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Enamorada De Mi Suegro

Enamorada De Mi Suegro

Status: Terminada
Genre:Casada Con Mi Ex's Familiar / Padre soltero / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.

Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.

¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?



Espero que les guste. ¡Síganme para más!

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Capítulo 19: El jardín de la vida.

El sol de la tarde se filtraba entre las ramas de los árboles, creando un mosaico de luces y sombras sobre el jardín de la mansión. Era un día cálido de finales de primavera, y el aroma de las rosas recién abiertas flotaba en el aire. Ayzel observaba la escena desde la terraza con una mezcla de cansancio y ternura, una mano apoyada en su vientre prominente.

—¡Victoria! —gritó, alzando la voz—. ¡Te he dicho mil veces que no juegues en el fango!

La niña, una pequeña de cuatro años con el cabello castaño revuelto y los ojos grises heredados de su padre, levantó la vista con una sonrisa traviesa. Estaba embarrada hasta las rodillas, con las manos cubiertas de barro y un perro pastor alemán saltando a su alrededor, moviendo la cola con entusiasmo.

—Pero, mamá, Max quería jugar —dijo Victoria, señalando al perro con una mano embarrada—. Y el barro está muy divertido.

—Max puede jugar sin que tú te conviertas en una pocilga con patas. —Ayzel suspiró, bajando las escaleras de la terraza con cuidado, sujetándose la barriga—. Mira cómo estás. Tu vestido nuevo está perdido.

La niña miró su vestido, manchado de marrón y verde, y encogió los hombros.

—Mamá, ¿por qué tienes la barriga tan grande?

—Porque ahí dentro hay dos bebés esperando para conocerte. —Ayzel sonrió, acariciándose el vientre—. Y necesitan una hermana mayor que dé buen ejemplo, no una que se revuelque en el barro como un cerdito.

Victoria rió, mostrando los dientes de leche.

—Yo quiero ser cerdito. Los cerditos son divertidos.

Ayzel negó con la cabeza, pero no pudo evitar una sonrisa. Su hija era idéntica a Alexander en carácter: testaruda, encantadora y absolutamente imposible de domar.

—Ven aquí, cerdito. —Ayzel extendió la mano—. Vamos a limpiarte antes de que tu padre llegue a casa y te vea así.

—No quiero limpiarme. Quiero seguir jugando con Max.

—Victoria…

—¡Mamá, mira! —La niña señaló al perro, que había encontrado un charco de barro más grande y se había revolcado en él, saliendo cubierto de lodo de la cabeza a la cola—. ¡Max también quiere ser cerdito!

Ayzel se llevó una mano a la frente, sintiendo que la paciencia se le escapaba entre los dedos. Los gemelos se movieron dentro de ella, como si también estuvieran riéndose de la situación.

—Ay, Dios mío —murmuró—. Esto es cosa de dos.

—¿Qué es cosa de dos? —preguntó una voz conocida desde la entrada del jardín.

Ayzel giró la cabeza y vio a Alexander, trajeado, con el maletín en una mano y una sonrisa cansada en el rostro. Llevaba el cabello ligeramente despeinado, y bajo los ojos se marcaban las ojeras de un largo día de trabajo.

—Tu hija y el perro han decidido redecorar el jardín con barro —dijo Ayzel, señalando el desastre—. Bienvenido a casa.

Alexander soltó una carcajada, dejó el maletín en el suelo y se acercó a su esposa. La rodeó con sus brazos, con cuidado de no apretar su vientre, y la besó largamente en los labios.

—Estás hermosa —dijo, apartándose para mirarla a los ojos—. Cada día más hermosa.

—Estoy enorme —protestó ella, sonrojándose—. Parece que me he tragado dos sandías.

—Dos sandías preciosas. —Él apoyó una mano en su barriga—. ¿Cómo están los pequeños?

—Revolviéndose como si estuvieran en una batalla campal. —Ayzel sonrió—. Creo que van a salir tan traviesos como su hermana.

—Eso espero. —Alexander volvió a besarla, esta vez en la frente—. Te amo, Ayzel. Más de lo que las palabras pueden expresar.

—Y yo a ti. —Ella apoyó la cabeza en su pecho—. Gracias por volver a casa.

—Siempre volveré a casa. —Él la abrazó un momento más, luego se separó y se volvió hacia su hija—. Victoria, ven aquí.

La niña corrió hacia él, dejando huellas de barro en el camino de piedra.

—¡Papá! ¡Papá! ¿Has visto? Max y yo estamos jugando. ¿No es divertido?

Alexander se arrodilló, sin importarle que su traje se manchara, y tomó a su hija en brazos.

—Muy divertido, cariño. Pero mira a tu madre. —La señaló con la cabeza—. Está cansada y tiene que cuidar a los bebés. ¿Crees que puedes ayudarla siendo una niña obediente?

Victoria frunció el ceño, pensando.

—Pero jugar es más divertido que obedecer.

—Lo sé. —Alexander sonrió—. Pero cuando obedeces, haces feliz a mamá. Y cuando mamá es feliz, todos somos felices. ¿No quieres que mamá sea feliz?

—Sí —dijo Victoria, mirando a Ayzel con una expresión repentinamente seria—. Mamá, ¿quieres que sea obediente?

—Más que nada en el mundo, pequeña —respondió Ayzel, con voz suave.

—Entonces lo seré. —Victoria se giró hacia su padre—. Papá, ¿qué tengo que hacer?

—Ir a bañarte. Y dejar que mamá te lave el pelo con ese champú de fresa que tanto te gusta.

—¿Y luego podemos jugar?

—Luego podemos jugar. Pero primero, la bañera.

Victoria asintió con determinación y se soltó de los brazos de Alexander, corriendo hacia la casa.

—¡Te voy a ganar, bañera! —gritó, desapareciendo por la puerta.

—¡Ni se te ocurra meterte sola! —gritó Ayzel, echando a andar detrás de ella—. ¡Que te vas a resbalar y te vas a romper la cabeza!

—Yo la llevo. —Alexander la tomó del brazo—. Tú siéntate y descansa. Ya has hecho suficiente por hoy.

—Pero…

—Ni peros. —Él la guió hasta una silla en la terraza—. Siéntate. Yo me encargo de Victoria y del perro.

—¿Y el perro?

Alexander miró a Max, que seguía cubierto de barro, moviendo la cola con alegría.

—El perro también se baña. —Suspiró—. Supongo que va a ser una tarde larga.

Ayzel rió, dejándose caer en la silla.

—Te quiero, Alexander Woodgreen.

—Y yo a ti, Ayzel Woodgreen. —Él la besó en la frente—. No tardaré.

La observó alejarse, siguiendo a su hija y al perro, con el corazón lleno de gratitud. La vida no era perfecta. Había días de cansancio, de estrés, de pequeños desastres cotidianos. Pero también había momentos como este: un jardín bañado por el sol, el olor de las rosas, la risa de su hija, y el amor de un hombre que había cruzado el infierno para estar a su lado.

Se llevó una mano al vientre, sintiendo los movimientos de los gemelos.

—Ya falta poco —susurró—. Y entonces seremos cinco.

El viento sopló suavemente, meciendo las ramas de los árboles, y Ayzel cerró los ojos, dejando que la paz de la tarde la envolviera.

El pasado había quedado atrás.

El presente era un regalo.

Y el futuro, con todos sus desafíos y alegrías, los esperaba con los brazos abiertos.

1
Jipsianay Garcia
gracias autora
Aura Prieto MPH
😈
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