrió hasta la silla de ruedas y, al llegar frente a Kael, rodeó su cuello con ambos brazos.
Kael respondió al abrazo estrechándolo con fuerza contra su pecho mientras acariciaba lentamente su cabello rubio.
Solo entonces la tensión de su rostro disminuyó un poco.
—¿Estás bien? —preguntó con evidente preocupación.
Dael asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
Luego señaló a Elizabeth.
—¡Papá, esa señorita me gusta! ¡Quiero que sea mi nueva niñera!
Por un instante el silencio dominó el vestíbulo.
Kael levantó una ceja.
—¿Y la niñera que estaba contigo?
Dael respondió con total inocencia.
—La señorita la despidió.
La expresión de Kael volvió a endurecerse.
Giró lentamente la cabeza hacia Elizabeth.
—¿Qué hizo... qué?
Elizabeth sostuvo su mirada sin el menor temor.
—¿Y qué?
Su tono era tranquilo.
—De cualquier forma ibas a despedirla.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Es tan inútil que nuestro hijo estuvo a punto de ser atropellado por un camión mientras ella era incapaz de protegerlo.
Kael abrió ligeramente los ojos.
Había escuchado muchas cosas desde que aquella mujer apareció.
Pero solo una frase quedó resonando en su cabeza.
"...nuestro hijo."
El silencio volvió a instalarse.
Dael, confundido, miró primero a Kael y luego a Elizabeth.
Con pequeños pasos caminó hasta quedar frente a ella.
Inclinó la cabeza.
—¿Eres... mi mamá?
Sus grandes ojos rojos reflejaban una confusión absoluta.
—No entiendo...
Kael endureció inmediatamente la voz.
—¡Dael! Ven aquí.
El pequeño dio un ligero respingo.
Elizabeth frunció el ceño.
—¡Kael! ¡No le hables así a nuestro hijo!
Aquellas palabras terminaron por agotar la paciencia del omega.
Con un simple movimiento de su mano dio una orden silenciosa.
Todos los guardaespaldas desenfundaron sus armas y apuntaron directamente hacia Elizabeth.
El ambiente se volvió sofocante.
Elizabeth permaneció inmóvil.
No apartó la vista de Kael.
Había demasiadas emociones acumuladas durante aquellos diez años perdidos.
Su voz se volvió más suave.
—Kael...
Él la observó sin decir nada.
—¿No me reconoces?
Un silencio incómodo se extendió por el vestíbulo.
Elizabeth dio un paso al frente.
—Soy Dante.
Los empleados intercambiaron miradas discretas.
Algunos pensaban que aquella mujer había perdido completamente la razón.
Elizabeth continuó hablando.
—Aunque tenga otra apariencia... realmente soy yo.
Kael la observó durante unos largos segundos.
Su rostro permaneció completamente inexpresivo.
Finalmente habló con rabia.
—Saquen a esta maldita loca de inmediato.
Los guardaespaldas comenzaron a acercarse.
Elizabeth apretó los puños.
—¡Kael, maldito bastardo!
Su voz resonó por todo el vestíbulo.
—¡Eres mi esposo!
Los presentes quedaron completamente inmóviles.
Kael soltó una risa seca.
No había diversión en ella.
Solo incredulidad.
—Estás loca.
Su mirada era tan fría que parecía atravesarla.
—Completamente desquiciada.
Hizo una breve pausa.
—A mí no me gustan las mujeres.
Sus palabras fueron firmes.
—¿Cómo podríamos ser esposos?
Cómo podrías ser mi Dante...
Después extendió una mano hacia Dael.
—Ven con papá.
Elizabeth sintió cómo su energía comenzaba a agitarse.
Si era necesario reduciría a todos aquellos hombres para hablar con Kael.
No pensaba marcharse otra vez.
Pero antes de que pudiera hacer nada...
Un sollozo infantil rompió el silencio.
Dael comenzó a llorar.
Las lágrimas caían una tras otra por sus mejillas.
Su pequeña voz temblaba.
—Papá...
Miró a Kael.
Luego a Elizabeth.
—¿Por qué se hablan tan feo...?
Se llevó las pequeñas manos al pecho.
—Tengo miedo...
Aquellas palabras fueron suficientes para detenerlo todo.
Elizabeth sintió un fuerte dolor en el corazón.
Kael también quedó inmóvil.
La dureza de su expresión desapareció al ver llorar a su hijo.
Avanzó en su silla y con delicadeza lo abrazó nuevamente contra su pecho.
—No llores... Ya pasó.
Dael escondió el rostro en el hombro de Kael mientras seguía sollozando.
Elizabeth bajó lentamente los puños.
Toda intención de luchar desapareció.
¿Qué estoy haciendo...?
Kael accionó el control de la silla de ruedas eléctrica.
Esta comenzó a avanzar lentamente hacia el interior del edificio mientras Dael lo seguía a su lado.
Los guardaespaldas permanecieron rodeando a Elizabeth, atentos a cualquier movimiento.
Ella, sin embargo, ya no tenía intención de pelear.
Se llevó una mano a la frente y dejó escapar un profundo suspiro.
Maldita sea...
Cerró los ojos con fuerza.
Fui un estúpido imprudente...
La culpa la consumía.
Hice llorar a mi hijo.
Aquello le dolía mucho más que cualquier herida que hubiera recibido en su vida anterior.
Cuando volvió a abrir los ojos, toda la ira había desaparecido.
Sin oponer resistencia, dio media vuelta y abandonó el edificio en silencio.
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco