Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPITULO OCHO. PRIMERAS SOSPECHAS
El lunes llegó antes de que pudiera prepararme mentalmente para lo que se avecinaba. Apenas dormí esa noche, entre el repaso mental de los informes y la inquietud que me provocaba la presencia de Adam en mi casa. Me levanté temprano, incapaz de permanecer un minuto más en la cama, y me preparé un café fuerte. Mientras la cafetera hacía su trabajo, repasé la lista de tareas que había dejado Adam la noche anterior: revisar contratos de proveedores, buscar facturas sospechosas, pedirle a Rose que recopilara los movimientos bancarios de los últimos dos años. Todo parecía sacado de una película de suspense, pero era mi realidad.
Adam apareció en la cocina, impecable como siempre, con el pelo aún húmedo de la ducha y una camisa blanca remangada que le daba un aire peligrosamente atractivo. Se sirvió una taza de café y me dedicó una media sonrisa.
-¿Lista para el gran día, detective? -bromeó, aunque en su mirada había una seriedad que no se correspondía con el tono ligero de sus palabras.
-No sé si nací para esto -admití, encogiéndome de hombros-, pero no pienso dejar que Stone se salga con la suya si hay algo turbio aquí.
Adam asintió y, por un instante, sentí que éramos un equipo de verdad. Terminamos el desayuno en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos, y salimos juntos hacia la oficina.
El ambiente en la redacción era tenso, como si todos intuyeran que algo importante estaba por suceder. Rose me recibió con una sonrisa forzada y un montón de carpetas bajo el brazo.
-Aquí tienes todo lo que me pediste -susurró, echando una mirada nerviosa hacia la puerta del despacho de Stone-. ¿Seguro que estamos haciendo lo correcto?
-No te preocupes, Rose. Solo estamos revisando que todo esté en orden -mentí, intentando sonar más tranquila de lo que me sentía.
Adam se instaló en la sala de reuniones, extendiendo los papeles sobre la mesa con una eficacia que me impresionó. Yo me senté a su lado, lista para sumergirme en el mar de números y contratos. Durante las siguientes horas, repasamos facturas, analizamos movimientos bancarios y revisamos contratos con proveedores que, en muchos casos, ni siquiera recordaba haber firmado.
A media mañana, Rose entró con una bandeja de cafés y se quedó un momento observando el despliegue de papeles.
-¿Habéis encontrado algo raro? -preguntó en voz baja.
Adam levantó la vista y le dedicó una mirada intensa.
-Todavía es pronto, pero hay algunas partidas que no cuadran. ¿Conoces a una empresa llamada “Servicios Integrales Vega”?
Rose frunció el ceño.
-No, nunca he oído hablar de ellos. ¿Por qué?
-Aparecen varias facturas a su nombre, todas con importes elevados y conceptos muy vagos -explicó Adam, señalando una hoja-. ¿Podrías preguntar en administración si alguien sabe algo de esta empresa?
Rose asintió y salió apresurada, dejando tras de sí un silencio incómodo.
-Esto no pinta bien -murmuré, sintiendo cómo la ansiedad volvía a instalarse en mi estómago.
Adam se acercó un poco más, bajando la voz.
-No te preocupes. Si hay algo ilegal, lo vamos a descubrir. Pero necesito que estés preparada para lo que pueda salir de aquí, Jane. Puede que esto afecte a más gente de la que imaginas.
Asentí, sabiendo que tenía razón. La empresa era como una gran familia para mí, y la idea de que alguien pudiera estar traicionándonos me dolía más de lo que quería admitir.
A mediodía, Rose volvió con una joven a la que no conocía. Era menuda, de pelo corto y mirada astuta.
-Jane, Adam, os presento a Lucía, la nueva auxiliar de administración. Empezó hace dos semanas y parece que tiene información sobre “Servicios Integrales Vega”.
Lucía se sentó frente a nosotros, algo nerviosa.
-He estado revisando los archivos digitales y noté que algunas facturas de esa empresa están firmadas por alguien que ya no trabaja aquí. Además, los pagos se hacen siempre el mismo día del mes, pero los conceptos nunca coinciden con los servicios que supuestamente prestan.
Adam la miró con interés.
-¿Crees que podrías conseguirnos copias de todos esos documentos?
Lucía asintió, y por primera vez desde que empezó la mañana, sentí que estábamos avanzando de verdad.
-Por supuesto. Pero tened cuidado. He oído rumores de que alguien en dirección está muy pendiente de quién accede a esos archivos. No quiero meterme en problemas.
-No te preocupes, Lucía. Nadie va a saber que nos has ayudado -le aseguré, intentando transmitirle confianza.
Cuando Lucía se marchó, Adam se volvió hacia mí, su expresión más grave que nunca.
-Esto va mucho más allá de simples errores contables. Si lo que dice Lucía es cierto, estamos ante un caso de fraude en toda regla.
Me quedé en silencio, asimilando el peso de sus palabras. Por primera vez, sentí miedo de verdad. Pero también una determinación renovada. No iba a dejar que nadie destruyera la empresa que tanto me había costado levantar.
Adam me miró, y en su mirada vi el reflejo de mi propia determinación.
-Vamos a llegar al fondo de esto, Jane. Te lo prometo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, le creí.
Asentí con suavidad, reconfortada por la firmeza de su voz, aunque el corazón me latía a mil por hora en el pecho. El peso del secreto compartida con Adam comenzaba a alterar la dinámica de la oficina, convirtiendo cada pasillo y cada mirada de mis compañeros en un motivo de sospecha. Al mirar el reloj de la pared, descubrí que la tarde se había esfumado entre balances y sospechas de fraude fiscal.
—Creo que por hoy es suficiente, Adam —comenté, frotándome las sienes para mitigar el dolor de cabeza que me acechaba—. Si seguimos mirando estas pantallas, acabaremos viendo fantasmas en cada esquina. Además, Lucía necesita tiempo para extraer esos archivos sin levantar alertas en el servidor central.
—Tienes razón. No debemos forzar las cosas ni despertar las alarmas de Jones antes de tiempo —coincidió él, cerrando su ordenador portátil con un golpe seco—. Vamos a casa. Un cambio de ambiente nos vendrá bien para despejar la mente y procesar lo que hemos descubierto hoy.
El trayecto de vuelta en el coche transcurrió en una tensa calma. Las calles de Nueva York estaban sumidas en el habitual bullicio del final de la jornada, pero para mí, el mundo exterior parecía haberse detenido. Al llegar al apartamento, el silencio de la casa nos envolvió de inmediato. Me quité la americana, la colgué en el perchero del recibidor y me encaminé a la cocina con la intención de preparar algo rápido para cenar, pero Adam me detuvo colocándose frente a mí en el pasillo.
—Jane, sé que estás asustada por todo esto —dijo con una voz inusualmente suave, desprovista de cualquier formalidad profesional—. Quiero que sepas que, pase lo que pase con la auditoría y con Stone, mi prioridad absoluta es protegerte a ti y a tu equipo. No estás sola en esto.
Sus palabras me calaron hondo, derribando por un instante los muros que con tanto esmero había construido desde mi ruptura con Chris. Lo miré a los ojos, perdiéndome en la intensidad de su mirada azul, y sentí un impulso casi eléctrico de acortar la distancia que nos separaba. Sabía que mezclar los sentimientos con esta peligrosa investigación corporativa era una completa locura, pero tenerlo tan cerca, compartiendo mis miedos y mis secretos, hacía que la razón perdiera fuerza frente al corazón.