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Nica Y Los Cinco Destinos

Nica Y Los Cinco Destinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / CEO
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La partida acaba de comenzar

El cielo de Puerto Azul amaneció cubierto de nubes.

Un viento frío recorría la costanera mientras los primeros comercios abrían sus puertas. El aroma del café recién molido se mezclaba con el olor salado del mar, y las gaviotas sobrevolaban el puerto como cada mañana.

Pero para Nica, nada parecía igual.

Había intentado convencerse de que Samuel solo era un hombre con demasiadas respuestas y muy pocas explicaciones.

Sin embargo, había una frase que no dejaba de perseguirla.

"Si alguien encontró a Nica antes que nosotros..."

No sabía que esas palabras habían sido pronunciadas por el hombre de los ojos grises después de salir del café.

Y tampoco sabía que, desde ese momento, muchas cosas estaban empezando a moverse.

Nica abrió la puerta del Café del Puerto antes de que llegara Marta.

Le gustaba llegar temprano.

Encender las luces.

Acomodar las sillas.

Escuchar el silencio antes de que comenzara el movimiento del día.

Mientras limpiaba una de las mesas junto a la ventana, encontró algo extraño.

Una pequeña caja de madera.

No estaba allí la noche anterior.

Miró a su alrededor.

No había ninguna nota.

Ningún nombre.

Solo la caja.

La tomó con cuidado.

Era liviana.

La abrió lentamente.

Dentro había una brújula antigua de color plateado.

No era nueva.

Parecía haber pasado por muchas manos.

En la tapa tenía grabada una frase.

"El verdadero camino siempre empieza en el corazón."

Nica sintió un escalofrío.

Aquella frase le recordó inmediatamente el colgante con forma de brújula que había comprado durante el festival.

¿Casualidad?

Cada vez le costaba más creer en las casualidades.

—¿Qué encontraste?

La voz de Marta la hizo dar un pequeño salto.

—¡Me asustaste!

Marta rió.

—Perdón.

¿Qué es eso?

Nica le mostró la caja.

La mujer la observó con atención.

—Qué raro...

¿Tiene alguna tarjeta?

—Nada.

Solo esto.

Marta tomó la brújula entre sus manos.

—Es muy antigua.

Quizás algún cliente la olvidó.

Nica no estaba convencida.

La caja había sido dejada justo en la mesa donde siempre se sentaba el hombre de los ojos grises.

Y eso no podía ser una coincidencia.

A varios kilómetros de allí...

Un helicóptero privado aterrizaba en una propiedad rodeada por bosques.

Un hombre descendió primero.

Vestía un impecable traje azul oscuro.

Caminó sin apuro hasta una antigua casona.

En el despacho principal lo esperaba un anciano de cabello completamente blanco.

—Llegaste tarde.

—Había mucho tráfico aéreo.

El anciano sonrió.

—Eso nunca fue una excusa para un Shervian.

El hombre dejó una carpeta sobre el escritorio.

Dentro había varias fotografías.

Todas mostraban a Nica.

El anciano las observó una por una.

En algunas aparecía sonriendo.

En otras caminando por la playa.

En una estaba riéndose mientras intentaba hacer rebotar una piedra sobre el agua.

—Así que esta es...

El hombre asintió.

—Sí.

El anciano apoyó la fotografía sobre el escritorio.

—Es muy distinta a como la imaginaba.

—Cambió mucho.

—No.

El anciano negó lentamente.

—Quizás recién ahora está mostrando quién siempre fue.

Guardó silencio unos segundos.

Después levantó nuevamente la mirada.

—¿Él ya le dijo la verdad?

—Todavía no.

—¿Y cuánto más piensa esperar?

El hombre suspiró.

—Dice que todavía no llegó el momento.

El anciano sonrió con cierta nostalgia.

—Los Shervian siempre creemos que podemos controlar el tiempo.

Pero el destino nunca espera a nadie.

Mientras tanto...

Nica seguía pensando en la brújula.

La guardó cuidadosamente dentro de su mochila.

Algo le decía que no debía dejarla en el café.

A media mañana, Don Ernesto llegó como de costumbre.

—¡Buen día, señorita!

—Buen día.

—Hoy te veo pensativa.

—¿Tanto se nota?

—Los viejos aprendemos a leer las caras.

Ella sonrió.

—Entonces espero que también sepa leer el futuro.

Él soltó una carcajada.

—Eso solo lo hace el mar.

Nica frunció el ceño.

—¿El mar?

Don Ernesto señaló el puerto.

—Cuando uno no sabe qué camino tomar...

Solo tiene que sentarse frente al mar.

Siempre encuentra alguna respuesta.

Nica miró hacia la ventana.

Tal vez tenía razón.

Porque cada vez que se sentaba frente al agua, sentía que todo era un poco más claro.

En ese momento, la campanita de la puerta volvió a sonar.

Ella levantó la vista.

Era el hombre de los ojos grises.

Pero aquella mañana había algo diferente.

Su expresión era mucho más seria.

Como si hubiera tomado una decisión importante.

Y, por primera vez desde que se conocían...

No fue hacia su mesa de siempre.

Caminó directamente hasta el mostrador.

Miró a Nica a los ojos.

Y dijo con absoluta calma:

—Necesito hablar con vos.

Es algo que ya no puede seguir esperando.

Nica sintió que el corazón le daba un vuelco.

La forma en que él la estaba mirando era distinta.

No había una sonrisa.

No había bromas.

Solo una seriedad que jamás había visto en su rostro.

Marta, que limpiaba unas mesas al fondo del local, percibió inmediatamente que algo importante estaba ocurriendo.

Sin decir una palabra, se llevó a los pocos clientes hacia el otro extremo del café con la excusa de mostrarles unos postres recién horneados.

Les regaló unos minutos de privacidad.

—¿Pasó algo? —preguntó Nica en voz baja.

Él respiró hondo antes de responder.

—Sí.

Ella esperó.

—Pero antes necesito hacerte una pregunta.

Nica asintió lentamente.

—¿Confiás en mí?

Aquella pregunta la tomó completamente por sorpresa.

Lo observó durante unos segundos.

Desde que había llegado a Puerto Azul, aquel hombre siempre había aparecido cuando más lo necesitaba.

Nunca la había presionado.

Nunca había intentado averiguar su pasado.

Nunca le había pedido nada a cambio.

Y, sin darse cuenta, se había convertido en una de las pocas personas con las que realmente se sentía tranquila.

—Sí... creo que sí.

Él cerró los ojos por un instante, como si aquella respuesta le quitara un enorme peso de encima.

—Entonces escuchame con atención.

No estás en peligro inmediato...

Pero alguien empezó a moverse para encontrarte.

Nica sintió que el mundo se detenía.

Las imágenes de Samuel, las fotografías y las notas volvieron a aparecer en su mente.

—¿Cómo lo sabés?

Él dudó.

Durante unos segundos pareció debatirse entre decir la verdad o seguir ocultándola.

—Porque hice algunas averiguaciones.

—¿Sobre mí?

Él asintió.

—Después de lo que me contaste ayer.

Nica lo miró sorprendida.

—No tenías por qué hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces... ¿por qué lo hiciste?

Él sostuvo su mirada.

—Porque me importás.

Aquellas dos palabras quedaron suspendidas entre los dos.

No eran una declaración de amor.

Pero tampoco eran simples palabras de cortesía.

Eran sinceras.

Nica bajó la vista.

Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por ella sin esperar algo a cambio.

—Gracias...

Él sonrió apenas.

—Todavía no me agradezcas.

Lo peor es que no sabemos quién dio el primer paso.

—¿Qué querés decir?

—Puede ser alguien de tu pasado...

O alguien completamente nuevo.

Y eso es lo que más me preocupa.

En ese mismo momento...

A pocas cuadras del café, Samuel observaba el local desde el interior de un automóvil.

No llevaba binoculares.

No necesitaba esconderse.

Simplemente esperaba.

Su teléfono vibró.

—¿Sí?

Del otro lado hablaron durante unos segundos.

Samuel respondió con tranquilidad.

—No.

Todavía no es momento de intervenir.

Escuchó nuevamente.

Después sonrió.

—Ella ya empezó a confiar en él.

Eso facilitará las cosas.

Colgó la llamada.

Miró una vez más hacia el Café del Puerto.

—Solo un poco más...

Dentro del café, el silencio seguía pesando entre Nica y el hombre de los ojos grises.

Ella recordó la brújula que había encontrado esa mañana.

Abrió la mochila y sacó la pequeña caja de madera.

—Encontré esto.

Él la observó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Dónde estaba?

—En tu mesa.

La tomó con cuidado.

Pasó el pulgar sobre la inscripción grabada en la tapa.

Durante varios segundos no dijo absolutamente nada.

—¿La conocés?

Él levantó lentamente la vista.

—Sí.

—¿De quién es?

Volvió a guardar la brújula en la caja.

—Es una historia muy larga.

Nica cruzó los brazos.

—Últimamente todos me responden lo mismo.

Samuel.

Las notas.

Vos.

Todos saben algo que yo no.

Él respiró profundamente.

—Tenés razón.

Y te prometo que algún día voy a contártelo todo.

Pero hoy todavía no puedo.

Nica sintió una mezcla de frustración y tristeza.

—Estoy cansada de que decidan por mí.

Esas palabras golpearon al hombre con fuerza.

Porque comprendió que, sin querer, estaba haciendo exactamente lo mismo que tanto había lastimado a Nica.

Guardó silencio unos segundos.

Finalmente habló.

—Tenés razón.

Perdoname.

Ella levantó la mirada.

No esperaba escuchar una disculpa.

Mucho menos una tan sincera.

El movimiento del café volvió poco a poco.

Los clientes comenzaron a llegar para el almuerzo.

Marta se acercó discretamente.

—¿Todo bien?

Nica asintió.

—Sí...

Aunque ni ella misma estaba completamente segura.

El hombre de los ojos grises tomó su saco.

Antes de salir, dejó la caja con la brújula sobre el mostrador.

—Quedátela.

Nica frunció el ceño.

—¿Por qué?

Él sonrió con tranquilidad.

—Porque creo que siempre estuvo destinada a encontrarte.

Se dio media vuelta y salió del café.

Nica observó la brújula durante varios segundos.

Sin saberlo, acababa de aceptar el primer objeto que la unía directamente con el pasado de la familia Shervian.

Muy lejos de allí, en la oficina principal del Grupo Beaumont, Richard recibió un nuevo informe.

El investigador dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Señor...

Ya sabemos con quién pasa la mayor parte del tiempo.

Richard abrió lentamente la carpeta.

La primera fotografía mostraba a Nica sonriendo frente al Café del Puerto.

A su lado, un hombre de ojos grises la observaba con una expresión imposible de malinterpretar.

Richard permaneció inmóvil.

Después pronunció un apellido que hacía muchos años no decía en voz alta.

—Shervian...

El silencio inundó la oficina.

Porque si ese hombre pertenecía a esa familia...

Entonces el destino acababa de volver a unir dos historias que jamás debieron separarse.

Continuará...

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